Crítica

Un descenso a Averno, de Marcos Loayza: algunas señalizaciones

Para Russo, el fime de Loayza es una valiosa propuesta que recoge mitos y leyendas del imaginario colectivo.
Un descenso a Averno, de Marcos Loayza: algunas señalizaciones
Un descenso a Averno, de Marcos Loayza: algunas señalizaciones
domingo, 03 de junio de 2018 · 00:02

Por más que uno crea estar preparado, nada puede servir de suficiente providencia en un descenso al Averno. Por la información de prensa cabía esperar una experiencia atípica, pero la película de Marcos Loayza y el universo que construye son más que eso. 

Es cierto que durante algunos tramos iniciales hay que atravesar algunas dificultades planteadas, principalmente, por el estilo interpretativo de los actores, en especial por el talante parejo, casi inescrutable de su protagonista, Tupah. Hay una interioridad impenetrable en su héroe, pero ¿quién dice que éste debería ser legible sin dificultad? Más bien que se sirva de esa protección, ya que el trayecto encarado le permite reservar bajo esa coraza anímica cierta estabilidad, porque pronto pronto gana presencia  el vértigo de ese laberinto que uno adivina mucho más intrincado y abismal aún que el tramo que se le da a recorrer. 

Impresiona en Averno cómo el cineasta ha ido canibalizando (acá recurro de modo un poco silvestre al célebre procedimiento antropofágico del poeta y teórico brasileño Oswald de Andrade) un cúmulo de referencias que uno supondría completamente disímiles, para armar un mundo de correspondencias tan oscuras como potentes. Por un lado, está el componente mítico andino, por otro los misterios iniciáticos de la noche paceña. A ellos se agrega el imaginario cinéfilo, con elementos muy caros a la generación que creció con las corrientes propias del cine estadounidense de los años sesenta y setenta. Allí se dejan reconocer algunas situaciones a lo Walter Hill en The Warriors, a lo Scorsese en After Hours, con referencias que se hacen entrañables y significativas para la cultura cinéfila, que se integran sincréticamente con coordenadas mucho más ancestrales. 

El conjunto demuestra cómo lo local y lo universal todo el tiempo extienden sus lazos, como quieren los mitos cuando manifiestan su eficacia. Y a propósito de tender los lazos, también aquí puede apreciarse que se trata de ligar linajes. Llama la atención en Averno la  sorprendente integración en su espacio imaginario de algunos factores provenientes de la iconografía mitológica y las referencias anteriormente citadas, con ciertas definidas estéticas actuales de la joven vida urbana. Puede advertirse, al respecto, que otros Loayza de generación posterior también han puesto lo suyo en el filme y dejado su nítida marca, así que es un averno decididamente intergeneracional y, en ese aspecto, creación colectiva. 

Más allá de sus particularidades paceñas y del altiplano, en una proyección latinoamericana, además de la tropicalia inesperada y efectiva, cabe destacar en este recorrido por el Averno las resonancias de aquel Infierno que Raúl Ruiz filmó en los años noventa para la TV británica, ambientando al descenso del Dante en una serie de locaciones infernales cercanas a Santiago de Chile. Sólo que aquí en lugar de la Comedia tenemos la contundencia del imaginario andino, varias leyendas y mitos urbanos,  más la combinación de ciertos avernos cinéfilos de larga estirpe. 

El espectador puede, descenso mediante, pasarse un buen rato explorando algunas de las numerosas referencias, personajes y situaciones míticos que lo llevarán a sus propias derivas. Y también puede recorrer ese mundo de la vida cultural y la noche de La Paz que asoma con tanto poder como las criaturas legendarias, acaso por participar de otra dimensión de leyenda. Seguramente un espectador que conozca la noche de La Paz verá todo desde un ángulo de descubrimientos y reconocimientos permanentes, a partir de personajes que lo rodean y aquí andan transfigurados en habitantes del Averno. A través de eso, sin ir más lejos, uno puede adivinar por ejemplo la dimensión magnética y desmesurada de un Jaime Saenz. Vale la ocasión, entonces, en cuanto a tomar el filme como plataforma para lanzarse sobre alguno de sus libros, por ejemplo su iniciático Felipe Delgado, que se hace complemento cabal del mundo evocado por este filme.

En síntesis, por la densidad de elementos que uno va recogiendo en su tránsito por Averno, no es aventurado ni prematuro afirmar que Loayza ha filmado una película que ya en su recorrido se orienta claramente a la categoría de filme de culto. 

Entre que estuvo planeándola largo tiempo, y por la notable sintonía que está sosteniendo en el encuentro con sus espectadores ¿porqué no fantasearla como el inicio de un relato de mayor alcance, con otras estaciones y situaciones, acaso en unos cuantos capítulos? Más allá del específico viaje del joven Tupah que aquí se relata, sin duda este universo promete y merece la reincidencia.

Eduardo A. Russo Crítico.

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