Quien calla otorga

La salud del Estado y el estado de la salud

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sábado, 18 de noviembre de 2017 · 00:00

Cada vez que le sale un grano en la nariz, Evo Morales vuela a La Habana para hacerse una evaluación médica. El ministro de Defensa, Reymi Ferreira, pasó un mes en Cuba para tratarse un tumor benigno “mal diagnosticado en Bolivia”. Semanas antes el exministro de Hacienda  Luis  Alberto Arce Catacora  renunció oportunamente a su cargo y organizó una kermés para recolectar fondos porque necesitaba hacerse en Brasil un costoso tratamiento y él es un hombre pobre, pobre. 


 Cuando leo esas noticias me vienen ganas de vomitar y la misma reacción tuvo mucha gente en nuestro país. Lo primero que vino a mi mente es la situación deplorable en que se encuentra la salud pública en Bolivia y el cinismo grotesco de Arce Catacora, que fue durante 11 años el “zar” de la economía, en el periodo de mayor bonanza, y no fue capaz de otorgar un presupuesto adecuado a las necesidades de los servicios de salud, pero sí al Dakar, al nuevo palacio, a un museo insultante, a los aviones y carros de lujo y a cuanta bosta se le ocurre al Presidente. ¿Estoy enojado? Claro que sí, como la mayoría en este país. 


 Con el mayor desparpajo, el enfermo Arce pidió ayuda a esa misma población a la que sometió a los rigores de un servicio no solamente precario, sino humillante. Cualquiera que haya sido atendido en un hospital público, llámese Hospital Obrero, Hospital General, Hospital de Clínicas, sabe que es como descender a un infierno dantesco.


 Las vivencias personales son escalofriantes. Podríamos llenar las páginas de los diarios con los relatos de la gente que agoniza en los pasillos, rodeada de familiares impotentes porque nadie los atiende. Hay algunos médicos y enfermeras que quieren hacer su trabajo con la mejor voluntad, pero no pueden hacer más y mejor porque no hay medicinas, no hay camas, no hay equipos para tratar a los pacientes y, además, campea la corrupción, como hemos visto recientemente.


 Los reportajes sobre el Hospital General, en cuyo quirófano se usan sierras y taladros de carpintería para hacer cirugías, podrían entrar en los anales de la vergüenza de este régimen que, a pesar de haber recibido más recursos que cualquier otro en la historia del país, los ha dilapidado en empresas estatales subvencionadas y en bancarrota, palacios para el megalómano “jefazo”, hasta centenares de canchas de fútbol con pasto sintético y coliseos para que Evo Morales haga los discursos de su campaña electoral permanente, con recursos nuestros. 


 Los titulares son vergonzosos: “a falta de elevador, personal del Tórax carga a enfermos tres  pisos”, “sierras y taladros son equipos del Hospital de Clínicas”,  “Achacachi: nuevo nosocomio sin médicos ni equipos”, “en la Llajta sólo un nuevo Viedma aliviará el colapso hospitalario”, “Evo cumple impulsó cuatro veces más canchas que obras en salud”, “pacientes viajan 12 horas para acceder a especialidades”,  “hacinamiento y roedores, los problemas del Hospital del Niño”, “Hospital San Juan de Dios en código negro permanente”, “hospitales públicos del país agonizan en la precariedad”, “más de 400 niños esperan una cirugía en pediátrico Villarroel”, “pacientes migran de Potosí  en busca de atención médica”.  Y mucho más. 


 Que vayan Arce Catacora, Reymi Ferreira y Evo Morales a hacer fila a las cinco de la mañana para sacar una ficha en el Hospital General. O por lo menos que vayan a la clínica que discretamente mantienen los cubanos en Achumani, exclusiva para los jerarcas del gobierno. Ni eso les basta. 


¿Nos debe dar pena Arce Catacora o Reymi Ferreira por su enfermedad? A mí no me dan ninguna pena. Me dan pena los miles de bolivianos y bolivianas que todos los días madrugan para hacer fila en el Hospital General. Me dan pena los que se mueren en esos pasillos o entran demasiado tarde a un quirófano que no tiene los instrumentos adecuados para operar. Me dan pena los médicos y enfermeras que ven con impotencia que en sus manos se resbalan las vidas que no pudieron salvar debido a la ineficiencia, la corrupción y la falta de presupuesto.


 No me da pena un ministro cínico, en cuyas manos estaban las decisiones económicas del país, incapaz de garantizar a la población una vida y una muerte dignas. 


Este país tan solo en su agonía -como decía el poeta Vásquez Méndez- por culpa de un gobierno corrupto, ineficiente e indolente.

Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social experto en comunicación para el desarrollo.

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