Para el relicario de las injusticias

lunes, 29 de mayo de 2017 · 12:00:00 a.m.
El excanciller alemán Willy Brandt señalaba que "permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que siguen”. Sabia afirmación que a lo largo de la historia de la humanidad ha encontrado conspicuos ejemplos en los que al ejecutarse una injusticia se abrió una Caja de Pandora, de la cual -como en el mito griego- salieron otros terribles males que laceraron la dignidad humana. Estos oscuros pasajes, aunque  externamente revestidos de derecho y proferidos por la boca de autoridades judiciales, no son sino una instrumentalización de las normas jurídicas en favor de aparatos de odio, prejuicio y venganza. 
 
En las galerías de las monstruosidades jurídicas podemos apreciar el juicio realizado contra el papa  Formoso, quien fue Sumo Pontífice de la Iglesia católica del año 891  al  896 d.C, y que tras morir fue juzgado por sus adversarios en lo que se denominó "el Concilio Cadavérico” o "Sínodo del horror”,  donde, tras exhumarlo, fue llevado en un  juicio sumarísimo, donde se dio rienda suelta al odio de sus enemigos. Así de inverosímil como suena, se le declaró culpable, se invalidó su elección como Papa y se anularon todas sus decisiones. En lo físico, se lo despojó de sus vestiduras papales, se le arrancaron los dedos con los que realizaba sus bendiciones. No satisfechos con eso, en el año 904 se dio un segundo juicio reiterando su culpabilidad, tras lo cual sus restos fueron echados al río Tíber  para que "desapareciesen de la faz de la tierra”. 
 
En tiempos más recientes tenemos el infame caso del niño afroamericano George Stinney Jr, quien  con 14 años de edad fue condenado a la silla eléctrica en Estados Unidos, en 1944, por supuestamente haber golpeado hasta la muerte a dos niñas blancas. Fue encarcelado, no tuvo abogado, su juicio duró tres horas y, sin pruebas ni testigos, su tribunal "blanco” determinó que fuera electrocutado. No obstante, 70 años después, fue declarado inocente, siendo la persona más joven del mundo en haber sido ejecutada en la silla eléctrica.
 
Finalmente, y en lo que se refiere al derecho internacional, dos casos ante la Corte Internacional de Justicia demuestran que a pesar que la justicia internacional tiende a prevalecer, la soberbia de  algunos Estados hace que éstos se sientan por encima de ella. Tales son los casos de Paraguay contra Estados Unidos,  en 1998, sobre la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, en la cual Estados Unidos no permitió el acceso del Paraguay a la defensa de su ciudadano Ángel Francisco Breard, que en el  curso de esta demanda internacional fue ejecutado. Un asunto similar es el caso LaGrand entre Alemania y Estados Unidos, en 1999, donde Alemania, amparada en la convención antes señalada, solicitó a la Corte la suspensión de la condena de Walter LaGrand, habiéndose ejecutado su sentencia durante el juicio. Casos en los que curiosamente Estados Unidos alegó que estas demandas interferían en la actividad "independiente” de sus órganos jurisdiccionales y, por lo tanto, se trataba de una intromisión en asuntos soberanos.
 
Relicario de injusticias inverosímiles e irracionales a las que  se podría agregar  la ilegal detención de los nueve servidores del Estado boliviano, quienes, durante un operativo destinado a reprimir el delito transnacional del contrabando, fueron detenidos y están siendo hoy procesados la justicia Chilena por robo, contrabando y portación ilegal de armas, delitos imposibles que pudieran ser cometidos por funcionarios públicos, en un incidente de frontera entre dos países que comparten casi un millar de kilómetros cuadrados de límite internacional. 
 
Ostensiblemente , en dicha detención y procesamiento existe discriminación fundada en razón de su nacionalidad. Se les ha otorgado trato desigual ante la ley en violación del derecho a la libertad, al debido proceso, al honor, a la dignidad y al sagrado derecho de presunción de inocencia al haber sido sentenciados pública y sumariamente por las más altas autoridades del Gobierno de Chile. 
 
Aunque esta lamentable historia termine pronto, será inevitable que ingrese al relicario de injusticias históricas. No sólo por su alta carga de aparente venganza y discriminación, sino porque pone en evidencia que cuando la fuerza se intenta imponer a la razón siempre saldrá avergonzada.   
 
Héctor Arce Zaconeta es ministro de Justicia.
19
71