Economía de papel

Un adiós a mi querido amigo Erik Rojas

Un adiós a mi querido amigo Erik Rojas
Un adiós a mi querido amigo Erik Rojas
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sábado, 04 de noviembre de 2017 · 00:00
No te recuerdo impaciente mi querido amigo y ahora siento que te has ido impacientemente pronto. Siempre fuiste tranquilo, menos en las discusiones políticas en las que ponías pasión y hasta tozudez. Hablabas de la muerte sin temor; más de una vez te jugaste la vida por tus ideales.  Frente a la muerte, en tu convalecencia, mostraste seguridad de vencerla, gran esperanza en tu atribulado espíritu porque tenías muchas cosas por hacer. Dejas muchas cosas sin escribir,  otras tantas sin explicar que, estoy seguro, deseabas hacerlas. Quizá un perdón que tu mente inquieta y espíritu rebelde  pospuso demasiado. Yo entiendo tus titubeos y sé que tenías muchas cosas que decir. Posiblemente de ahí nacía la certeza en que  lograrías sanarte, no por apego a la vida sino por los sentimientos que dejaste de expresar y por tantas cosas que querías hacer.
 
Charlamos tanto y compartimos muchas reflexiones a lo largo de una vida, porque es una vida la que caminamos juntos, en amistad. Te gustaba analizar la política cotidiana, la coyuntura y el futuro colectivo. Tuvimos el tiempo para conocernos desde la época de activos militantes del POR, presencié tu meteórico ascenso como uno de los más connotados dirigentes de la FUL.
 
 No pasaste inadvertido, mi buen amigo, dejaste huella. Mis recuerdos me llevan a muchos pasajes que compartimos y me alegra recordarte como un convincente orador; volteabas asambleas, cambiabas las mentes y la vida de muchos.
 
Hablamos siempre de "cosas profundas”. Ahora que no estás, me he puesto a pensar que tal vez nos hubiera hecho mucho bien tomar la vida con menos cuestionamientos y reír un poco más, porque creo que hasta en la diversión fuimos demasiado serios y no nos permitió llegar a conclusiones más humanas. Disculpa que hable en plural,  pero no es sólo en tu vida que pienso ahora que has partido, es en la mía que también me muestras ahora que te has ido.
 
Si… charlamos tanto en La Paz, Tarija, Santa Cruz. La revista nos unió más. Me hiciste parte de tu familia y te convertiste en parte de la mía. Mis hijos te quieren y a lo largo de su vida recordarán al tío Erick, que siempre llegaba a casa con chocolates escondidos en algún bolsillo, el cariño en la sonrisa y el abrazo que nunca les negaste.  A ese cariño quisimos convertirlo en un compromiso más íntimo y por eso eres  el padrino de mi hijo más pequeño. No solo fuiste mi amigo y un hermano, fuiste mi compadre.
 
No salvamos el mundo porque no necesita de salvadores, pero a sus problemas le  dimos vuelta y revuelta en nuestras largas tertulias. Quizás era necesario que hablásemos más de nosotros, de nuestras vidas, de las nimiedades  heredadas, que en nuestros cerebros se hicieron fantasmas, que pudimos espantar en los silencios compartidos si tan sólo nuestros corazones se hubieran abierto un poco más. Debimos entender, darnos cuenta que es más trascendental salvarnos como personas de este mundo.
 
Peleaste hasta el final: la muerte no era para ti y no la es. Vivirás siempre en nuestros corazones y en nuestras charlas del grupo de fallutos con corazón de galleta. Vivirás en nuestra memoria con tus anécdotas, tus broncas, tus buenos y malos deseos, tus chocheras; de eso se trata la amistad de aceptarnos y querernos tal y cual somos.  Y quien hubiera pensado que este pasado agosto, cuando tuvimos nuestro último almuerzo juntos, iría a ser nuestra despedida.
 
Chau mi querido amigo, voy a extrañarte. Debí decirte esto y más cuando estabas vivo.

Alberto Bonadona Cossío es economista.
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