Etcétera

Los ingrávidos

Carlos Decker-Molina reseña la novela de la escritora mexicana Valeria Luiselli.
Los ingrávidos
Los ingrávidos
domingo, 06 de mayo de 2018 · 00:00

Carlos Decker-Molina Periodista

Los Ingrávidos es una novela de la mexicana Valeria  Luiselli que va por la tercera edición, traducida a varios idiomas, entre ellos al sueco. Mi lectura fue en español en una edición de Sexto Piso, una casa independiente que tiene sus filiales en México y España.


Valeriam Luiselli (1983) es una mujer moderna, migrante, ha vivido en Costa Rica, Sur Corea, Sudáfrica, India y España. Hoy vive en Distrito Federal una parte de su tiempo y el resto en Nueva York.


El diario Reforma consideró Papeles falsos (2010), su primer libro, como el mejor del año. Babelia le dio la bienvenida: “… ha reunido 10 textos que entroncan con la tradición de los ensayistas que supieron combinar la narración de las experiencias personales con la reflexión crítica sobre nuestra cultura”. Y Babelia acertó porque las experiencias personales aparecen también en su novela Los Ingrávidos.


No esperen una novela tradicional con introducción, nudo y desenlace, Los Ingrávidos es un juego con la forma, tan bien estructurado que no dan ganas de terminar de leer, son sólo 146 páginas.


La novela comienza con el relato de una mujer que vive en México. Es traductora y escritora, casada con un guionista de cine, tiene dos hijos (el mediano y la nena). La vida familiar, la relación con el marido se alternan –con maestría, pero, sencilla– con la voz de la misma mujer que recuerda su juventud en Nueva York, en donde trabajaba como editora para un sello especializado en autores latinoamericanos no traducidos al inglés. Y, aquí es donde nos cuenta la otra historia, la de un poeta (que existió), Gilberto Owen, que es algo así como su fijación personal.


El inicio de la novela es rupturista:


“El mediano despierta:  ¿Sabes de dónde vienen los mosquitos, mamá? ¿De dónde?


De la regadera. De día están en la regadera y de noche nos pican”


La voz de la narradora nos cuenta que escribe de noche, “cuando los niños están dormidos y ya es lícito fumar, beber y dejar que entren las corrientes de aire. Antes escribía todo el tiempo, a cualquier hora, porque mi cuerpo me pertenecía. Mis piernas eran largas, fuertes y flacas. Era propio ofrecerlas; a quien fuera, a la escritura”.


Y, a manera de título o explicación surge una línea de la novela sin capítulos: “una novela silenciosa, para no despertar a los niños”.


Esa cotidianeidad se va enroscando con la narración principal en la que intenta convencer a su editor del valor de la obra poética de Owen, hasta que se vuelve una obsesión. Le presenta una falsa traducción supuestamente escrita por el poeta Louis Zukofsky y termina convenciendo a su editor, aunque luego surgen problemas.


La figura de Owen cobra vida no por una investigación sino porque cree verlo (estaba muerto hace años) en el metro de Nueva York. Owen es un fantasma, ¿igual que ella? Porque a su turno Owen mira a una mujer de rojo que pasa en el otro metro del cual se cruzan con el  poeta. 


Las historias de la traductora, de la mujer casada que es la misma persona y la del poeta Owen, van articulando un único relato que transgrede con desenvoltura los límites temporales, se vale incluso del humor y la ironía.


No es una novela que implica atención máxima, es fácil de leer y de asimilar a pesar del entrelazamiento de dos historias y de dos voces que al final se convierte en una sola.


La escritura de Valeria Luiselli es como un puente sobre el abismo del tiempo y el espacio. 


Lo fragmentario, muy criticado por algunos reseñistas españoles, va cobrando otro matiz, el de las cosas simples, eco de fantasmas o recuerdos rearmados a propósito para que encajen en el contexto de la obra que nos va contando con total naturalidad. 


La protagonista entra sin permiso a la azotea del edificio donde vivió el poeta Owen. Allí encuentra un árbol muerto y se autoconvence de que perteneció al poeta. Quiere llevárselo, pero la puerta se ha cerrado y queda atrapada durante el resto de la tarde y la noche, hasta que a la mañana siguiente logra llamar la atención de una niña que sale del edificio y sube a abrirle. La mira y le pregunta:


“— ¿Tú eres el fantasma que vive aquí arriba?


— No, nomás subí a regar mi planta temprano por la mañana y me quedé encerrada.


— Mi mamá no nos deja subir, dice que acá arriba hay fantasmas.


— Tiene razón.


— ¿Tú eres un fantasma?


— No, los fantasmas no existen en Estados Unidos”.


La estructura de la novela (que a muchos puristas no gusta) se da por medio de la intercalación de estos momentos de su vida, notas en las que, en algunos casos, su marido deja comentarios sobre la obra, de modo que hay un interesante metatexto que juega con el lector y hace evidente la historia que es una ficción y de las buenas.


Hay partes geniales por su sencillez como cuando la nena se ríe al ver que los focos se balancean, los libros caen al suelo; aplaude cuando caen los cacharros de la cocina hasta que la madre la toma y se esconden bajo la mesa mientras pasa el temblor.


En Nueva York aparece Federico García Lorca con Owen y una sueca mulata, Nella Larsen, (que por la terminación del apellido debió ser danesa porque en sueco sería Larson, hijo(a) de Lars) van a una fiesta en la que el español toca piano, según Owen “le gustan los negros, bueno, los negros también son yanquis”.


Los Ingrávidos se lee sin parar no porque haya tensión, sino porque es simplemente agradable leer algo bien contado. Rosa Montero la califica a Valeria de “tremenda escritora”. Ya tengo pedido su libro Papeles falsos, quiero conocer más de Valeria Luiselli, que, por su lenguaje, me recordó a Cristina Zabalaga, sobre todo en su libro de cuentos Nombres Propios.