Costa Rica, Nicaragua, Honduras y nosotros

Costa Rica, Nicaragua, Honduras y nosotros
Costa Rica, Nicaragua, Honduras y nosotros
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jueves, 17 de mayo de 2018 · 00:06

El ministro de Justicia, Héctor Arce, nos ha estado repitiendo hasta el cansancio para justificar la inconstitucional reelección del presidente Morales, que se cuenta con la jurisprudencia de Costa Rica y Nicaragua. El caso de Honduras sería el de un recién llegado al club de los reelectos. Distinguidos juristas, nacionales e internacionales, ya se han ocupado del  tema.

Por lo que estoy informado, en Costa Rica no se permite la reelección consecutiva, aunque sí la reelección pasados dos periodos de gobierno. Como el ministro Arce sabe más que yo,  le pediríamos que nos aclare lo que él lee en la Constitución y en las reglas electorales de Costa Rica.  Lo que sí sé es que ha habido alternancia en la presidencia; por lo tanto, ese país sigue siendo un ejemplo de democracia que  tiene mucho que mostrar al mundo, como nos lo dice el profesor Stiglitz, en un artículo reciente en el Project Syndicate (8-5-2018). A pesar de toda la simpatía por Costa Rica que destila su  artículo, hace notar un detallito con lecciones para nosotros: hay que cerrar el abultado déficit fiscal.

El crecimiento de la economía nicaragüense y la seguridad ciudadana en una zona plagada por la violencia, eran la envidia de los países vecinos hasta el mes de marzo de este año, como nos lo recuerda la revista inglesa The Economist. Intempestivamente, sin que nada lo hiciere vislumbrar, los estudiantes salieron a las calles con el grito de “Que se vayan” (el presidente Ortega y su esposa la vicepresidenta Murillo). También gritaban “Ortega, Somoza, son la misma cosa”, en alusión a la familia de dictadores Somoza. 

¿Qué provocó tanta protesta? Una reforma técnica del sistema de seguridad social que se la percibió como confiscatoria, tanto de los sueldos de los trabajadores activos como de las rentas de los jubilados. Fue la percepción más que el hecho, el factor desencadenante  fue también  la gota de agua que hizo desbordar el vaso. Se manifestaba contra la corrupción, contra la no distinción entre hacienda pública y bolsillos privados, contra la reelección indefinida, que se la había justificado con un argumento espurio. Este último punto tiene también lecciones para nosotros. 

El Gobierno respondió a los manifestantes con particular dureza. Según las organizaciones de derechos humanos, se produjeron 45 muertes (10 según el Gobierno). Ortega y su compañera Rosario Murillo han logrado controlar la situación, pero están en un equilibrio inestable. Tendrán que convivir con el malestar de la población durante muchos años, si es que duran.

En Honduras, el presidente Hernández se hizo también reelegir a la mala. Lo hizo contra su Constitución y con una interpretación sui generis de los más altos magistrados de este país, cambiados oportunamente para que tomen la decisión que le convenía al Presidente. Aún a pesar de estas maniobras, un comentarista  deportivo de televisión, novato en política,  lo puso contra las cuerdas. 

El presidente Hernández reasumió la presidencia en medio de protestas, que resultaron en varios muertos y con las observaciones nada halagüeñas de la OEA. En la primera presidencia de Hernández no le había ido mal a la economía hondureña. El descontento de la población no era por problemas económicos, sino por la manera desdeñosa, a la vez que arrogante, de tratar a la democracia y de abanicarse con la Constitución. 

Es posible que con artimañas, como las de Ortega y Hernández (para no hablar de Maduro) y ostentando el pendón del alto crecimiento del PIB, el presidente Morales se haga reelegir. Si fuera el caso, cosa que una mayoría de los bolivianos no deseamos, va a tener que convivir como Hernández y Ortega, con una desazón permanente de la población, por lo menos de la población urbana. 

La justificación de la reelección con el efímero alto crecimiento del PIB, que descansa en gigantescos déficit fiscales y en la cuenta corriente de la Balanza de Pagos, no será suficiente para convencer al país. Se tiene a la vista las amargas experiencias de Nicaragua y Honduras.

Juan Antonio Morales es  ciudadano boliviano y opinador consuetudinario.

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