La curva recta

La casita de la esquina

domingo, 11 de febrero de 2018 · 01:06

Juan Cristóbal Mac Lean, cochabambino universal que ha vivido varios años en La Paz, ligado a importantes proyectos periodísticos, ha estado de visita por la sede de Gobierno la semana pasada y ha plasmado en su Facebook la pésima impresión que le ha causado la dejadez que muestra la plaza Murillo, en la esquina de arriba del Palacio Legislativo. 


Los paceños estamos escaldados con nuestra plaza principal. En primer lugar, debido a la aberración cometida por Evo y los suyos con la construcción de su espantosa torre, también con la decoración navideña de la casita de Evo, de fines del año pasado, que en el camino se transformó en una llamada casita de los deseos, y last but not least, con el ridículo reloj que marcha con sus agujas al revés. Esa es tal vez la excusa que podemos tener de habernos desentendido de una situación que no sólo debería preocupar a las autoridades ediles, sino a todos los habitantes de la ciudad.


El que una casa patrimonial llegase a estar en tan mal estado al extremo de derrumbarse es no sólo una muestra de la desidia de sus propietarios (o de cosas peores),  también  es una muestra de la falta de interés de las autoridades del municipio, que no han logrado, en todo este tiempo, crear un sistema legal que prevenga estos extremos. 


Esto pone en evidencia, sin embargo, que la preocupación por el bagaje arquitectónico de La Paz no es una prioridad entre los electores paceños, porque de lo contrario, siquiera por interés de acumular votos, o por no perderlos, las distintas tiendas políticas se ocuparían del tema. Somos una población indolente con su patrimonio arquitectónico y con la estética urbanística.


 Tener la fachada de un edificio totalmente derruida en la plaza principal de un país es algo extraordinario, algo que sólo se puede permitir una “ciudad maravillosa” de pacotilla o una capital iberoamericana de la cultura, cuando se entiende por “cultura” un evento como el Dakar. 


No creo que haya en un país en el mundo que no esté en guerra, en el cual se pueda ver una situación de esa naturaleza, ser especiales,  es más, únicos,  por ese tipo de características, no es ningún tipo de honor.


Ahora bien, estando a casi un año del derrumbe de esa fachada, que durante años había estado al borde de caer, aparte de las vergüenzas y culpas que se tienen que repartir, tal vez sería la hora de hacer sugerencias antes que seguir lamentándose.


 Pienso en las siguientes soluciones que se podrían dar a esa vergüenza urbana:  que se presione a los propietarios para que hagan la restauración pertinente o, en su defecto, que vendan la propiedad a quien esté dispuesto a hacerlo, eso mediante presión edil, por supuesto; o que la casa sea expropiada por el municipio en forma expedita. Esto se puede hacer a través de mecanismos que se pueden crear con normas excepcionales y, claro, que se inicie lo antes posible su reconstrucción.  


Antes de llegar a ese extremo, pero sin perder el tiempo, se podría buscar entre los vecinos pudientes y amantes de la ciudad a alguien que esté dispuesto a comprometerse en una iniciativa de compra y restauración-reconstrucción de ese predio. Pienso en los bancos, en alguna gran industria como Soboce, o quién sabe en su antiguo dueño, tal vez.


 Lo cierto es que tener a la plaza Murillo en el estado en el que está es como estar khasa ventana; vale decir, sin un diente frontal. Y cuidar de eso también es parte de las funciones de nuestro Alcalde y del Concejo Municipal. Ellos actuaron de una manera muy pasiva durante la construcción del palacio de Evo, pero sabemos que esa era una batalla perdida debido a la soberbia, la testarudez y la falta de respecto a las leyes del actual Presidente, pero ahora podrían hacer algo.


  Si se quedan inermes demostrarán que realmente no están a la altura de la ciudad, que en realidad también ellos son culpables de las aberraciones cometidas por el Gobierno central.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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