El anciano, la monja, el fiscal y el juez

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domingo, 27 de mayo de 2018 · 00:07

Los ancianos merecen consideración y deben ser tratados con respeto, dignidad  y cariño, de eso no quepa la menor duda. La semana pasada  se pudo ver en las redes, gracias a una (in) oportuna filmación, a una religiosa que atiende a los ancianos que viven en el hogar San Ramón dar una palmada a uno de los abuelitos, que parece ser se había encaprichado en no tomar su medicamento.

La escena indignó en sobremanera a muchos, pero más allá de los aspavientos, estoy seguro de  que es un material que podía servir muy bien para llamar la atención sobre lo que eventualmente sucede en ese tipo de instituciones. Vale decir sobre  sus luces y sus sombras. Me hubiera imaginado que una reprimenda a la religiosa en cuestión y tal vez una revisión del estado de ánimo de esta deberían haber tenido lugar. A priori uno puede suponer que tal vez la monja hubiera acumulado cansancio y estuviera fatigada, y nerviosa y que realmente estaba necesitando unas vacaciones.  Y es que atender a ancianos que a veces han desarrollado manías, caprichos y actitudes eventualmente agresivas, no debe ser cosa fácil.

Si cuidar a algunos ancianos requiere de muchísima paciencia y es comprensible   que quien lo hace pueda llegar a perderla, ¿justifica eso el lapo que la monja le propinó al viejito de marras? Posiblemente no, pero la intervención policial y el posterior desenlace judicial con la detención preventiva en la cárcel de Obrajes de la mujer de hábito es (más que) un despropósito fenomenal.

Ahora bien, lo interesante de este episodio es que ilustra de forma casi caricaturesca el mayor de los males que nos aquejan como sociedad. Me refiero al hecho de tener una fiscalía y unos jueces tan esperpénticos, tan ridículos, y por ende tan peligrosos, que son capaces de armar una causa de violencia intrafamiliar, donde no hay familia, y de mandar en prisión preventiva a quien bajo ningún punto de vista tendría el menor riesgo de fuga o de obstruir la justicia, en un caso que, ya con los paños fríos de la sensatez, bajo ningún punto de vista amerita ser manejado por la justicia.

Toca preguntarse: ¿qué llevó a la Policía a actuar de la manera en que lo hizo? Y, peor aún, ¿qué es lo que llevó al fiscal y al juez a seguir ese camino? La respuesta puede ser estremecedora, porque no podemos dejar de sospechar, ya sea de una pésima formación académica, o de una pésima calidad moral, o de una combinación de ambas características, y en manos de ese tipo de gente estamos todos.

Una sociedad puede tolerar a una monja impaciente en un hogar de ancianos, aunque ideal sería  que todo fuera cariño, lo que no puede tolerar es un sistema judicial tan penoso.  Este caso hasta puede convertirse en algo anecdótico, aún para la afectada, que podrá ver en esto una prueba que le impone la providencia, pero ¿y qué de los tal vez miles de casos que son manejados de la misma manera en el día a día en fiscalías y juzgados?

Vuelvo al caso que ha ocupado reiteradamente a mi columna en los últimos meses, la atroz injusticia a la que ha sido sometido el doctor Jhery Fernández, acusado y condenado por un delito que no sólo no cometió, sino que no tuvo lugar.

Tengo la esperanza de que con lo sucedido a la monjita, la Iglesia tome cartas en el asunto y de forma más militante, si se quiere, se ocupe de las víctimas de fiscales y jueces de nuestro país. Tal vez, a pesar del laiquismo declarado a cuatro vientos, tenga más poder y éxito que la prensa, y las redes sociales sensatas. Quién sabe,  los caminos del Señor son inescrutables.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.

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