Coca-Cola argentina en botella

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jueves, 14 de junio de 2018 · 00:06

Corría el año 2002 y un funcionario del BCB,  que regresaba de Potosí, me dijo que se encontraban botellas de Coca-Cola argentina en los mercados de esa ciudad. Claramente había un problema de tipo de cambio. Sin un peso argentino muy devaluado, los costos de transporte hubiesen hecho imposible que se lleve la dulce bebida en botellas hasta Potosí. Obviamente no es la Coca-Cola embotellada la que iba a definir nuestra política cambiaria, pero era sintomática de un problema.

Actualmente tenemos también un problema, y no ganamos nada con agachar la cabeza y ocultarlo. En una conferencia reciente, un jacha economista como lo llamaría Alberto Bonadona, con gran experiencia internacional como hacedor de política, reiteró varias veces la preocupación que tenía con el tipo de cambio. Se está todavía a tiempo y se tienen todavía los colchones para hacer una corrección ordenada.

No habría problema si el tipo de cambio fijo se mantuviera hasta la eternidad, pero el caso es que eso no ocurre, aunque hay que reconocer que, bajo algunas condiciones, puede tener larga vida. Pero cuando colapsa, los costos, políticos y económicos, son siempre muy altos. 

El sistema que teníamos antes, legado por el DS 21060, de minidevaluaciones con alta frecuencia, tenía méritos y defectos. Entre sus varios méritos estaba el de desmontar las expectativas de una gran devaluación. De los defectos ya se ha dicho mucho. Con todo, creo que era un mejor sistema que el del entrampamiento en el que estamos ahora. 

Dunn, citado por Bonadona, trae como argumento contra una mayor flexibilidad cambiaria, lo que está pasando en Venezuela y Argentina. Se olvidó convenientemente de mencionar que hay 29 países que tienen tipo de cambio flexible a la vez que inflación controlada (los países que siguen la política de metas de inflación). Los ejemplos más cercanos son los de Chile y Perú.

Venezuela tiene control de cambios y un sistema cambiario que ha sufrido varias modificaciones en los últimos 10 años. No tiene un tipo de cambio flexible, a no ser que se considere a su tipo de cambio negro como representativo. Ni Mandrake entiende la política cambiaria venezolana y sus vericuetos. 

La Argentina es otra cosa. Creo que las medidas de Macri estaban (y están) bien encaminadas. Entonces dirán algunos, ¿por qué la crisis cambiaria? Con mi experiencia de economista bolita, creo que hubo un manejo inadecuado de las expectativas, que entre otras cosas hizo dudar de la independencia del Banco Central. Más de fondo, se subestimó la enorme volubilidad de los mercados financieros. La exitosa colocación que el Gobierno argentino hiciere de bonos a 100 años plazo en  2017 hizo entrar en complacencia. 

Los mercados financieros entran alternadamente en “exuberancias irracionales” o en pánicos, que no los justifican los datos fundamentales de la economía. Ya le pasó esto a la Argentina a principios de este siglo. 

Un shock exógeno, a saber, la subida de las tasas de interés en los Estados Unidos, seguida de una apreciación del dólar, ha sido la causa inmediata de la crisis. Cuando las tasas de interés americanas estaban muy bajas los inversionistas, desesperados por rendimiento para sus platas, comenzaron a invertir en los países emergentes. Al mejorar los rendimientos en los Estados Unidos las sacaron. Le ha pasado a la Argentina, a Turquía y Sudáfrica. El Brasil está también en la mira. A lo anterior se sumaron las dudas de si la situación fiscal de la Argentina era sostenible, porque bajar el déficit, en un país con una tradición y cultura peronista de 70 años, no es nada fácil políticamente.

Un tratamiento técnicamente muy sólido de la situación argentina nos lo da el artículo del jacha economista chileno Andrés Velasco en Project Syndicate (28-05-2018).  Conociendo la competencia y la tenacidad de las actuales autoridades argentinas, no me cabe duda de que van a sortear las dificultades. Los bolivianos tenemos que seguir de cerca lo que pasa al sur de Villazón y sacar las lecciones que correspondan.

 

Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y expresidente del Banco Central de Bolivia.

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