Economía de papel

Bolivia y sus propios fantasmas

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sábado, 16 de junio de 2018 · 00:06

El auge que duró hasta 2014 no fue solo para Bolivia, también lo fue para los vecinos de América Latina. La causa principal en todos los casos: el ascenso de precios de las diferentes materias primas que la división internacional del trabajo les asignó. Una vieja concepción que determinó, desde los centros imperiales, que estos países deben producir materias primas, no transformarlas. En medio del auge se sufrieron algunos embates del mismo mercado internacional que causó el auge. La denominada Gran Recesión mundial de 2008 al 2010 hizo perder dinamismo a estas economías sureñas, pero, en el conjunto no eliminó los positivos resultados en las respectivas balanzas comerciales y en la acumulación de reservas internacionales sino hasta 2014.

En Bolivia la acumulación de estas fue sobrecogedora. Una cantidad de recursos nunca antes poseída. Tanto dinero hizo que los gobernantes asuman un comportamiento de nuevos ricos: gastar dinero en jets, palacios y viajes presidenciales, construir empresas por efecto demostración al pueblo que todo lo cree, más que por necesidades claramente establecidas, más que por respuestas que lo liberen de la pobreza. Para los poderosos, lujos, para los pobres, espejitos de canchitas, coliseos, plazas en los pueblos grandes y pequeños.

Se tuvo tanto ingreso acumulado en las reservas, y valga recalcarlo para los que no ven lo que está ante sus ojos; todavía queda una importante fracción de esos millonarios ingresos. De haber vivido por años con un nivel que merodeaba los mil millones de dólares, las divisas crecieron 15 veces. Hoy están en torno a las nueve veces. Por supuesto, las  extravagantes nuevas riquezas se esparcieron entre la población. En economía, el gasto del Gobierno, eficiente o ineficientemente realizado, honrada o corruptamente ejecutado, genera un efecto expansivo (efecto multiplicador del gasto, lo denominan los economistas), se distribuye entre la población sin importar si su origen es sin mancilla o mancillado.

Este efecto expansivo hizo crecer a la clase media, y por supuesto, disminuyeron los índices de pobreza, se da todavía un mayor gasto en los supermercados (un dato acariciado con fervor patriótico por los jerarcas del sector económico) hizo que la gente compre más televisores e, incluso, vaya más al cine. Compró más vehículos nuevos y transformers, se compró casa, nueva o usada, para en ella vivir o como ahorro para las malas épocas. Por supuesto, el sector de la construcción creció por este motivo como por las nuevas carreteras que se construyeron; aunque éstas vayan a Orinoca, un pueblo casi fantasma, como muchos en el Occidente del país, vaciados por la migración a la ciudad empujada por la miseria del sector rural.

Estas condiciones económicas no han caído abruptamente como muchos colegas economistas predijeron. Más aún, ahora la caída se amortigua  por la recuperación del precio del barril de petróleo en el mercado WTI -al momento de escribir esta opinión se encuentra en 66,92 dólares el barril- y le da un respiro al Gobierno y permitirá el segundo aguinaldo (para quien sea que lo reciba). Porque Argentina ve devaluarse su moneda (de 25 pesos el dólar ha vuelto ha depreciarse a más de 28), incluso con 50.000 millones de dólares de apoyo del FMI y otros 6.500 millones de otras fuentes, no es aconsejable en absoluto, ni por razones prudenciales, devaluar el boliviano. Cierto, el dólar a cambio fijo de 6,96 castiga a las importaciones de papas, cebollas, tomates y mandarinas nacionales. Sin embargo, la producción de estos productos, con las habituales dificultades y vaivenes, crece en volumen y en extensión pero no en productividad, excepto, la mandarina que debe competir con la producción de coca. El aumento de la productividad es el aspecto que real y efectivamente rompe cualquier devaluación de países vecinos y es el que debería preocupar a este y los otros gobiernos que vengan o se perpetúen.

Así, los fantasmas en Bolivia no es el valor de la moneda nacional respecto al dólar, como no lo es tampoco el del déficit fiscal. La medida de no sobrepasar el 3% de déficit fiscal está bien que lo sigan como política generalizada los países de la Unión Europea. Un país chico, en su gasto público, puede llegar con relativa tranquilidad hasta un 10%. Esto no lo dicen los textos escolares de las universidades. Es muy distinto que el Gobierno de un país rico gaste más del 3% que a uno pobre se lo quiera medir con ese mismo rasero.

Mientras la inflación se mantenga baja, ese déficit es soportable. Con mayor razón cuando la carga de las obligaciones de la deuda son muy manejables (por encima de la línea dirían los economistas) o cuando no incluyen el pago de obligaciones externas. Aún incluyéndolas, este fantasma no está presente en la economía boliviana. Ya lo dije, nuestros fantasmas son la falta de desarrollo productivo con inversiones que creen empleo y buenos ingresos. Y otros fantasmas de los cuales ya hablé en otras  opiniones de mi columna, la cual por estas y otra razones se llama “Economía de papel”. Economista abceconomia.com

 

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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