La curva recta

Nuestro Palacio

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domingo, 20 de mayo de 2018 · 00:03

Tengo una especial simpatía por el Palacio de Gobierno de La Paz, el llamado Palacio Quemado. El principal motivo es su tamaño. Creo poder decir, sin riesgo de equivocarme, que se trata del palacio de gobierno más pequeño de las Américas y posiblemente del mundo, a excepción de San Marino, y ese no es un detalle menor.  

Los palacios de gobierno fueron casi siempre concebidos para consolidar la imagen de poder del gobernante de turno, pasaba lo mismo con los palacios reales. El hecho de que la Bolivia de mediados del siglo XIX, de una manera realista, sin pretensiones ni aspiraciones absurdas, construyera un modestísimo palacio, hasta puede abuenarnos con nuestros ancestros.

 Me gusta el Palacio de Gobierno porque tiene una arquitectura sobria, aunque no simple. Su manejo de los cánones del neoclasicismo francés, con la sucesión de las tres variantes griegas en su decoración, le dan una elegancia discreta. 

 Me gusta un detalle que posiblemente no fue inicialmente planificado de esa manera, que se dio casi de forma natural, pero que desde mi punto de vista le da un toque democrático muy especial: para ingresar al centro del poder no se necesita subir ni una grada completa. En efecto, el desnivel entre la acera y el piso del zaguán del ingreso principal que da a la plaza no es superior a los 10 centímetros, como queriendo decir que está a la altura del ciudadano, del hombre de la calle.

 El Palacio de Gobierno de La Paz, construido en una época en que la república estaba tratando de consolidarse, habiendo logrado la separación definitiva del Perú, pero teniendo todavía un gobierno que no dejaba de ser itinerante, es un hermoso edificio que no merece ser denigrado por nadie, menos por un alto funcionario del Estado.  Y, por supuesto, no puede ser llamado ni racista, ni excluyente, ni colonial (este último adjetivo no va para nada, precisamente porque se trata de un edificio que fue construido zafándose de los cánones estéticos de la época virreinal).
El centro histórico de La Paz es, ante todo, una amalgama de edificios del periodo virreinal y de la segunda mitad del siglo XIX, y el primer tercio del siglo XX, siendo esta última época un periodo en que evidentemente las clases altas bolivianas se aislaron del mundo andino y trataron de darse un barniz cosmopolita, que negaba lo vernacular, algo que no había sucedido en los siglos anteriores. Este cambio tenía posiblemente más que ver con las facilidades tecnológicas de transportes, trenes y vapores, que con una variante ideológica.

El edificio que se ha mandado el presidente Evo, que dicho sea de paso no deja de ser un tributo a la estética norteamericana de los rascacielos, es un despropósito debido a un sinnúmero de motivos. Bolivia sigue siendo un país muy pobre y con demasiadas deficiencias en infraestructura fundamental como para construir un espacio de lujo para la burocracia central.

  El edificio no es particularmente feo, aunque no es bello, pero simplemente rompe con la estética y las proporciones arquitectónicas del lugar histórico donde ha sido construido. Para colmo, es una edificación que va contra de las normas de conservación que se habían dictado para el casco viejo de la ciudad. Hay un detalle que además debe ser aclarado, es la legalidad de la concesión de la obra: ¿existieron licitaciones para diseñar, construir, y amoblar el mamotreto?

 Para poder llamar “casa del pueblo” a ese rascacielos tercermundista, ¿no debió siquiera haber primado un  mínimo gesto de consulta a los ciudadanos, en general, y a los paceños, en particular? El Palacio de Evo es un monumento a la prepotencia y a la sinrazón. Aunque quiera hacerse pasar por una necesidad, es una cicatriz que afea el casco viejo de la ciudad, algo que es repetido por propios y extraños, y que sólo es negado por tristes funcionarios obsecuentes, que aunque se les da estiércol untado en un pedazo de pan, repiten a los cuatro vientos que se trata de una deliciosa Nutella.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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