2018 sin ganas

domingo, 31 de diciembre de 2017 · 00:06

El año que termina hoy es el año en que comienza el gobierno inconstitucional de Evo Morales, aunque hasta enero de 2020 él tendrá todavía derecho de ser presidente, porque ha sido elegido por el pueblo. Si él sigue en el poder después de la fecha en que debería dejarlo, simplemente se habrá convertido en un gobernante inconstitucional. Muchos y con razón lo llamarán dictador.

Y todo indica que Evo se quedará en el poder después del 22 de enero de 2020, es posible que gane unas elecciones en las que constitucionalmente no tiene derecho de participar, y si no gana, encontrará la vuelta para quedarse en su espantoso palacio. 

Evo Morales ha demostrado, no sólo durante este año, aunque con más contundencia en este período, que no tiene el menor problema en desdecirse. Un día puede decir que tuvo un hijo, otro que nunca lo tuvo, y que eso fue un invento de la oposición, aunque fue a una oficina de Registro Civil a inscribirlo. Otro día puede decir que acepta los resultados de un referendo que él convocó y que ya afectaba el espíritu mismo de la Constitución que él mismo promulgó, y, al día siguiente, está dispuesto a negar esos resultados.

Evo Morales es, desde sus inicios como sindicalista y político, el campeón del fingimiento. Y es que aunque no estuvo sólo en eso, eso de contar que coca no es cocaína, cuando la coca que se produce específicamente en su región, por las federaciones que él preside, va a producir esa droga, es una teatralización de dimensiones mayores.

Para fingir, para decir una cosa por otra, se necesita una enorme dósis de cinismo y eso no les falta, ni al Presidente  ni a quienes lo rodean. A principios de este año, cuando faltaba agua en la ciudad de La Paz, el entonces ministro de la Presidencia dijo que el Dakar era una acto descolonizador (cuanto desprecio por la audiencia se necesita para decir semejante disparate). Pero, a fin de cuentas, se trataba sólo de un deporte depredador y de la inversión de  no “sólo” cuatro millones de dólares, en un espectáculo que gusta a lo más burdo de los distintos segmentos sociales del país.

En noviembre, con el fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional, el cinismo fue mayor. Ya no se defendía un  capricho deportivo costoso, sino una acción que hace a la vida misma del país. Utilizar como argumento el convenio firmado en San José de Costa Rica sobre los derechos humanos para descuartizar la Constitución, y encima decir que se está respetando los resultados del referendo de 2016, nos lleva a la conclusión de que los del Gobierno han superado ya los límites de la lógica y de la decencia.

Como mi amigo Fernando Molina dijo en su, posiblemente, mejor libro:  la gente del MAS son conversos sin fe, se volvieron democráticos por conveniencia, pero en realidad su vocación es el poder, puro y duro, que, dicho sea de paso, es la fuente de (casi) toda corrupción.

Mañana despertaré sin ganas de despertar. Se inicia un nuevo año y no veo ninguna perspectiva amable para mi país. No le echo la culpa a la oposición, como está de moda, porque creo que uno de los primeros pasos que hace un proyecto de tintes dictatoriales es anular a la oposición. Pero mi pesimismo va mucho más allá: creo que muchos bolivianos siguen sino fascinados con el régimen, por lo menos no lo encuentran delictivo, no creen que la eternización de una persona y su entorno en el poder es algo pernicioso.

El 2018 será, como se decía hace mucho en otras geografías, un año promedio, peor que el 2017 y mejor que el 2019.  Y es que ¿se imagina usted, estimado lector, con qué ánimo irá la gente de bien a votar en las elecciones del 2019? ¿Se puede ir a votar en unas elecciones ilegítimas? ¿Si no se lo hace no será aún peor? ¿Y nuestra alma dónde queda?

No, no tengo ganas de despertar mañana.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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