Escénicas

No necesita traducción

Texto ganador del primer lugar del concurso de crítica amateur de teatro organizado por la red Boliviana de Periodismo Cultural en alianza con el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz y el Espacio Simón I. Patiño.
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domingo, 10 de junio de 2018 · 00:00

Camilo Gil Ostria Estudiante de literatura y ganador del concurso de crítica amateur

Yoshi Oida, famoso actor y teórico japonés, en su libro El actor invisible comenta un suceso esencial que vivió con Hisao Kanze, otro famoso actor japonés de teatro noh. 

Muchas personas le habían hablado de la gran capacidad de Kanze y, cuando finalmente lo vio en el escenario, se sintió decepcionado, pues su actuación se enfocaba en que la historia sea tan clara que parecía “un melodrama de televisión”.

Sin embargo, cuando lo vio en Francia, “fue maravilloso”. Oida, sorprendido, decidió acercarse a Kanze y preguntarle qué había sucedido y éste respondió que en Japón se enfocó en que sus diálogos sean claros, en que el lenguaje arcaico que caracteriza el teatro noh pueda entenderse; mientras que en Francia era imposible que el público entienda el texto, por lo que se concentró “en los gestos, los sonidos y en cada detalle del momento”, logrando un gran impacto emocional, a pesar de la ininteligibilidad de la historia.

Esta capacidad del cuerpo de transmitir emociones e ideas por encima de la capacidad de la palabra está, también, presente en Agua/Wasser. 

Aquí el gesto (la mirada enojada, molesta, del Mosquito; la risa sincera, irónica, malvada del Ave Carroñera; el temblar de la voz del Ángel, sintiéndose culpable, pero sumamente hermoso, con un estética sacada, sin lugar a dudas, de la Venus de Botticelli), el cuerpo (el andar pesado del Elefante; la joroba de la Tortuga, lenta y preocupada; los brazos dulces del Goldfish, tierno e indefenso) y el baile (siempre simbólico, lleno de humor, de un juego con el agua que se gasta, pero que a nadie, ni a los afectados, les interesa cuidar) toman un rol principal y hacen que la figura del traductor (al principio interesante, pues parecía un moderador de la conferencia que, se suponía, iba a tomar lugar) se vuelva innecesaria y, a momentos, molesta. Este traductor no notó que el idioma universal del teatro no necesita traducción.

Dejando de lado ese pequeño detalle, se debe admitir que la obra sorprende. Lo que empieza con diálogos que parecen estar enfocados en convertirse en una moraleja de fábula esópica termina, digna sucesora de Monterroso, dándole la vuelta a la figura y planteando un problema más profundo y más humano que, como cualquier discurso real y que problematice al espectador, no puede resumirse en un eslogan del estilo: “Cuida el agua”. 

Este cambio, además, se da de manera sumamente sutil, sin acallar esa primera voz, movimiento digno de la pluralidad de voces que convergen aquí: el teatro es el lugar donde todos tiene una voz que se respeta y no, no hablo de las voces de los actores, pues, como ya decía Aristóteles, los temas de la literatura son siempre universales y van muy por encima del individuo. 

Este cambio sutil se inicia con dos voces que representan un poder consumista, contrario al discurso ecológico que, hasta el momento, se había estado sosteniendo: el Elefante, quien no quiere compartir el agua de su charco y termina aplastando a una tortuga por no haber hecho lo que él le mandó y la representación de Nestlé, la empresa que ve el agua como un producto que debe tener un costo. Estas voces, a pesar de todo, siguen siendo juzgadas, ridiculizadas incluso por la propia interpretación burlesca de los actores quienes parecen no creer en lo que dicen. 

Sin embargo, es uno de los últimos personajes y la escena final los que eliminan la posibilidad de reducir esta obra a una mera moraleja y la hacen mucho más rica y crítica con cualquier sociedad del mundo. El personaje es el Ave Carroñera, quien interrumpe la escena con una risa sincera, llena de energía irónica y de una pequeña maldad cínica. 

Entonces les dice a los personajes que no sabe por qué se preocupan, que no importa si hay agua o no, que igual van a morir tarde o temprano; nadie puede responderle. Ella sabe sobre lo que habla: la muerte no es algo malo para ella. Su intención no es malvada, aunque al público pueda parecerle que sí. Esta ambigüedad te cuestiona todo, ¿importa de verdad si me ducho cinco minutos menos al día?, ¿será que por mi esfuerzo las futuras generaciones van a vivir mejor o el Ave tiene razón y eso, en verdad, no importa? Las preguntas nacen y las respuestas dependen del espectador y en ese hacer pensar al público está, en mi parecer, la riqueza del arte.

La escena final es en la que, al ritmo de la versión de Quizás de Andrea Bocelli, todos los personajes agarran chisguetes de agua y se mojan, viendo la hermosura del agua ante las luces de colores (porque el trabajo de la imagen es otra de las fortalezas de la obra), bailando en calma. Conscientes de que el agua se les va a acabar, pero como si, en realidad, no les importara. Es en este juego final, carente de explicación, que la obra llega a cobrar su mayor complejidad conceptual. 

Cada espectador debe interpretar ese final de manera diferente y, sin dar una respuesta, yo sólo me siento feliz de que la obra vaya a seguir siendo presentada después del FITAZ, porque me parece que el trabajo de estos actores merece de una segunda apreciación. Ésta es de esas obras que te recuerdan el poder mágico del teatro de hacerte reír, llorar, vivir con el simple cerrarse de los telones.
 

 

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