Economía de papel

EPSAS

sábado, 19 de noviembre de 2016 · 00:00
Hace un largo tiempo leí un texto, cuyo título ni autor recuerdo, que relataba cómo en estas alturas andinas sufrían de prolongadas sequías que hacían a los pobladores clamar por lluvia. No todos lo hacían de la misma forma, sino que  escogían a niños de ambos sexos, y se los conducía a alguna alta montaña, en jornadas que podían ser muy prolongadas. Los niños iban acompañados de sus progenitores y de alguien más que hacía de sacerdote o intermediario entre los mortales y las divinidades. Este personaje procedía a azotar a los niños para que lloraran con el mayor sentimiento que el dolor de los azotes les inducía. Se esperaba que  los gemidos abrieran los oídos y suavicen el corazón de las divinidades. Éstas  conmovidas por el sufrimiento de los niños se apiadarían de los seres humanos que necesitaban la lluvia.

 En esta época ya nadie haría semejante sacrificio. Dan ganas, no obstante, de hacerlo con las autoridades que no previeron la seria escasez de agua que sufre La Paz. Y no se trata únicamente de las autoridades que se echaron de sus puestos, sino de muchas que pasaron no sólo por puestos ejecutivos de EPSAS, sino también del Ministerio de Aguas. Se trata de ocultar grandes errores con la expulsión de personal directivo. El Presidente del Estado pide perdón y, supongo,  cree que esto es suficiente.

  Se hacen grandes revelaciones de jugosos sueldos y hasta se habla de malversaciones y desviaciones turbias de recursos. Estas revelaciones se han vuelto pan de cada día en las instituciones estatales que, parece, se turnan para mostrar lo que en su interior ocurre. Mientras tanto, la población observa la danza de los millones sin recibir una solución efectiva, en este caso para satisfacer una necesidad básica: contar con agua potable.

  A mí no me preocupan los elevados sueldos de los trabajadores de EPSAS, que en distintas ocasiones he visto trabajar en duras condiciones. En una oportunidad trabajaron cerca de la puerta de mi casa desde las siete de la noche hasta las tres de la madrugada. Perturbaron mi sueño con sus bombas de agua y los golpes de sus combos, picos y palas. Y aunque dejaron el hueco que hicieron sin empedrar, solucionaron el problema de la filtración y al día siguiente pude ducharme. En otras situaciones los he visto trabajar sin descanso en horas similares, en medio de la lluvia y el barro sin inmutarse y, al final, repusieron el servicio. Que estos trabajadores ganen 16, 20 o 30 mil bolivianos, insisto, me tiene sin cuidado.

 Los sueldos de los ejecutivos ya es otra cosa, y no se puede premiar su desidia. Tanto en EPSAS, como en toda empresa estatal, las retribuciones deben ser medidas por los resultados y la productividad que alcancen. Su negligencia los llevó a no invertir en lo que deben invertir.
 
Autoridades  que se olvidan que el cambio llegó a Bolivia desde que se dio la Guerra del Agua deberían reflexionar que dirigen un sector de alta sensibilidad social. 

 Se habla ahora de la falta de infraestructura, de represas que debieron ampliarse y de tubería que debe ser reemplazada.  Y así es. Aunque una rebaja de los sueldos de los negligentes no es suficiente para cubrir esas inversiones, éstos deben racionalizarse. Un problema álgido que exige una pronta  solución. No se puede olvidar que  puede traer una o más guerras del agua. 

Alberto Bonadona Cossío es economista.
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