Crónicas de la India María

Mi reina

lunes, 06 de junio de 2016 · 00:00
María Nicolasa Cruz, mejor conocida como la India María, se fue de San José de los Burros hacia la capital. El día que se marchó, su madre, lagrimeando la abrazó, la bendijo y le soltó: "-No te digo que me escribas,  mijita, porque no sabes. Y si supieras,  pus pa qué, si yo no sé ler”. La India María fue esa mujer discriminada por india.
 
Lo de mujer sobra. Esa mujer dizqué tonta, tonta, pero no tanto, que se mofaba del poder entre chiste y chiste y para ello asumía en la pantalla cinematográfica un rosario de tragicomedias porque al cachascán cotidiano sólo puede una tragárselo rebalsando de risa. La India María fue monja, torera, motociclista y hasta candidata a la Presidencia. Hoy es migrante, pequeña empresaria, contrabandista, emprendedora, cuentapropista, dirigenta empoderada, estudiada, dígame licenciada, mínimamente aspirante a la Alcaldía más próxima, a la vuelta del Palacio de Gobierno. La India María trae ahora una laptop conectada a la redes sociales, tiemblen  alvaritos, y les trae un montón de historias. Por ejemplo, este culebrón.

Mi reina
 
"A lo mejor soy depravada de nacimiento, porque lo que más me excitaba del asunto era pensar: soy rápida. Mínimo, más que Súperman, carajo. Aunque por muy veloz que fuera, igual tenía el otro pie en el freno” (Diablo Guardián)
 
Violeta es chingona, chingonísima. Adjetivo mexicano tan expresivo que difícilmente se traduce al boliviano como lo que quieras, digamos: mamona, buenaza, buenísima, capa, cabrona, pendejísima. Más o menos. El caso es que Violeta tiene una telaraña. Ella es una joven y guapa -chingona- araña. 
 
Un día de esos cae en su salivoso tejido el macho alfa de una tribu en parto colectivo, una tribu en éxtasis revolucionario. Avatar de los Andes.
 
Chingona como ninguna, la araña se embaraza. El rock star de la tribu naciente se hace al k’asa. Mejor. Poco después el niño aparece. Nada que hacer. Haciendo ascos, el macho mira a la criatura que por aquella vieja revancha de los hijos "naturales” es idéntica al padre. Justicia divina. La arañita pide clemencia y entonces el padre reconoce al niño. Hay, sin embargo, una condición, casi un pacto amoroso-político-cabrón: aquí no pasó nada. Amén. Para entonces, el macho ha ascendido hasta la cima del poder, se siente más galán que nunca, tiene varios críos desparramados que reclaman su paternidad y queda feo que el jefe sea un afamado mal padre que anda embarazando mocosas atontadas por el halo mandamás. Da igual, el jefe desenvaina y ella es ya un araña encueratriz. Ya van dos, vivitos y coleando. Dos, más uno por su cuenta, tres. Uno, dos, tres saludables y sonrientes niños. Ella aspira a viuda negra; Violeta es más pendeja que las arañas. Sus dotes entre las sábabas le abren las puertas del búnker presidencial y sus alrededores. A su paso van cayendo moscardones. Ha entendido que los hijos del jefazo le abren puertas y si no, incumple el pacto de silencio. Chantajea. El jefe la aborrece pero, no te apures, mi rey, ella tiene algo que ofrecerte.
 
No está sola. Tiene un padre y un tío policías. El padre para despistar y el tío como jefe de su propia banda de rock. Google es genial. La futura viuda negra es una rubia platinada a quien algunos empresarios, chinos y cochinos, ubicaron como ama de llaves del paraíso.  ¿Quieres audiencia con el ministro? Primero voy yo y plancho el camino. Antes, 70 mil verdes o nada. Ok. El ministro dice que sí. Ahora es un par millones o nada. Ok.
 
Finalmente va el tío y negociamos el contrato por el bien del partido, y del jefe. Violeta salta de alegría, es la preferida, acumula millones y comparte. Quiere más. Se ha siliconeado entera, viste, calza y monta millones. Sale en los periódicos y ¡zaz! le cae la maldición. La banda de rock está en peligro de ser descubierta, y junto con ella todo: los hijos, el jefe, los chinos, los millones, los bienes y el amante amazónico, íntimo del jefe. No te preocupes, mi reina, todo va salir bien. Los hijos desaparecen de la lista del colegio, de las invitaciones bautismales, de los ojos de los vecinos, sino te cae la renta y todos los sapos del infierno, carajo. Nunca los viste. Los viejos abogados, miembros de la banda, disimulan, luego fugan acomodándose la corbata. El tercer abogado, ese que usaron para el show, ingenuo, cae en la trampa. ¡Ups! En el pataleo, la reina desconfiada sacrificó a la tía. Ni modo. El tío policía está intacto. WhatsApp: Todo Ok, mi reina. ¿Viste que tenías que aguantar? Esperá un ratito, ya va a pasar.
 
Cecilia Lanza es periodista.

Página Siete da la bienvenida a la periodista Cecilia Lanza, quien publicará quincenalmente su columna en este espacio.
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