El Canibal Inconsecuente

El doctor Diógenes

La autora indaga sobre la vida de José María Bozo, de quien señala que fue un observador certero y un pionero de la ciencia. De ahí que su obra merece ser rescatada.
El doctor Diógenes
El doctor Diógenes
domingo, 10 de junio de 2018 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investiga-dora

Hace unos meses, un amigo versado en libros antiguos y curiosos llamó mi atención sobre un pequeño folleto mecanografiado sin título aparente, compuesto por unas escuetas 15 páginas amarillentas y mal conservadas. El texto estaba fechado en La Paz el año 1879 y lo firmaba José Rosendo Gutiérrez, el erudito biógrafo de Melgarejo. El documento en sí no presentaría ningún interés si no fuera que Rosendo Gutiérrez realiza, en él, una de las pocas, sino la única semblanza enteramente dedicada a José María Bozo (1780-1864). 

El autor se cuida, sin embargo, de mencionar el nombre del genial personaje, cuya verdadera identidad es develada solamente al final. Antes, nos proporciona una serie de anécdotas extravagantes que pretenden dar cuenta de la estrambótica personalidad del doctor Diógenes, “un filósofo ateniense resucitado veinticinco siglos más tarde”. El apodo cae como anillo al dedo: Bozo es descrito vistiendo su raído traje talar e inspirando respeto “hasta con sus andrajos”, pues “sus extravagancias, su poco aseo no hacían reír”. Empero, Rosendo Gutiérrez parece olvidar esta premisa, ya que después de esta breve prosopografía, proporciona al lector una sarta de episodios en los que José María Bozo hace gala de su carácter burlón y el autor, de su imaginación y de su pluma, permitiéndose incluso unas cuantas exageraciones. Hay, por ejemplo, episodios muy llamativos como su matrimonio con una mujer tuerta para que solo tuviese ojos para él o sus aventuras en la magistratura, que incluyen la comparecencia de un tropel de llamas, únicos testigos de un asesinato en la provincia de Muñecas.   

El opúsculo en cuestión, llamado Semblanza y rasgos biográficos del Diógenes boliviano, conocido con el nombre del Dr. José María Bozo, describiendo sus estudios, anécdotas, y las costumbres populares de esa época; en los comienzos de la República, es un delicioso pedazo de prosa decimonónica; pero, a pesar de eso, es también, en cierta medida, una mistificación. Los pocos que dedicaron unas líneas a José María Bozo se limitaron a reproducir a grandes trazos el texto de Rosendo Gutiérrez e, incluso, dudaron del valor científico de los trabajos del obstinado personaje. Un caso notable es Nicanor Aranzaes quien, en su Diccionario histórico del departamento de La Paz (1915), se muestra poco halagador para con nuestro doctor y, después de desvirtuar su labor de naturalista, se contenta en señalar su “carácter excéntrico, burlón, satírico, mordaz” y su “manera de vestir raro”.  

Sin embargo, Bozo fue más que el doctor Diógenes y, detrás de este anecdotario, se esconde un hombre aguerrido que militó con convicción por valores que, para la época, pudieron ser controversiales. Una de sus principales posiciones fue el antimilitarismo, justamente en pleno  fragor  independentista. Por ejemplo, su arenga durante la entrada del Libertador a la ciudad de La Paz revela mucho más que un ser estrafalario. Vestido con un traje a lo Luis XVI, Bozo se presentó ante Bolívar y “felicitó al héroe del Nuevo Mundo a nombre de los salvajes yuracarés” (con cursivas en el original); un hecho absurdo en apariencia, pero completamente entendible e incluso verídico, si se toma en cuenta que Bozo permaneció durante mucho tiempo entre los yuracarés de la misión franciscana de Ilobulo. 

Este episodio es particularmente revelador de la personalidad del ilustre doctor, quien, escapando de la ola revolucionaria que invadió su Santa Cruz natal tras la llegada de Ignacio Warnes, decidió internarse en la espesa selva para colaborar con los curas franciscanos y, a la par, desarrollar sus investigaciones acerca de plantas propias de la región. De su estancia quedan palabras elogiosas, como las del superior del lugar, fray Francisco de la Cueva, quien sostiene que jamás lo vio ocioso, “sino o estudiando, o con el trabajo de sus manos y sudor de su rostro cultivando aquellas plantas útiles que algún día pudieran contribuir a la subsistencia comodidad y recurso en sus enfermedades de esta nación, de sus conversores y de los que pudieran avecindarse por acá”. Asimismo, se conserva un pequeño informe escrito de su puño y letra que, actualmente, se encuentra custodiado en el Archivo General de Indias y titula José María Bozo acredita sus grados, exercicios literarios y lo mucho que sufrió en su emigración a las montañas de los indios yuracarés (La Paz, 15 de noviembre de 1816). Fuera de este texto, Bozo dejó numerosos inéditos, entre ellos un tratado que Gunnar Mendoza publicó en 1947 con el nombre de Observaciones sobre plantas medicinales bolivianas. 

Esta obra, junto con su diario meteorológico de 1828 a 1832, es la que mejor permite entender las inquietudes de este cruceño naturalizado paceño.

 Ambas son precursoras de disciplinas poco frecuentadas en nuestro país y revelan un espíritu observador, especialmente cuidadoso, y que siguió con celo los procesos científicos de recopilación y de procesamiento de información. Si bien es cierto que ejerció como político, fue diputado por Santa Cruz y destacó como jurisconsulto, quizás el legado más vistoso que dejó fue su amor por las ciencias naturales. Alcide D’orbigny, en este sentido, fue su mejor discípulo y, según él mismo afirma, Bozo lo transformó en naturalista. Así lo relata en su Viaje a la América meridional: “En toda la República de Bolivia, un solo hombre, el Dr. Bozo, el Dioscórides del país, cultivaba la botánica. Fui a verlo (a La Paz), y recorrimos juntos durante algunos días no solo ciertos lugares de los alrededores, sino también los jardines de la ciudad (…); sobre las virtudes de cada una de las cuales, él me hacía pronunciar una larga disertación, lo que me convirtió a la fuerza en botánico”. Por todo eso, José María Bozo, más que un simple saltimbanqui, fue un observador certero y un pionero de la ciencia cuya obra merece ser rescatada.

 

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