Notas para romperse una pata

Lo cotidiano como performativo

Para la autora, las artes dan la oportunidad de ser interdisciplinarias. No obstante, nunca dejarán de hilarse con el teatro.
Lo cotidiano como performativo
Lo cotidiano como performativo
domingo, 27 de mayo de 2018 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro 

Después de 11 días de festival de teatro, tocó volver al cotidiano, a la normalidad. Por lo tanto, fue necesario re-adaptarse a una rutina que no incluía dejarlo todo para estar en el Municipal a las 19:30 en punto. No obstante, entre la tristeza y la resaca después del FITAZ, me di cuenta que no todo estaba perdido, que la época de teatro no había terminado, sólo el festival.

7:50 am, taxi al trabajo, pues estoy tarde. Lamento de cada lunes. Mi pan de cada día es la docencia, y los adolescentes no pueden notar que estoy cansada. Enseñar es como intentar sumergir 25 corchos debajo del agua con una sola mano: siempre se va a escapar uno. Pero estar en un escenario, también. Supongo que no es un gran descubrimiento que para ser docente hay que saber algo de teatro. 

Uno debe ser actor, director, dramaturgo, escenógrafo y hasta en algunos casos apuntador. No importa qué suceda, la función debe continuar, tanto en el escenario como en el aula. Hay un público que espera, y que, de una manera u otra, debe participar. 

Entonces, me di cuenta que nuestro diario vivir (y el solo hecho de vivir) es un acto performativo en distintos grados y en diferentes niveles. No sólo el mío como docente en un colegio secundario; sino afuera, en las calles, en los distintos puntos laborales, en diferentes carreras, en una –no tan larga- noche de museos. Ya en una primera instancia, el hecho de hablar y recurrir al lenguaje es un acto performativo (Teoría de los actos de habla  en cómo hacer cosas con palabras, de John Austin). 

Pero ¿qué ocurre con el accionar de cada día? ¿Qué pasa entonces con la rutina? ¿Las idas y vueltas de la cotidianidad no son parte entonces del teatro? Despertar, la caminata hasta la movilidad, el transporte público, marcar tarjeta, el laburo, marcar tarjeta, la caminata hasta la movilidad, el café, los amigos, la pareja, cepillarse los dientes, dormir. En principio, puedo ya desde ahora afirmar que todo esto -por más mundano e insignificante que se muestre- es parte de un teatro. La vida entre las decisiones planificadas e improvisadas, aunque no nos miren, es teatro. La creación personal y colectiva a través de la acción y del cuerpo es lo que crea el famoso cliché “La vida es un teatro”. 

Y entonces, me enfoco en el vendedor de zonzos en la 20 de Octubre y Guachalla: ha elegido vestuario, tiene la dramaturgia preparada, utilería, actúa y dirige a la vez, y realiza su acto performativo. Su accionar y transformación de la realidad será alimentarte de la mejor manera: actuando. No sé si son los mejores zonzos de La Paz, pero la actuación me ha convencido, la producción me ha persuadido de que efectivamente lo son. 

Son los zonzos de uno de los mejores actores callejeros de la ciudad. ¿Acaso no pasa lo mismo en el escenario del Municipal? ¿del NUNA?, ¿del Búnker? ¿No es el acto el que termina de deleitarnos, aunque no sea el mejor texto? Y allí pasaron el guardia municipal, el burócrata, la vendedora de las llauchas, el casero, el taxista, la panadera, mi colega, mi vecina. Todos en función. 

Pero muchos no lo saben todavía. Entonces me di cuenta que la vida es una materia interdisciplinaria y –aunque no lo quiera- siempre se relaciona con el teatro. 

7:50 pm, me muevo a pie, pues me queda cerca. Delirio de la larga noche de museos. Parte de nuestro cotidiano anual. Y es entonces cuando me percato de que los museos, toda la actividad cultural nunca fue un acto contemplativo. Una vez más, así como cualquier otro aspecto de la vida, es un acto performativo. 

Todos hemos salido a actuar sin querer y no sólo a pasear. Por un lado, nos encontramos con las distintas exposiciones, con las mesas a la intemperie (el máximo medio para exponernos, para actuar, mientras digerimos); pero también nos encontramos con que ya el arte no sólo está allí para ser visto, sino como instrumento performático de interacción. 

De repente, ya no fue lo pictórico que salió a mostrarse, sino que también salieron los cuerpos a actuar, tal vez no siguiendo un texto, pero sí una emoción de improvisación. Más allá de los claros escenarios instalados con el propósito de realizar una actuación como tal (y así, darse cuenta que están surgiendo algunas bandas interesantes en esta ciudad), se pudo ver al adoquín de las calles sopocachenses como plataforma de un renovado arte performativo a través de las artes visuales. 

Bellas artes, los centros de tatuajes y la plaza Abaroa convirtieron lo pictórico en teatral. Los ceramistas en las calles, los tatuadores pintando cuerpos, los cuentacuentos, entre otros. Por un lado, noté que las artes visuales ya no se concretan solamente en un lienzo, sino también en el cuerpo. Y no me refiero al cuerpo como lienzo, sino al cuerpo artista como arte. Y esto se logra solamente a través de lo performativo, del arte del proceso, del accionar, del teatro. 

Las artes escénicas también se renovaron al pasar las horas en las calles: tambores callejeros, cuenta cuentos de la plaza Abaroa, rock en escenarioy también el rock de archivo cuando hizo su gran presentación en el Centro de Información de Música Boliviana (del Simón I. Patiño), los grandes secretos y los grandes tesoros de nuestra música realizaron su mejor performance al dejarse manosear por manos de miles de curiosos entendidos y no entendidos (¿o fuimos nosotros los visitantes los que realizamos el mayor acto de performance al ver esos discos viejos? ¿Aquellos que creamos una nueva historia en un escenario de archivo?).

Las artes siempre se dan la oportunidad de ser interdisciplinarias y es hermoso ver ese proceso. No obstante, nunca dejarán de hilarse con el teatro.

 

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