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Editorial

Mal desempeño en los Juegos Odesur

Mal desempeño en los Juegos Odesur

Pese a los esfuerzos que ha realizado el Gobierno en favor del deporte, Bolivia acaba de concluir su peor participación de la historia en los Juegos Sudamericanos. El país se situó en el antepenúltimo lugar, con sólo cuatro preseas de bronce, ocupando el lugar número 12 de 14 participantes. Solamente pudimos vencer a Aruba y Guyana, dos pequeños países caribeños que tienen menos de 800 mil habitantes. Ha sido un desempeño fallido de los deportistas nacionales, de toda la estructura de la dirigencia deportiva y del Estado boliviano.
El país no se ha caracterizado en la historia por sus buenos resultados deportivos, en buena parte debido a sus problemas de extendida pobreza, pero también por su desorden institucional, corrupción y poco apoyo estatal. Sin embargo, en la reciente edición de los Juegos Odesur, realizados en Chile, la delegación boliviana ha caído todavía más respecto a anteriores participaciones.
Los resultados demuestran que las acciones en este campo son insuficientes, improvisadas y no integrales. ¿Cómo se puede explicar que en el periodo en el que se han construido más canchas de fútbol y ráquet de la historia tengamos, a la vez, el peor resultado deportivo sudamericano? El simple hecho de construir canchas no ayuda al deporte en general. Es adecuado contar con esos espacios deportivos (aunque el debate sobre si en algunas localidades no se necesitan otras infraestructuras, por ejemplo de educación y salud, es pertinente) pero es insuficiente para mejorar el desempeño de los atletas.
En el fondo, sin embargo, ganar medallas no debería ser un fin en sí mismo, sino simplemente el reflejo de una mejora en las condiciones de vida de la población. Tener más o menos medallas tiene una importancia menor respecto a asuntos más importantes, como que los niños y jóvenes tengan una mejor alimentación, que puedan desarrollar todas sus capacidades físicas y mentales, que vivan en un entorno de mayor seguridad que los aliente a estudiar y a hacer ejercicio, etcétera. Si todo ello se cumpliera y, además, si los estudiantes tuvieran menos necesidad de trabajar, si las niñas lograran los mismos derechos que los varones, si hubieran instalaciones deportivas no  centradas en el fútbol, de manera natural Bolivia lograría mejores resultados. El haber ocupado el último lugar entre los países sudamericanos en estos juegos refleja con crudeza que, si bien el país ha mejorado en indicadores sociales, todavía está lejos de alcanzar el promedio latinoamericano y, peor aún, alcanzar a los países vecinos. En este  siglo XXI, y pese a la bonanza económica que se percibe, aún hay un gran número de niños desnutridos, una elevada cantidad de niñas que no van a la escuela y una población sin acceso a salud.
Los resultados mencionados también reflejan que no es verdad que el desempeño de los gobiernos anteriores era menor al actual. En muchos planos se puede demostrar que regímenes pasados hicieron una labor mejor al presente y el deportivo es uno de ellos. Las dos mejores participaciones de Bolivia se produjeron en 1977, cuando el país fue anfitrión, bajo la dirección de José Gamarra Zorrilla; y en 1990, en Lima. Sobre todo en la primera de ellas el país logró un muy decoroso tercer lugar, sólo superado por Argentina y Chile. En esa ocasión el país obtuvo 106 medallas en total, es decir 35 veces más que en la última edición. 
Con menos despliegue, en esas dos ocasiones, y otras más, el país obtuvo resultados deportivos interesantes. No se construían canchas en cada localidad rural del país y no existía el Ministerio de Deportes pero al parecer las cosas funcionaban mejor. Ahora que Bolivia va a ser sede de los Juegos de 2018, el desempeño de 1977 debería ser estudiado por las autoridades para ver qué hizo bien el país en ese tiempo como para haber logrado más de un centenar de medallas.
Al parecer la clave fue ver el largo plazo, contratar entrenadores extranjeros, hacer que los deportistas tengan roce internacional… y otros.

Sin embargo, ganar medallas no debería ser un fin en sí mismo, sino simplemente el reflejo de una mejora en las condiciones de vida de la población.

Ahora que Bolivia va a ser sede de los juegos de 2018, el desempeño de 1977 debería ser estudiado  para ver qué hizo bien el país en ese tiempo.

 

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