Economía de papel

Globalización para desarrollar la naturaleza de Bolivia

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sábado, 24 de marzo de 2018 · 00:06

El proceso de intensificación del capitalismo en todos los órdenes (producción, consumo, la cultura y todo lo demás) se muestra como imparable. Los procedimientos tecnológicos y de innovación que se realizan en todo   momento en los grandes centros de investigación abren nuevas opciones de mayores avances que siguen modificando y modificarán la vida de todos los seres humanos. Este es un proceso revolucionario y de profunda transformación de la vida material del planeta que, aún en manos capitalistas, no cesará por algún tiempo indeterminado.


 Por cierto, no todos los países están a la vanguardia. Ésta la conforman los pocos países industrializados y sus más significativos centros académicos vinculados a las industrias de punta. Son grandes millonarios que orientan la investigación en proyectos que ellos mismos financian, también son las grandes transnacionales que realizan estos procesos y finalmente sus estados, que destinan recursos para impulsar la investigación y sus diversas aplicaciones.


 El actual modelo boliviano quiere engranar en ese gigantesco proceso mundial con una forma de industrialización tardía, depredadora y que se acomode, como un diminuto vagón de cola, para continuar el abastecimiento del gran proceso de globalización. Principalmente como productores de materias primas, siempre dentro de las clásicas definiciones de la división internacional del trabajo y con productos que esta definición va asignando a Bolivia desde el siglo XIX (incluso antes). 


 Los pequeños y dispersos proyectos para el mercado interno de leche, papel, cartón, celulares, acero y otros más, al momento del balance global del mencionado modelo son insignificantes. Aparte del de leche, que también produce jugos, el resto no son rentables, producen para un mercado demasiado pequeño con materia prima importada y, en el caso del proyecto del Mutún, requerirá protección frente a las importaciones de acero más barato y así se convertirá en el producto más caro de la región en este rubro. O la desubicada industria de polietileno y polipropileno en una época inundada de bolsas plásticas que los más industrializados desprecian su uso.


 Bolivia debe buscar su propio sendero de desarrollo sobre la base de lo que posee y ha sido naturalmente dotada. No las tradicionales materias primas, por supuesto, sino con aquellos productos que puede producir en abundancia y transformar en manufacturas con medios que se pueden desarrollar en Bolivia y utilizando la tecnología, y conocimiento disponibles en los mercados (donde todo se compra y se vende) globalizados. 


 Son, por ejemplo, los casos de la castaña y sus múltiples derivados manufacturado, el tarwi y sus innumerables propiedades nutricionales o la cúrcuma, con sus poderosas características medicinales, y una inmensa variedad de otros productos que por la biodiversidad de Bolivia posee, le permite cultivar y gradualmente aprovechar de manera creciente. 


 Los mercados para estos productos son, sin duda, las grandes metrópolis industrializadas con grupos de altos ingresos que pagarán por lo que muy pocos países tienen como Bolivia. Se requiere orientar estructuralmente un modelo de desarrollo apropiado a Bolivia que alcanzará resultados, no pasado mañana, pero, con certeza, en un   futuro previsible y alcanzable.


 Continuar con lo que las grandes transnacionales quieren puede transicionalmente continuarse y, en la visión de mediano y largo plazo, constituir un proceso auxiliar y de decreciente cuantía. El presente es un momento histórico (no de días sino de algunos años) de características únicas que se abre a la economía boliviana por el avance tecnológico logrado en el mundo industrializado. Éste requiere de mayores mercados para vender lo que produce masivamente con materias primas que importa, no cabe duda, pero también existen grupos de elevados ingresos dispuestos a comprar productos de calidad, con aire de extravagancia tropical o altiplánica, que sean producidos en países como Bolivia que poseen productos naturales de gran diversidad biológica que pueden transformarse industrialmente y producirlos masivamente. 


 La tecnología abarata cada día más una serie de productos manufacturados (desde prótesis, pasando por fuentes energéticas, hasta viviendas) y, a la vez, requiere de alimentos nutritivos, sanos y que contribuyen a la prevención de las enfermedades modernas. Este es el camino que Bolivia debe seguir para aprovechar lo que tiene y lo que el mundo moderno crecientemente requiere.

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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