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Sobre las novelas de HCF Mansilla

“A las obras de Mansilla no les falta nada”, advierte Robert Brockmann, quien elabora lecturas de las novelas del filósofo boliviano-argentino.
Sobre las novelas  de HCF Mansilla
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domingo, 27 de mayo de 2018 · 00:00

Robert Brockmann Periodista e historiador

Siendo voraz lector, recuerdo que en el colegio los libros Juan de la Rosa y Laguna H3 me produjeron decepción. Con el tiempo atribuí ese desencanto a mi juventud y falta de experiencia —o de falta de desarrollo de mi gusto literario—. Ya bien entrada mi vida adulta, decidí llenar el agujero en mi formación que constituía mi ausencia de lecturas de obras bolivianas de narrativa y elegí Aluvión de fuego. 

Otra vez esa sensación de poquedad. ¿Por qué, me pregunté, esta obra está en el canon boliviano? Atribuyo mi falta de apego a estas obras al hecho de que me he criado en otra tradición literaria, o bien me he dedicado más a la lectura de ensayos e historia y que con el tiempo me he convertido en un mal lector de novelas, y que por lo tanto mi opinión sea, probablemente, poco válida. 

Cuenta HCF Mansilla sobre su motivación para escribir narrativa, que en 1976, mientras regresaba a Europa en barco (porque odia volar) y sin nada que leer, en un trozo de periódico argentino se encontró un artículo incompleto de Raymond Aron, en el que este admitía que su rival, Sartre, le había ganado la delantera porque se había atrevido a escribir ficción, mientras que Aron se había limitado a lo que sentía que era una dimensión menor, el análisis y la teoría en las ciencias sociales. “Esta confesión de Raymond Aron”—dice Mansilla—me “impresionó vivamente y, dada mi falta de modestia, me movió inmediatamente a pensar en la elaboración de obras literarias”. 

En el mismo barco bosquejó los temas de sus futuras cuatro novelas, “obras”, sostiene, “para el gran público que combinaran la narrativa con el ensayo filosófico y la crónica histórica”. 

Los textos fueron planificados en detalle, cada línea pensada varias veces, los títulos elaborados detenidamente, la elección de los nombres y apellidos de los personajes hecha con esmero, y hasta las denominaciones de los capítulos obedecieron a criterios bien pensados. 

Las cuatro novelas, asegura el autor, le costaron mucho más trabajo y esfuerzos que todas sus obras de filosofía y ciencias políticas, y por ello ocupan un lugar privilegiado en su corazón y en sus recuerdos.

Las cuatro obras son Laberinto de desilusiones, escrita de inmediato tras el citado viaje en barco, entre 1976 y 1977 y publicada en 1983; le siguió La utopía de la perfección escrita en 1977-1978 y publicada en 1984; a esta, le sucedió Opandamoiral elaborada en 1980-1981 y publicada en 1992, y finalmente, Consejeros de reyes, escrita entre 1986 y 1986 y publicada en 1993.

Laberinto de desilusiones 

Por una parte, retrata la evolución de un grupo de estudiantes latinoamericanos que caen bajo la fascinación de la izquierda radical y abdican así de su libre albedrío y de la capacidad de raciocinio propio. Estas víctimas voluntarias se hallaban a gusto bajo esa dictadura de la ideología y sentían satisfechas sus necesidades psíquicas más importantes. La obra hace una analogía entre la adquisición de la fe religiosa —si es que adquisición es el verbo correcto— y la decisión de militar en un partido izquierdista revolucionario. Ambos actos —igual que elegir un equipo de fútbol, agrego yo— se llevan a cabo no basados en reflexiones estrictamente racionales, sino impelidos por una poderosa fuerza irracional, en la necesidad de creer en algo definitivo y la búsqueda de la utopía perfecta. El escenario es la Alemania del milagro económico: una sociedad técnicamente perfecta, pero humanamente gélida, que, a veces muy sutilmente, discriminaba a los extranjeros.  

La primera novela de Mansilla está salpicada de un exquisito humor. Tiene pasajes de irreverencia por el concepto de autoridad, tan caro a los alemanes de cualquier tendencia. Las distanciadas anécdotas sobre el término “Su magnificencia” son francamente hilarantes, igual que las denominaciones de los partidos de izquierda con insignificantes variaciones semánticas, de acuerdo con  sus interpretaciones distintas del dogma marxista, en lo que recuerdan a la película —posterior— La vida de Brian de Monty Python. O la jerigonza sin sentido que se hizo necesaria en las postrimerías de 1968 para llevarse a una chica a la cama. 

La evolución política de los estudiantes alemanes —y latinoamericanos— hacia el radicalismo en el periodo retratado, descrita con enorme agudeza, era la misma,  en sus ejemplos más extremos, que la de varios de los jóvenes bolivianos que desembocaron en el ELN y en la misma Alemania, en la Fracción del Ejército Rojo.

La utopía de la perfección, está entre la narrativa, el ensayo y la crónica. Es la narración pesimista sobre el destino de un político latinoamericano de inclinaciones liberales y, al mismo tiempo, reflexiona sobre un problema filosófico: la necesidad de orientarse por una concepción idealista en torno a la perfección en la vida social e individual y, al mismo tiempo, la probabilidad de permanecer en el ámbito de la mediocridad. 

Es una novela, pero está repleta de reflexiones y trozos teóricos. El tema recurrente es el peso de las tradiciones autoritarias en las sociedades latinoamericanas, que poseen, a decir del autor, elementos de un dogmatismo religioso arcaico.

El autor relata en su autobiografía que el protagonista está basado en él mismo, y que su destino (el de Carlos Alberto Villadesmar) es el que hubiera querido para sí mismo.

Opandamoiral 

Cuenta el pasado de la familia de HCF en un ambiente premoderno y relata el futuro lejano de Bolivia después de una gran catástrofe ecológica y la disgregación del Estado nacional. Discurre desde el costumbrismo hasta la distopía casi apocalíptica. Comienza en 1920 y termina en un momento impreciso en el siglo XXI. Escrita en el periodo sombrío entre 1980 y 1981, Opandamoiral narra la evolución de la antigua clase alta —señorial diríamos—, cuya vida estaba basada en las grandes propiedades rurales, pero que lenta e inexorablemente se torna en parte de las capas medias urbanas, adoptando los valores de orientación, las aspiraciones y las formas plebeyas de los estratos medios estadounidenses. 


Consejeros de reyes

Reconstruye fidedignamente la vida de personajes históricos que se encuentran bajo la sombra del poder supremo, y simultáneamente constituye una meditación en torno a temas dispares entre sí, como los avatares de la Iglesia Católica, el núcleo de la religiosidad genuina y la moral adecuada en situaciones ambiguas. Los cinco protagonistas sostienen monólogos interiores. 

Los protagonistas asesoran a sus monarcas e inventan justificaciones con buen gusto, ironía y auto-engaño. Todos los protagonistas, los sucesos históricos, los datos geográficos, los títulos de libros y los retazos teóricos citados en la novela son auténticos.

Las novelas de Mansilla pueden ser clasificadas, sin excepción, dentro de la categoría de Bildungsroman, o novelas de formación, sin que ello signifique que no pueda haber elementos de otras categorías, como el costumbrismo e incluso, las distopías. Todas ellas transcurren, además, en contextos históricos específicos, donde el factor histórico preciso es de suma importancia. En toda la obra de Mansilla, el protagonista o los protagonistas viven sus respectivos procesos de transformación a través de largos periodos, usualmente décadas, y más frecuentemente que no, comprende o comprenden que su lenta epifanía es la desilusión y la pérdida de los ideales de juventud. Son novelas pesimistas, donde los protagonistas, que son versiones del propio autor, salvo en una, ven su honestidad, sus esperanzas, expectativas e integridad desengañadas por el ambiente, las circunstancias, las personas o las necesidades. En una palabra: por la realidad de la vida.

Tres de las cuatro novelas están basadas en su historia familiar, en su experiencia de vida o en el futuro que Mansilla quisiera haber vivido. Opandamoiral está basada en la historia de su familia; Laberinto de desilusiones, en sus experiencias durante su larga estadía estudiantil en Alemania y Europa. Y La Utopía de la perfección, en sus tempranas aspiraciones de una posible carrera política. 

Opandamoiral y La Utopía de la perfección tienen en común que hacen alusiones al  anhelo por las viejas formas de la aristocracia andino-boliviana, por ese mundo desaparecido de señorío rural. Contienen, respectivamente, algún eco de las viejas novelas costumbristas cuando los personajes parten de, o regresan a sus ancestrales predios rurales. Al leer los respectivos fragmentos correspondientes de estas dos novelas, no se puede dejar de sentir la influencia de Raza de bronce.

Y precisamente porque cualquiera de estas novelas tiene algún pasaje que recuerda a alguna otra obra del canon boliviano, uno se pregunta por qué aquella —como Aluvión de fuego— está en el canon, y una de Mansilla no esté, si esta está tan bien escrita y estructurada, y contiene mayor profundidad que aquellas.

A las obras de Mancilla no les falta nada. El uso del lenguaje es impecable, que es lo mínimo que se puede pedir en cualquier obra que se ofrezca al público. Pero no sólo es impecable, sino además preciso y elegante. 

Como novelas históricas de formación, no ofrecen sorpresas en sus tramas. No hay giros en la trama ni finales inesperados. Son obras, por tanto, más de desarrollo de los acontecimientos y de las ideas, que de los personajes o de la trama. 

La virtud de un buen escritor —y Mansilla lo es— es que debe hacer parecer que su escritura fue fácil. Y como la lectura de estas novelas es, en general, fácil, no puedo sospechar las dificultades para las que fui escogido en revelar, ni siquiera en Consejeros de reyes, que adivino por sus características, que fue la más difícil.

Digo que la lectura de sus novelas es “en general” fácil, porque Mansilla no puede sustraerse a su condición de filósofo y politólogo y a veces sus personajes o su narrador discurren en digresiones no difíciles, porque Mansilla goza de la virtud de la claridad, pero sí quizás innecesarias. Al menos algunas de ellas. Y aquí debo precisar en mi anterior apreciación de que si a estas novelas no les falta nada, sí les sobra un poco.

 Al contrario de las películas de Marcos Loayza, que de pronto agarran y terminan, un par de las novelas de Mansilla no saben cuándo terminar. 

No estoy diciendo que tengan interminables epílogos languidecientes, ni insoportables, ni que den ganas de tirar el libro. Para nada. Pero me ha ocurrido que, a veces no poco antes de terminar, cualquier cosa más que se dijera sería superflua. Tomémoslos como novelas con un bonus. O como películas de Spielberg, a quien casi siempre le sobran diez minutos.

Más aun, como novelas de formación, comparo las de Mansilla con un viaje en motocicleta. En moto se viaja por disfrutar el viaje, no por llegar al destino. 

Y de las muchas cosas disfrutables de los libros de Mansilla, las que más me han gustado, hasta el punto de dejar el libro e ir a dar una vuelta para pensar, han sido sus muchas y muy penetrantes observaciones acerca de nuestros rasgos personales, nuestras características, virtudes y defectos, como individuos y como sociedad. Aquí, cada quien se sentirá aludido, incluso interpelado, por una diferente observación. 

De las cuatro novelas, si tuviera que escoger una con posibilidades de trascendencia universal, me quedaría con Consejeros de reyes.

Hecho el balance final, la obra en conjunto rezuma pesimismo, por lo que no recomiendo leer las cuatro en una sentada (cosa que yo hice), sino disfrutarlas pausadamente, pues son obras ricas en lenguaje, en conceptos, en experiencias, en descripción de unos pasados remotos y otros bastante recientes. Aburrimiento es lo último que sentirán.
 

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