Narración y pluralismo

martes, 13 de febrero de 2018 · 00:05

Todo régimen político, desde las monarquías más absolutas como fueron las dinastías chinas o los grandes imperios de la antigüedad, pasando por el nazismo y el stalinismo soviético, el capitalismo anglosajón y norteamericano, o las democracias liberales europeas, hasta los socialismos más nimios del siglo XXI, ha recurrido a las narraciones o la construcción de relatos para transmitir, adoctrinar y buscar perpetuarse en el poder.


 La cultura de manera amplia debemos entenderla como la actividad o la manera en que el ser humano es capaz de transformar su entorno natural. En este sentido, no puede existir ser humano al margen de la cultura o sin ella; pero, tampoco es posible concebir la cultura sin el ser humano. 


 En este contexto, todo ser humano, sin importar el estatus que tenga, puede ser extranjero o nacido en suelo propio de una cultura, el modo de transformar su entorno se da a través del aprendizaje, es decir, se apropia de la cultura. Y el primer núcleo en el que se fomenta esto es la familia. Pero, no hay duda, que tal aprendizaje comienza con los nombres propios así sean genéricos. 


 Las ideologías y sus promotores conocen de sobra este mecanismo, por eso los relatos de legitimación del poder, están plagados de nombres. Por tanto, no es gratuito, que los regímenes insistan tanto en que los ciudadanos vayan introyectando los nombres propios de los héroes nacionales, los lugares históricos, las gestas de emancipación, las fechas patrias, en pocas palabras, la anamnesis es importante para las ideologías.


 Ahora bien, tales nombre propios no son introducidos en la conciencia colectiva de manera genérica, sino necesariamente pasan a ser insertados en pequeñas historias, localizadas de manera precisa en un tiempo y espacio concreto, para que su valor de legitimación del relato englobante (la ideología en su conjunto).


 Algunas ideologías contemporáneas de corte populista o las teocracias del mundo árabe, para redoblar su fuerza de control y su coherencia elaboran mecanismos astutos de transmisión del relato, de tal forma que no quede espacio para la disidencia. En primer lugar siempre confrontan radicalmente el presente y el pasado, sobrecargan el estatuto del nosotros particular y deslegitimizan cualquier otro discurso que confronte el relato o narración englobante (o hinchado) que sostiene la ideología imperante. 


 Los mecanismos de transmisión recurren con frecuencia a la propaganda, y va precedido, generalmente,  de fórmulas del tipo: “He aquí la historia o es así como se los voy a contar”; “antes se hacía esto o aquello, pero ahora hacemos esto o nosotros hacemos esto, los otros hicieron tal cosa”; en este cometido, los gobiernos invierten ingentes cantidades de dinero, por encima de las inversiones en salud o educación.


 En los relatos construidos por una ideología dominante, los ciudadanos aparecen o se busca que aparezcan nombrados o por lo menos aludidos, de modo que la repetición torne en verdad inapelable los nombres propios. 


 Así, la comunidad va interiorizando los hechos del pasado para actualizarlos en la reproducción acrítica de los mismos; las élites gobernantes aseguran su permanencia y legitimación en el poder; por esta razón, la recurrencia a las historias, las fechas y los nombres, adormecen la sensibilidad social; pues, el objetivo de toda ideología es hacer de la mentira, que a fuerza de ser contada tantas veces, torne en verdadera. Otro elemento fundamental en la historia del relato englobante es que se cuentan historias de dominación, saqueo, explotación, para que la autoridad emita y aplique las normas que legitimen el origen de su autoridad.


 Por tanto, la legitimidad del  régimen y su autoridad, pasa necesariamente por la potenciación del dispositivo normativo, que asegura que el nosotros particular sea indestructible, por encima de los otros, aunque sea a costa de los derechos más elementales. Los relatos de legitimación, en último término, no admiten la pluralidad. 


 De ahí que no es posible construir un Estado Plurinacional a partir de la priorización de un solo relato hegemónico, y mucho menos cuando el héroe de ese relato tiene pretensiones de divinidad. Este es un vicio muy común en las ideologías populistas.

Iván Castro Aruzamen  es teólogo y filósofo.

Otras Noticias