La curva recta

Objeción de conciencia

domingo, 16 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
No quepa la menor duda de que la penalización del aborto ha devenido en un problema de salud pública. Que anualmente 500 mujeres mueran por mala praxis en procedimientos ilegales y clandestinos es, no una hecatombe, como diría la Presidente de los Senadores, pero un hecho serio y desgarrador que debe ser atendido ya. Que las mujeres que en su mayoría abortan sean católicas, como lo es el pueblo boliviano, demuestra que su esquema religioso tambalea ante situaciones extremas, aseveración que parece intrascendente, pero que tiene una cierta importancia a la hora de darle su justo espacio a los valores religiosos.  
 
No es este el espacio para discutir la catadura moral de quien aborta, lo cierto es que muchísimas mujeres lo hacen y más cierto aún es que las más pobres, y las más vulnerables mueren en el proceso. De ahí que una solución no deseada aún para creyentes pueda terminar siendo aceptada. Los futuros niños abortados ya están condenados, eso lo decidieron sus madres.
 
Tampoco es este el espacio para discutir esa ecuación, pero cabe recalcar que esos futuros potenciales seres humanos ya estaban condenados de todos modos. Por lo demás, el conflicto para los católicos serios y honestos no debería serlo, simplemente no se aborta.
 
Las leyes no deben ser pensadas sólo en las mayorías, sino en las minorías, ante todo en las minorías vulnerables. 
 
En los últimos días el Colegio Médico de Bolivia ha salido con un argumento que es muy válido pero que no puede ser esgrimido por un colegio: la objeción de conciencia es individual, no corporativa, y por eso un argumento digno y válido terminó convirtiéndose en una estrategia ultramontana.
 
Sin embargo, la objeción de conciencia debe ser tomada en serio y respetada por el Estado Plurinacional. Eso sí a nivel individual.
 
La Presidenta del Senado, muy suelta de cuerpo, ha lanzado una perlita discriminatoria: quien tiene objeción de conciencia, entre otros, los médicos católicos practicantes, no tienen espacio en el sistema de salud público y tienen que buscar trabajo en el sector privado. En otras palabras se estaría despidiendo a un grupo de médicos y enfermeras por razones religiosas o de conciencia. 
 
Un médico, religioso o no, puede tener el concepto de que un embrión o un feto es un ser humano y que su misión es cuidar de su vida; muchas personas que piensan que eso no es así y exigen respeto por su visión de vida. Lo mínimo que debe hacer antes de ir a una discusión científica es respetar ambos puntos de vista, y respetar el espacio laboral de alguien que tenga objeción de conciencia.
 
El problema no es insoluble siempre que no se caiga en posiciones cerradas. En centros médicos donde hay un solo ginecólogo, éste tal vez  debería ser un objetor de conciencia; en centros más grandes, debería haber por lo menos una profesional a quien esto no le cuestione sus principios.
 
Para muchas personas,  incluyendo quien escribe esta columna, el aborto es una aberración, salvo en los casos ya legalmente establecidos, malformación extrema del feto, peligro de la vida de la madre , violación, incesto y embarazo muy prematuro; pero es también aberrante que 500 mujeres vulnerables y pobres, y a veces casi niñas, mueran cada año en nuestro país. 
 
Una ley que legalice el aborto salvará a la mayoría de esas mujeres. Dejar las cosas como están, las condena y no salva a las potenciales futuras personas que de todas maneras serán abortadas.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
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