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Lea la última carta pública de Roger Pinto: “Ningún exiliado es feliz”

La carta brinda detalles de cómo Pinto salió del país en 2013 y cómo fue su vida en Brasil de allí en adelante.

Lea la última carta pública de Roger Pinto: “Ningún exiliado es feliz”

Roger Pinto. Foto: Terra

Página Siete Digital / La Paz

Tras su salida del país con ayuda de la Embajada de Brasil, en 2013, y tras el terremoto político suscitado por esa acción, el contacto del exsenador Roger Pinto con la prensa fue desvaneciéndose con el tiempo. Muy poco se sabía sobre sus actividades en Brasil y su familia, hasta el sábado, cuando se estrelló con su avioneta y quedó herido de muerte.

No obstante, en febrero tuvo un contacto con la revista Veja, aquella que el Gobierno en más de una oportunidad cuestionó por sus reportajes sobre narcotráfico que vinculaban, entre otros funcionarios, al exministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana.

El medio divulgó una carta que había escrito el exsenador, en la que brinda detalles de cómo fue su salida de Bolivia en agosto de 2013, quiénes lo ayudaron en Brasil para empezar una nueva vida, cómo afrontó la soledad de estar lejos de su país y su familia, pero, sobre todo, cómo descubrió su pasión por la aviación.

"Nunca fui un exiliado feliz”; "Evo no me destruyó”, son dos frases que se leen en la carta de Pinto sobre cómo puso el hombro para afrontar las adversidades que atravesaba y que transmitía al resto de los exiliados políticos del actual gobierno.

A continuación lea la carta íntegra que escribió Pinto y que fue divulgada en febrero pasado por la revista Veja.

Cuando me refugié en la Embajada de Brasil en La Paz, el 28 de mayo de 2012, tenía la convicción de que saldría de ella en pocos días. Yo había desafiado al presidente Evo Morales al denunciar la acción de corruptos en su gobierno, pero creía que estaría protegido por mi condición de senador. Después de una semana, empecé a percibir que mi situación se había vuelto irreversible. En poco tiempo, ya estaba psicológicamente destruido. La soledad es dura y degrada a cualquiera. Durante los 453 días que pasé en la embajada, pensé muchas veces en entregarme. Recibía recados de partidarios del presidente que decían que ellos pretendían quemar a mis familiares vivos. Cualquier padre y abuelo conoce el significado de una amenaza de esas. Yo sabía que ellos serían capaces de cometer ese tipo de atrocidad.

Nunca perdí la esperanza de volver a ser libre. A pesar de eso, cuando el diplomático brasileño Eduardo Saboia me sugirió huir secretamente a Brasil, tuve miedo. Era un salto en la oscuridad que podría resultar en mi muerte. En la mañana del día en que partimos, miré todo lo que tenía. Mi cama, mi escritorio. La embajada era mi casa. Yo ya me había acostumbrado y, por un instante, no quise dejar ese ambiente atrás. Cuando entramos en Brasil, ya casi sin combustible en el tanque del coche, después de viajar por cerca de 1 600 kilómetros, sentí una emoción profunda. Yo estaba libre. He encontrado del lado de aquí de la frontera una solidaridad indescriptible. Hice amigos entre la clase política que hoy considero miembros de mi familia. En cuanto llegué, el senador Ricardo Ferraço (PSDB-ES) me llevó a Brasilia y me ofreció refugio. Pasé casi seis meses en el apartamento del senador Sérgio Petecão (PSD-AC), que me cedió una habitación, donde viví como si fuera mi casa. A pesar de toda la ayuda, se engaña quien cree que tuve una vida fácil desde entonces. Ningún exilado está feliz lejos de su patria. Todos los días sueño en volver a Bolivia, mi país y mi hogar verdaderos.

Por más que mis nuevos amigos se esforzaran para acogerme, siempre me sentía solo. Brasilia no era mi ciudad. Me quedaba la mayor parte del tiempo encerrado en el departamento que me había cedido. Pero en vez de dejarme consumir una vez más por la soledad, usé ese tiempo de reflexión para convencerse de que no podía permitir que los corruptos de mi país siguieran haciéndome mal. Me encantaría el hecho de que Brasil pasaría a ser mi nuevo país y fui a buscar un empleo. Tendré breves e inicié una nueva carrera. Yo, que ya pilotaba ultraligero, descubrí en la aviación mi placer y mi sustento. Hoy, presto servicios como piloto particular en varias partes de Brasil. Ya hice hasta vuelos panorámicos en el litoral de São Paulo. Muchas veces transporto personas que ni siquiera saben de la historia de persecución que sufrí ni del incidente diplomático que de ello resultó.

Reconstruir mi vida es más que una victoria personal. Intento mandar el siguiente mensaje de resistencia a todos los perseguidos políticos: "Evo no me destruyó". Quiero que ellos sepan que también pueden superar las dificultades de estar en la oposición. Obviamente, nadie sale ileso de la persecución estatal. Perdí casi todo, y en todo momento necesito vencer nuevas adversidades. Estaba todo listo, por ejemplo, para mi esposa venir a vivir conmigo en Brasilia. No vivo con ella bajo el mismo techo desde el refugio en la embajada, hace casi cinco años. Pero la tragedia de Chapecoense postergó nuestros planes. En el accidente murió mi yerno Miki (Miguel Quiroga), que pilotaba el avión de LaMia que llevaba al equipo de Chapecoense. Mi hija y mis tres nietos viven en Acre, y mi mujer va a vivir con ellos. Yo permaneceré en Brasilia, para sostenerlos con mi trabajo. Cuando me quedé confinado en La Paz, Miki cuidó a mi familia. Ahora tengo que llenar el vacío dejado por él.

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