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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

Las pilchas del proceso de cambio

Las pilchas del proceso de cambio
 La semana pasada se ha armado un pequeño revuelo con  relación a una especie de reglamento que el Tribunal Constitucional del Estado Plurinacional dispuso para imponer ciertos parámetros a la forma en que debían trajearse sus funcionarios para ir a trabajar.
 
El tema saltó, como está sucediendo con casi todo en estos tiempos, a las redes sociales y ahí se vertieron las más diversas opiniones, desde los defensores del buen vestir -tanto del oficialismo como de la oposición- hasta de los adalides de la libertad en todos los sentidos. El asunto estuvo siempre entre la chacota porque, evidentemente, es un tema que en general no se puede tomar en serio. Si algunos le daban un sentido grave, principalmente por el carácter misógino que podía tener la prohibición de llevar vestidos cortos o prendas transparentes, seamos justos, no había prohibición por género. Tampoco los hombres estaban autorizados a ir con vestidos muy sobre la rodilla o con prendas traslúcidas.  
 
Ya a media semana se supo que el tal reglamento había sido anulado y eso fue una sorpresa agradable. Debemos recordar que los masistas son absolutamente reacios a reconocer errores o a enmendarlos, pasa más en el poder Ejecutivo y en el Legislativo, pero nada nos dice que pudiera haber una gran diferencia en el Judicial.
 
¿Era este evento algo importante? Depende del cristal con que se miren las cosas. Por supuesto que hay temas más trascendentales, la administración de justicia no tiene nada que ver con cómo se visten los funcionarios de sus reparticiones, pero, por el otro lado, no hacer caso a los pequeños detalles puede llevar a situaciones muy adversas para el cotidiano, sobre todo si éstos van contra la ley. De ahí que dedicar una columna a esa curiosa intención de poner orden en el Tribunal Constitucional es también absolutamente válido.
 
Vayamos por partes, como se ve en algunas películas anglosajonas, un juez con toga y con peluca puede inspirar más respeto. De hecho, la ritualidad y los mismos salones donde se instalan los juzgados en otros países son, sin lugar a dudas, parte no sólo de una puesta en escena –reitero- sino que dan altura y respetabilidad al hecho jurídico.
 
¿Es eso lo más importante? Por supuesto que no, es en realidad lo menos importante y eso lo hemos sabido desde siempre. Para eso no hubiéramos precisado ni siquiera de un proceso de cambio, ni de un Evo, encantador por cierto, en su chompita de acrílico yendo a visitar a los reyes católicos (qué lejos están esos tiempos, por cierto).   Lo más importante es el anhelado proceso justo, imparcial, gratuito y oportuno. En nuestra pobre Bolivia, los detalles estéticos deberían estar nomás relegados, no a un segundo, sino a un último plano. 
 
La normativa que fue distribuida a los funcionarios del tribunal de marras era absurda por donde se la viera, no sólo por el retrogusto sexista, sino porque enumeraba una serie de prendas demasiado genéricas. ¿Qué es una bota larga, por ejemplo? Se estrellaba contra pantalones estampados, cuando prendas de este tipo pueden ser lo más fino, lo más discreto y hasta lo más burocráticamente aburrido del mundo. El asunto de las sandalias, en una ciudad donde el gobernador del departamento va a su oficina calzando ojotas, no deja de ser una enorme contradicción más.
 
Esta normativa iba contra los tiempos, precisamente contra este cacareado "proceso de cambio” que estamos viviendo y que ha tenido una carga simbólica de rompimientos muy importante. Tener un presidente que como tal nunca usó corbata o un canciller que casi no se sacaba la chamarra de cuero, aún en los momentos más representativos, lleva a toda la ciudadanía a emanciparse de los cánones de vestimenta tradicionales, que no dejan de ser arbitrarios y eso está bien. 
 
Interesante fue que se trató de un lío masista. Masistas son las autoridades del Tribunal y masistas son los funcionarios, y demostraron tener una urdimbre mucho más conservadora de la que uno se pudiera imaginar.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
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