Por qué de repente te aburre tu pareja

viernes, 30 de junio de 2017 · 07:13
elmundo.es/ Ana Sierra
Primera cita con aquella persona que tanto le gusta. Por fin a solas. Comienza la cena y charlan de manera divertida y tranquila. El enamoramiento está en el aire y es recíproco. Siente que nada puede estropear ese momento. De repente descubre un pequeño detalle en su acompañante que le desconecta de ese estado idílico. Quizá sea una risa escandalosa o un gruñido. Puede que unos zapatos horrorosos o unas manos con las uñas devoradas y encarnadas. ¡Qué horror! Todo se nubla, no puede focalizarse en otra cosa y se produce un efecto dominó catastrófico. A partir de ese desafortunado descubrimiento, todo lo que nos ofrece nos parece horrible.

Nuestro deseo de escapar de la situación y no volver a ver a esa persona nos domina. Lo que antes sentíamos como síntomas del enamoramiento, se transforman en un rechazo, tan profundo, que puede generarle náuseas e incluso llegar a provocarle el vómito. Hasta puede dar lugar a una especie de amnesia que nos impide recordar qué nos enamoró de aquella persona poco tiempo atrás. Menuda primera cita. ¡Si todo iba bien! ¿Qué sucedió? Sencillamente fue víctima del SRS: 'Sudden Repulsion Syndrome' o Síndrome de Repulsión Súbita o Repentina. Aunque le parezca extraño, es más habitual de lo que cree.

¿Por qué sucede?
Aunque suele ocurrir en primeras citas, en relaciones con poco recorrido como pareja, puede darse, en menor medida, en relaciones más duraderas. Existen algunas razones por las que un estímulo desagradable puede llegar a desencadenar esta repulsión incontrolable.

Idealización. En ocasiones idealizamos a las personas hasta el extremo de no tolerar lo que consideramos un defecto subjetivo, como que sus pies son feos, o basado en hechos objetivos, como que le huelen los pies. Este hecho activador de emociones negativas, descubierto quizá durante la primera noche juntos, puede derivar en una distorsión cognitiva inconsciente, asociando todo su ser a ese olor o generalizando ese asco a la totalidad de la persona y la relación. Esa idealización se verá derrumbada si nuestras exigencias son rígidas y no tenemos habilidades o confianza para resolverlo de otra forma que no sea huyendo.

Creer en la media naranja. El SRS puede acontecer cuando pretendemos que la pareja se ajuste a la perfección, sintiendo así que es la persona adecuada. Tiene bastante que ver con la idea del amor romántico y la media naranja que nos transmiten y aprendemos desde pequeños, y tanto daño nos hace. La creencia de que su media mitad ha de coincidir al 100% con su estilo y deseos hace que, al descubrir una mínima fisura, dudemos, de manera inconsciente, de si es o no nuestra princesa o príncipe azul. No nos damos cuenta de que es una persona diferente y ajustarse sería una misión común.

Miedo al compromiso. El SRS resulta la excusa perfecta para no comprometernos. En ocasiones, cuando no han funcionado las relaciones anteriores, se activa la hipervigilancia y cualquier cuestión que no cuadre de la persona candidata es suficiente para que no pase la criba. Generalmente se justifica alegando que somos muy exigentes pero, si su huida es habitual, le delata.

Falta de asertividad. El SRS es un proceso inconsciente. Sin embargo, la necesidad de huir puede deberse a la escasa habilidad para resolver aquello que nos desagrada. Debemos aprender a expresar nuestro malestar de manera asertiva, sin ser agresivos ni permaneciendo en la relación a pesar de que nos disguste. La idea no sería cambiar la personalidad ni obligar a la otra parte de la pareja a cambiar algún aspecto. Informar y proponer, llegar a un acuerdo o, quizá, seducir para que vea los puntos a favor que ofrece quitarse esa verruga que tanto le disgusta o dejar de utilizar esos zapatos antiguos, sería el objetivo. Ser comunicativo podría ser una de las soluciones, al igual que solventar cada uno de los posibles puntos de activación anteriores.

Inmadurez. Sucede en personas que valoran más temas estéticos o poco profundos. A lo largo de nuestra vida relacional y afectiva, aprendemos a relativizar y sopesar los pros y contras. Valoramos en conjunto a las personas con las que decidimos compartir nuestra vida, aceptamos o erotizamos, incluso, aquellos aspectos que en un principio no nos gustaron y, si no fuera así, solemos buscar soluciones. Acudir a la psicología no sería mala idea si vemos que es recurrente en nosotros este síndrome a lo largo de nuestra vida. Aunque, quién sabe, quizá su instinto le ofrezca una señal de que la relación no tiene futuro.

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