Patio interior

Islas de vendavales y palabras

MacLean relata la recuperación de la poesía de los haida, pueblo ágrafo casi extinto, habitante de un archipiélago cerca del Ártico.
Islas de vendavales  y palabras
Islas de vendavales  y palabras
domingo, 13 de mayo de 2018 · 00:00

Juan Cristóbal MacLean E. Escritor

La palabra de los orígenes también cuenta de los orígenes de la palabra y ambos, el cuento de los primeros hombres y el alba de las primeras voces, normalmente se pierden y desaparecen con los últimos hombres… de una tribu, de una etnia de esas,  asentadas en los confines del mundo. Sólo la escritura, la transcripción, salva a veces los mitos, cuentos y hasta idiomas en que se dieron. Y, si bien es loable que así sea, el problema es que ello suele ocurrir sólo cuando las civilizaciones de la escritura ya se han impuesto y después de que la muerte, la enfermedad y la sangre lo hayan ocupado todo y las culturas originarias estén, si no del todo ya extinguidas, apenas a un paso de serlo.

Es en este contexto que la historia de los haida, en un archipiélago un poco más abajo del Ártico, a más de 100 kilómetros de la costa (oeste) hoy canadiense, es horrorífica y sorprendente, concierne a la poesía y al etnocidio, a los mitos, a la enfermedad, pero también a la traducción y la palabra.

Robert Binghurst, importante poeta canadiense, tipógrafo y políglota, traductor de varias lenguas (hasta el árabe y el griego), se adentró en el bosque oscuro de una lengua, en unos folios recuperados y perdidos, en traducciones y versiones y volvió, en palabras de su admiradora Margaret Atwood, trayendo un “libro de milagros”. Los grandes poemas del pueblo haida, traducidos al inglés. Y hay algo de milagro, además, en la cadena de hechos y personas gracias a las que todo esto se hizo posible, y es como un relámpago en los abismos de la poesía y del ser-en-el-mundo en su estado más primigenio. La historia, aunque muy abreviadamente, merece ser contada.

El año 1900, empleado por el Bureau of American Ethnology, el joven John Swanton desembarcó en Haida Gwaii para estudiar la cultura de las islas. Discípulo de Franz Boas, Swanton se encontró con Henry Moody, nativo de vieja alcurnia que lo guiaría por las historias haida. Para entonces, éstos estaban casi totalmente acabados. La viruela y el sarampión, junto a la destrucción ecológica provocada por las pesqueras de los blancos, habían dado fin con tanto como el 90% de ellos.

Swanton supo qué hacer: había que salvar, siquiera, todas las historias, los cuentos, los mitos, los poemas. Gracias a Moody, se contactó rápidamente con dos grandes poetas, oradores y recitadores. Ellos se llamaban Ghandl de los qayahl llaanas y Skaay de los  qquuna qiighawaay. El primero, de unos 50 años, había quedado ciego a sus 16 por la viruela y desde entonces se había dedicado a aprender, memorizar y componer todas las historias –todos los poemas–.  Swanton, trabajador paciente y minucioso, lo hizo así, a lo largo de dos meses del año en que se quedó por ahí: el poeta o vate nativo primero iba recitando por párrafos cortos. Henry Moody, luego, los volvía a repetir lentamente para Swanton, quien, siguiendo el sistema de reproducción fonética ideado por Boas, transcribía exactamente lo escuchado en el idioma, a sí mismo llamado como xaayda kil. Todos los días, durante unas seis horas al día, hasta que se llegaron a registrar 250 historias y canciones.   Más tarde, si bien Swanton dejó los papeles a buen recaudo e incluso tradujo muchos, lo cierto es que la historia, sin nadie que se percate de su valor, se fue traspapelando y olvidando. Swanton siguió haciendo trabajos similares con los indios creek, chikasaw, choctawa. Hacia 1926 publicó, incluso, un breve ensayo sobre los quipus incas (colgado en internet). Y fue quedando olvidada, así, la vieja aventura en esas lejanas islas elocuentes.

Pero hacia los años 80, Robert Binghurst andaba merodeando bibliotecas a la pesca de lo salvado de las tradiciones orales, cuentos y leyendas de las grandes tribus que poblaron los paisajes y las costas de esas tierras inmensas y dadivosas. Y así fue a dar con los papeles y cuadernos de Swanton, que dormían en una carpeta mal clasificada. Y se puso manos a la obra. En un trabajo de muchos años, el poeta y excelente escritor que es Bringurst aprendió el idioma de los haida, el xaayda kil, y se dedicó a traducirlo al inglés. Fruto de esas labores, una trilogía, cuyo primer tomo (A Story as Sharp as a Knife) es un compendio del universo haida, que considera todos los aspectos materiales, botánicos, vestimentarios, animales y de costumbres (los grandes potlachts) de los haida, para poder acercar ese tan extraño y lejano mundo siquiera a una imaginación despierta y no del todo extraviada en sentidos muy diversos. Los siguientes tomos recogen, respectivamente, los transcritos de cada uno de los poetas, como insiste en llamarlos Bringhust, desechando airado el término de “informantes”. Y no sólo eso, pues cree que se trata de grandes “obras” poéticas de la estatura de la Ilíada o el Beowulf.

Sobre las inmensas dificultades, rayanas en la imposibilidad que se suscitan a nivel de traducción, no tiene sentido extenderse demasiado aquí. De entrada, se sabe cada vez más que las lenguas con y sin escritura como tecnología de la palabra, se organizan de formas radicalmente distintas. Y encima, tal vez ni el conocimiento actual de esa lengua sin escritura y ya en problemas, pueda ser totalmente exhaustivo. Pero nada de eso importa. Con todos los problemas, salvadas como sea todas las trancas, lo esencial es que, aunque sepamos que es como cuando estamos demasiado lejos del mar para oírlo, y, sin embargo, escuchamos su eco en una concha, igual en estas traducciones se siente algo de aquellos mundos y espumas, dioses y vuelos, canoas y corrientes, cedros y arpones, ballenas y vendavales, cuentos y cantos. 

El poco espacio ya no nos permite poner más referencias bibliográficas. Una buena búsqueda en Google usando los nombres citados lleva a breves selecciones de los poemas o historias en cuestión. Sólo quedémonos con estos versos en medio de una historia más larga:

“Después de viajar de varias maneras,

Un pájaro cantó a un lado de ellos.

Pudieron ver que horadaba

Un agujero azul en el corazón

De quien pasó más cerca de él, dicen”.