La Paz, Bolivia

Jueves 27 de Abril | 16:41 hs

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Alfonso Gumucio Dagron
Quien calla otorga

Pensar tiene un costo

Pensar tiene un costo
  La Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) me pidió preparar unas palabras sobre el contexto de la libertad de expresión en Bolivia, tomando en cuenta que la Universidad de Columbia le otorgó el premio Maria Moors Cabot a Raúl Peñaranda, periodista con amplia trayectoria.
 En Bolivia los periodistas son blanco de la crítica por dos razones principales: ya sea porque son malos periodistas (y los hay muchos en las  nuevas generaciones) o porque son buenos periodistas y entonces irritan al poder político y económico, sobre todo cuando ese poder pierde legitimidad.
 Los malos periodistas tienen una vida fácil porque no se dan cuenta de que son malos. Hay algunos incluso perversos porque saben que son malos, pero se acomodan según para donde soplen los vientos de la oportunidad. Y entre ellos hay algunos que todavía aparentan integridad, pero juegan entre bambalinas las cartas del poder, actúan con hipocresía y tragan sapos todos los días.
 En cambio los buenos periodistas llevan una vida profesional difícil pero más estimulante, ya que tienen que verse las caras con los sujetos que detentan el poder del Estado, por lo general mezquinos y arrogantes cuando tratan de prorrogarse indefinidamente.
 Por ello, hay también dos clases de reconocimientos: por una parte aquellos que honran la carrera profesional, la integridad y la independencia y, por otra, aquellos que se presentan en forma de ataques e intentos de denostar, pero que constituyen también una forma de reconocer el valor que tienen los periodistas, bastante  quijotescos, que se plantan frente a los molinos de viento del poder y cuestionan sus excesos y su carácter feudal.
 Pareciera que nuestro país se ha acostumbrado a vivir en una situación donde lo absurdo se ha hecho norma y, por lo tanto, es normal el autoritarismo, es normal la prepotencia del gobierno, es normal la corrupción, es normal la violación de los derechos humanos, es normal la hipocresía, es normal el uso discrecional de bienes públicos sin normas de transparencia y es normal el doble discurso que no se corresponde con la realidad.
 Muchos colegas cierran los oídos y los ojos porque oír y ver es peligroso. Y más peligroso aún es decir y escribir. Algunos periodistas han reducido los niveles de su ética a extremos que sólo habíamos visto en tiempos de dictadura. Los periodistas que se niegan a rematar sus valores y que mantienen una conducta ética son el último resguardo de una sociedad adormecida por el oportunismo y la millonaria manipulación mediática de que es objeto cotidianamente, en favor de una persona y de un partido político, a un enorme costo que pagan todos los ciudadanos.
 Periodistas como Raúl Peñaranda y otros independientes tienen que decir las cosas que están pasando porque no decirlas es hacerse cómplice de todo aquello que está torcido. Y precisamente eso es lo que más ira le da un régimen autocrático: que sean intelectuales independientes, que responden sobre todo a su conciencia.
 No sé si nuestras opiniones críticas tienen algún impacto, porque es difícil enfrentarse a una maquinaria que con dineros públicos tiene la capacidad de comprar periódicos y canales de televisión (como lo ha narrado Raúl en su libro Control remoto) y también de sobornar a periodistas y operadores de medios que por interés económico, antes que por convicción ideológica, han vendido su dignidad, si alguna vez la tuvieron.
 Uno de los casos más sorprendentes que también pasa por "normal” es el canal de televisión Abya Yala, que no es del Estado sino una donación personal del Gobierno iraní al presidente Morales para la fundación que lleva su nombre. O sea, un jefe de Estado en funciones recibe de un gobierno extranjero un regalo de varios millones de dólares y nadie pestañea.
 Los bienes del Estado se usan para montar el más grande aparato de propaganda que haya conocido el país, sin parangón en la historia contemporánea, ni siquiera en épocas de dictadura. A través de ese aparato se expresa la virulencia de los principales dirigentes del Gobierno, que quisieran mantener a toda costa su imagen de izquierda, cuando en realidad hace rato que ya están en la derecha del espectro.
 Por ello usan un lenguaje de descalificación de las personas, porque no pueden sostener un debate de ideas. Cuando no atacan directamente a periodistas y medios, lo hacen a través de testaferros que vierten su bilis en las redes virtuales a cambio de unos denarios. O presionan a los medios quitándoles la publicidad del Estado o amenazan directamente a periodistas que incomodan, hasta aislarlos.
 Pensar libremente tiene un costo, pero a veces ese costo se equilibra con reconocimientos como el Cabot. El premio que recibió Raúl es también un premio a todos los que día a día ejercen la defensa de las libertades y derechos, frente a la represión abierta o encubierta y frente a los cantos de sirena con que nos quieren engatusar.

Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, especialista en comunicación para el desarrollo.
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