Philip Roth, el último cronista del sueño americano

El autor da cuenta de la importancia del escritor en el panorama literario norteamericano. “Sus personajes pueden ser cualquiera de nosotros y reflejan el momento social que le ha tocado vivir a cada uno de ellos”, dice.
Philip Roth, el último cronista del sueño americano
Philip Roth, el último cronista del sueño americano
domingo, 27 de mayo de 2018 · 00:09

José Antonio  Gurpegui Catedrático de Estudios Norteame-ricanos de la Universidad de Alcalá. El Cultural

Conocí a Philip Roth hace un par de décadas en Aix-en-Provence. La Maison du livre de aquella ciudad había organizado una semana de actos dedicados al escritor norteamericano con la presencia del propio autor. 

Me comentaron los organizadores que había sido el propio Roth quien había decidido quiénes debían participar, pues leía cuanto de él se escribía en los medios de comunicación europeos y norteamericanos y yo había reseñado buena parte de sus novelas en España.

Lo recuerdo como una persona próxima, cariñosa, y humana, con envidiable sentido del humor, que se incomodaba ante lo que consideraba preguntas insustanciales: “Cuando contemple una catedral gótica, admire la magnífica construcción y no se centre en escudriñar las gárgolas”, respondió con cierto enojo ante la reiteración de un joven en el público intentando establecer paralelismos simbólicos en algunos pasajes de Pastoral Americana. Y ciertamente Pastoral Americana (1997; en el 2016 Ewan McGregor la llevó al cine) es una de las grandes –tal vez la más grande– catedral de las letras norteamericanas en la segunda mitad del siglo XX.

El sueco Levov encarna la más pura y genuina esencia del estadounidense medio y en él se personifica la idea de “el sueño americano”. El Sueco, como es referido en la novela por su aspecto físico, se ha convertido en un hombre admirado y respetado en su comunidad partiendo de la nada, pero los 60 fueron unos años convulsos dominados por un cambio generacional y una alteración de valores que muchos no fueron capaces de asumir. Uno de ellos nuestro personaje, que de la noche a la mañana ve como se pulveriza su idílica existencia: su encantadora esposa piensa abandonarle y huir con su amante y su hermosa hija ha entrado a formar parte de un grupo terrorista de ideología comunista.

No he podido sustraerme a esbozar el andamiaje de esta novela que considero, repito, una obra fundamental en la segunda mitad del siglo XX (también ha sido catalogada como una de las mejores 100 novelas en lengua inglesa); pero la importancia de Roth en el panorama literario norteamericano transciende el de una sola obra. Se estrenó con Goodbye, Columbus (1959) pero fue con la también temprana y divertidísima El lamento de Portnoy (1969; el titular de la BBC ha sido “Muere el autor de El Lamento de Portnoy a los 85 años”) cuando se convirtió en un autor tremendamente popular.

Desde aquellos títulos hasta la más reciente Némesis (2010), Roth nos ha legado un rosario de excelentes novelas. Pienso en la saga de Zuckerman con la Lección de anatomía (1983) por citar al menos uno de los títulos; o El profesor del deseo (1977) donde nos presenta al no menos singular e inseguro David Kepesh. Cómo no recordar Me casé con un comunista (1998) en la que muchos han querido ver una suerte de venganza contra su exmujer Claire Bloom; o una de mis favoritas y a la que me refiero con cierta frecuencia como ejemplo de este mundo inquisitorial que domina el actual panorama social, La mancha humana (2000). Y aunque decido no convertir este artículo en una letanía de títulos no puedo dejar de mencionar El teatro del Sabbath (1995), considerada por muchos su mejor obra, o Everyman (2006, traducida al español como Elegía).

En buen número de ocasiones se ha mencionado el origen judío de Roth en lo que, desde mi punto de vista, resulta ser un reduccionismo conceptual de su corpus literario. Valoraciones en torno a que ha sabido reflejar como nadie el universo de los judíos norteamericanos, u otras de similar vocación no logran aprehender el verdadero significado, la auténtica dimensión del legado que deja Roth tras de sí. El hecho de que sus protagonistas sean judíos sirve para dotar de colorido –humor en la mayoría de los casos– la narración, pero en absoluto es, ni representa, la cualidad de lo escrito. Portnoy, Zuckerman, o Kepesh, puede ser cualquiera de nosotros, sus miserias mundanas nada tienen que ver con la religión ni la cultura, sino con el momento social que le ha tocado vivir a cada uno de ellos. Pensar y evaluar a Roth en su dimensión de escritor judío es como si al hablar de la catedral de Burgos nos centráramos exclusivamente en las filigranas escultóricas de sus gárgolas.

 

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