La Paz, Bolivia

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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

Amargo TIPNIS

Amargo TIPNIS
Hace una semana, el presidente Evo Morales ha firmado la sentencia de muerte del Parque Isiboro Sécure. Los masistas han celebrado y los ambientalistas se han rasgado las vestiduras; los opositores han aprovechado la ocasión para poner en evidencia la impostura que caracteriza al régimen. La noticia es triste, porque el daño que causará la carretera, que pronto cruzará el hasta ahora parque nacional, es posible que tenga costos enormes a largo plazo; eso es lo que dicen quienes han dedicado parte de sus vidas al estudio del medioambiente.
 
La medida es altamente impopular para el gobierno de Evo en el exterior, sobre todo porque un porcentaje no despreciable de quienes lo admiran desde la distancia, son personas que tienen sus amores en combo, precisamente con el respeto a la naturaleza. Evo ha tratado de mostrarse como el campeón de la Madre Tierra y ha lanzado encendidos discursos al respecto en foros importantes, empezando por la Asamblea General de Naciones Unidas (la penosa postura de la representación de esa institución al respecto es otro tema que merece columna aparte). 
 
Pues bien, este episodio, que comenzó en 2010 y que en el primer round no sólo terminó con las pretensiones del gobierno central y significó un enorme desportillazo para su imagen, ahora se presenta con una virulencia mayor. Gracias a las acciones del Gobierno sabemos ahora, aquí y acullá, que el discurso ambientalista del Gobierno era una gran falacia, una pose, una impostura, una actitud deshonesta. 
 
Evo, con esta maniobra, ha puesto en evidencia algo más y es su carácter autoritario.  Es difícil imaginar que haya detrás de la construcción de la carretera de marras un interés económico que corroa las decisiones del compañero Presidente; es difícil imaginar un lobby que esté buscando la explotación de riquezas ocultas en la zona; inclusive la sospecha de que sea la coca no se sostiene. Más allá de que ahora hay 7.000 hectáreas legales en el Chapare, aunque se plantaran 10.000, no hablaríamos de más de 100 kilómetros cuadrados que son utilizados en ese cultivo, de un total de casi 12.500 que tiene esa provincia.  Por lo demás, parecería más lógico hacer plantaciones ilegales y fábricas de cocaína donde no hay carreteras, y donde las opciones de control son menores.
 
No, la construcción de la carretera más allá de haber sido una promesa electoral a la clientela chapareña, no parece tener un real sentido ni siquiera económico (salvo que hoy en día la tierra tiene un valor que no lo tuvo nunca antes, aunque no sea muy alto y el vulgar "loteamiento” no suburbano, sino meramente rural, sea el fin último de esta acción).
 
Si Evo está cumpliendo con esa promesa, no sólo a su electorado, sino a los miembros de las federaciones de sindicatos que él preside en su calidad de secretario general, está incumpliendo con el Estado boliviano en su calidad de presidente.
 
No deja de ser curioso el que uno de los argumentos que se ha escuchado estos días para justificar el accionar de Evo, nada menos que desde el Ministerio de la Presidencia, del señor Martínez, es que esta carretera hubiera sido propuesta durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (más allá de que el decreto en cuestión mencionaba explícitamente la existencia del parque y ponía como condición un estudio de impacto ambiental). Evo aparece como un continuador de las políticas de carreteras del neoliberalismo. Interesante.
 
Como el diablo no sabe para quién trabaja, es posible que la del domingo pasado en Trinidad sea para el régimen una victoria pírrica, es posible que lo que ellos pierdan con esto sea tan grande que termine expulsándolos del poder.
      
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
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