Economía de papel

Asustados con fantasmas ajenos

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sábado, 02 de junio de 2018 · 00:05

América Latina es una en más de un sentido, pero lo es más en un deseo futuro, compartido por sus poblaciones:  llegar a tener mejores días para sus múltiples y diversas sociedades y desiguales economías. Si en algo estos países son disímiles, es en que cada uno tiene sus propios demonios, monstruos y fantasmas económicos, ocultos en diferentes antros; construidos por una interminable sucesión de la más ostentosa heterogeneidad de políticos, que operan en formas más parecidas a la de pandillas mafiosas, que a poderosos exorcistas o milagrosos redentores.

Eso no es todo, por supuesto. Aunque estos países no comparten fantasmas idénticos, poseen economistas que cuando los ven en otro país creen (¿?), concluyen, analizan, comentan, al estilo de Procusto y la herencia del lecho que les dejó en forma de teorías aprendidas en los manuales, que estudiaron acrítica, y obsecuentemente.

 Y ahora ven Argentina con serios problemas de inflación, caída precipitada de sus reservas, déficit fiscal elevado y el peso devaluándose. Saltan entonces los jacha profesionales bolivianos con la recomendación de devaluar la moneda nacional, dizque, para evitar, la invasión de productos argentinos, que se han hecho más baratos al devaluarse el peso argentino. Por supuesto, para disminuir el déficit   fiscal recomiendan la consabida receta: austeridad fiscal.

 No sólo por un tema político, sino por una razón económica fundamental, la economía boliviana no requiere devaluar el boliviano. El argumento de su necesidad para defender las exportaciones nacionales es falso. Para empezar, casi la totalidad de los precios de los productos que Bolivia coloca en el mercado internacional se determinan precisamente de manera internacional. Bolivia produce una fracción de cada uno de ellos, sin tener la capacidad de influir en el precio final que pagan.

Sean productos tradicionales o no tradicionales que Bolivia exporta, este país no afecta un centavo del precio que recibe por lo que vende la mundo. En 2016, por ejemplo, vendió 1.345 tm de plata a 17 dólares por tonelada promedio y en 2017, al mismo precio coloca 1.163 tm. Lo propio ocurre con el oro: vende 19 toneladas a 1.240 dólares promedio el primer año y luego un mayor volumen, 26 toneladas, a 1.257 el siguiente año. Lo propio ocurre con el gas, la torta de soya , la castaña, la quinua y hasta con los productos manufacturados de joyería: los precios caminan independientemente de lo que este país coloque en el mercado internacional.

Argentina está devaluando su moneda impulsada más por evitar una fuga de divisas que por defender sus industria nacional. El efecto de transmisión del peso devaluado al nivel de los precios es tan elevado, que tan pronto como devalúa su moneda   los precios suben, tanto de sus productos exportables como de los no exportables. Así los productos argentinos no invaden a ningún vecino. 

 Además, se debe tener presente que una devaluación no aumenta la producción y menos la productividad; que son las magnitudes económicas que deben preocupar a todos, gobernantes y no gobernantes, argentinos o no argentinos.

 En el mundo entero son pocas las economías que no pueden controlar la inflación. Este fenómeno es un problema de las economías más atrasadas del planeta en políticas económicas, donde se encuentran Venezuela, Zimbabue y, por supuesto, Argentina. A este club no pertenece Bolivia, desde hace décadas.

Un economista boliviano que abandona el estrecho margen mental que los manuales dejan al pensamiento independiente, Jaime Dunn, sensatamente ha apuntado que si devaluar fuera solución para disminuir los déficit gemelos (fiscal y comercial), Venezuela y la Argentina no estarían hundidas en crecientes e inmanejables déficit. Dunn afirma acertadamente que si devaluar “te hace competitivo y es la solución a los problemas de una economía, el país más rico del mundo en este momento sería Venezuela”.

A la economía boliviana le sobran sus propios fantasmas económicos y de los otros. En Bolivia los monstruos salen de las fabulosas inversiones inútiles que se realizan y se siguen realizando: plantas industriales que no funcionan o no producen nada, gastos millonarios en salud que no curan o la construcción de un hospital que se desploma por su mala calidad para construirlo. Un endeudamiento externo que se lo mide respecto al PIB y no relacionado a una exagerada tasa de crecimiento, para, así, ocultar los fracasos de políticas sociales y económicas fallidas.

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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