Prepotencia

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domingo, 22 de abril de 2018 · 00:05

Golpear a un empleado es simplemente una acción inaceptable en una sociedad mínimamente civilizada  y la suerte del director técnico de la Selección boliviana de fútbol está seguramente echada, el individuo tiene que renunciar o, en su defecto, ser echado con ignominia. El suyo es un caso de prepotencia extrema, con el condimento adicional de una falta de ética tal que lo llevó a ir, posteriormente, a la Policía para denunciar un dudoso robo de llaves.

Esta semana hemos sabido en el país de una situación en la que el abuso de poder y la prepotencia han cobrado una víctima fatal, me refiero al suicidio del joven que se estaba preparando en la Escuela de Sargentos de Tarata, que por lo visto no pudo aguantar el maltrato, las palizas y las humillaciones de sus compañeros, que  de acuerdo  a la perversa tradición militaroide  son sus superiores por ser más antiguos.

Aunque no quiero suponer que las formas y la ética del -a estas alturas espero ex director técnico de la Selección boliviana- vengan de una escuela de sargentos, creo que la matriz de un comportamiento tan poco civilizado y tan cobarde, como es maltratar físicamente a un subalterno, es la misma.

Los feministas pueden decir, con una cierta razón, que se trata de un típico rasgo de las sociedades machistas; los humanistas pensamos que éstos son rasgos de trogloditismo, de primitivismo  que perviven aún en las sociedades más sofisticadas y que tienen que ver con la falta de respeto al otro, al prójimo, dirían los cristianos, y, de alguna manera, a uno mismo. No es de caballeros o de bonhomía comportarse así.

Más allá de los matices, lo que aquí se refleja son actitudes groseras de abuso de poder, del poder del empleador que cree que puede prescindir del respeto que se merece cualquier persona; o del pequeño poder conferido por un pinche estudiante, que se siente con derecho de maltratar a su compañero porque es más fuerte o porque es más “antiguo”.

El Servicio Militar Obligatorio que, dicho sea de paso, tiene mucho que ver en su cotidiano con los sargentos en los regimientos, es, sin lugar a dudas, una de las escuelas de maltrato a la que los bolivianos sometemos a buena parte de nuestros ciudadanos. Siempre he creído que es también una de las fuentes de la violencia contra las mujeres. En términos culinarios, podríamos decir que una escuela de sargentos es la “masa madre”  de lo que una buena parte de los bolivianos están hechos. Es por eso que los eventos acaecidos en Tarata deberían llevarnos a una profunda reflexión y, por supuesto, a actuar al respecto.

Bolivia tiene serios problemas de violencia intrafamiliar, de violencia contra las mujeres, específicamente, y es muy posible que el bullying escolar sea también muy alto. Por el otro lado, somos un país de gente amable, de gente que se ayuda, de gente que muestra enormes rasgos de solidaridad. No se trata de rasgos contradictorios, sino de simple humanidad y de la potencialidad que tenemos para cambiar las cosas si las tomamos en serio.

Bolivia tiene que auscultar e investigar en los espacios donde ese comportamiento tosco y abusivo se reproduce, y debe hacer esfuerzos para lograr los cambios de mentalidad requeridos. La transformación del Servicio Militar Obligatorio en uno de servicio social es algo que deberá encararse tarde o temprano y que implicaría una verdadera revolución, y un gran cambio positivo en las vidas de las gentes.

Bolivia gasta muchísimo dinero en un servicio militar que tal vez sólo trae secuelas negativas a la sociedad y gasta una enorme cantidad de dinero en una propaganda estatal o, peor, haciendo proselitismo para el detentor del poder de turno: podría utilizar esos montos para crear una verdadera política de difusión de valores de respeto al otro.

Mientras tanto, la tolerancia a los abusos de poder debe ser totalmente combatida, el maltrato físico debe  ser contundentemente condenado, los actores del bullying de la Escuela de Sargentos deben ser castigados, posiblemente también con la expulsión, y el DT de marras no puede, bajo ninguna circunstancia, conservar su privilegiada y expuesta posición.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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