Un señor Gill que no tiene nada de “gil”

Un señor Gill que no tiene nada de “gil”
Eduardo Mendizábal Salinas
domingo, 20 de abril de 2014 · 21:02

Raúl Peñaranda acaba de presentar un nuevo libro, cuya polémica –a mi juicio- lo colocará como uno de los más controvertidos de 2014, pero como el más incómodo para el actual Gobierno. Dicho de otra manera, se convierte en una piedra en el zapato porque devela oficialmente –me refiero como trabajo investigativo- algo que hace mucho tiempo era un secreto a voces, la existencia de medios paraestatales, más allá de los que son por todos conocidos: Cambio, Bolivia TV y Radio Patria Nueva.
Sin embargo, el objeto del presente artículo no es el de ingresar en detalles para ratificar el meticuloso trabajo desarrollado por el periodista Raúl Peñaranda, sino más bien revisar algunos aspectos importantes que tienen que ver con la participación accionaria en los mismos del empresario venezolano Carlos Gill, un hombre no sólo poderoso económicamente, sino muy influyente y muy conocido en aquellos círculos donde se mueven no centenas sino miles de millones de dólares. Esa influencia que permite ser escuchado y con suma atención, particularmente cuando se hace lobby a favor de un Estado inmerso en procesos legales por aquello de la nacionalización.
El señor Gill tiene todo el derecho de invertir en Bolivia, España, el Reino Unido o en Mozambique, puesto que se lo conoce como un empresario transparente y, por sobre todo, muy respetado. En Bolivia también ha invertido en Gravetal y en Ferroviaria Oriental, en esta última empresa a través de Trenes Continental, socia estratégica –con el 50%- de Ferroviaria Oriental, cuyo paquete accionario pertenece a los fondos de pensión con el restante 50%.
Porcentualmente, Yulara Inversiones, con sede en España, detenta aproximadamente el 27% del paquete que posee Trenes Continental, el restante 23% está en manos del Fondo de Inversiones Las Américas, de Chile; la Corporación Financiera del Banco Mundial y una empresa ferroviaria argentina. Aunque no en el directorio, la presencia del empresario Carlos Gill es a través de Yulara Inversiones.
Hasta ahí todo está muy bien, lo que no está bien es ese manto de misterio que rodea su participación accionaria en los medios de comunicación a los que hace referencia el libro Control Remoto. Como lo expresé anteriormente, se trata de un empresario venezolano muy respetado. He podido contactarme con tres magnates, en Brasil, México y Argentina, quienes me han expresado conocer a Gill y tenerlo en muy alta consideración.
¿Quiénes son los socios del señor Gill en los medios de comunicación llamados paraestatales a los que hace alusión en su obra Peñaranda Undurraga?, ¿por qué cuando se pide una explicación sobre quiénes son los propietarios reales de los mismos se genera una molestia que deriva en amenazas con cuestionamientos propios de gobiernos autoritarios?, ¿por qué se llaman a conferencias de prensa para denostar a quien tiene todo el derecho de investigar y expresar lo que piensa y siente?, ¿cuál la diferencia entre haber nacido en Venezuela y ser empresario y haber nacido en Bolivia y ser periodista? En fin, son muchas las preguntas que uno se formula, como aquella que particularmente me la hago al recorrer las calles de las capitales de mi país: ¿por qué será que los vehículos del Estado corresponden sólo a una conocida marca?
Finalmente, voy a apelar a una frase del libro Control Remoto para todos aquellos que amparados en un poder circunstancial pretenden acallar la libertad de expresión con bajezas irreproducibles u ofician de tontos útiles al servicio de sus patrones. Corresponde a Groucho Marx y dice: "Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”.

 Eduardo Mendizábal es periodista

Gill tiene todo el derecho de invertir en Bolivia, España o en Mozambique, puesto que se lo conoce como un empresario transparente.