Quien calla otorga

Asqueado

sábado, 30 de diciembre de 2017 · 00:06

Termino el año con asco, con un sabor amargo en la boca y la conciencia de que en Bolivia están destruyendo lo más valioso que teníamos más allá de las riquezas materiales: la honestidad, la ética, la solidaridad y otros valores humanos. 


 Todo lo hemos perdido porque la cúpula del poder ha impuesto un modo de vida donde los valores humanos no son importantes, sino la angurria de poder y de dinero. La ambición desmedida del grupo dominante -unido por objetivos que no tienen que ver con el bienestar de la población sino con fines de beneficio personal- ha destruido la institucionalidad del país, convertido en un feudo, como antes de 1952.


 El señor feudal lo decide todo sin transparencia y maneja como si fueran suyos los recursos del Estado con los que soborna a dirigentes y a comunidades. Me repugna su proceder ignorante y torpe, su arrogancia de sátrapa ungido por una corte de lambiscones que le rinde pleitesía y por los recursos públicos que despilfarra. 


 Me da asco su hipocresía y su impostura: habla de derechos humanos pero trata de destruir las organizaciones que deben proteger a los ciudadanos (Defensoría del Pueblo, Asamblea Permanente de Derechos Humanos). Discursea sobre los indígenas pero los ha apaleado y sobornado en el TIPNIS y en Achacachi, entre otros. Cacarea sobre la “madre tierra” y la “Pachamama” pero entrega áreas protegidas a compañías mineras y petroleras, probando que su “nacionalización” es una gran mentira. 


 Habla de la salud como un derecho para todos los bolivianos, pero le otorga un presupuesto ridículo, muy inferior al de Ministerio de Gobierno y del Ministerio de Defensa, apalea y gasifica a los médicos, a los discapacitados y a quienes exigen mejores condiciones en los hospitales y centros de salud. Y tiene como Ministra de Salud a una incapaz sin preparación ni experiencia alguna en salud pública. 


 Me asquea el prebendalismo y la corrupción generalizada. Este Gobierno ha convertido en norma las relaciones cotidianas de corrupción.  Además de los grandes robos (Fondo Indígena, CAMCE, YPFB, Ministerio de Defensa, Banco Unión y tantos otros), la corrupción  se ha instalado en el tejido mismo de la sociedad. 


 Desprecio a quienes compran puestos en la burocracia estatal y luego deben pagar cada mes un porcentaje de su salario a quien dio el “aval político” para obtener el puesto sin pasar por un proceso de selección, y otro porcentaje para las arcas del MAS. La práctica se ha vuelto común en todos los poderes del Estado. Es un círculo vicioso de corruptos.


 Estoy asqueado por el sistema de coimas, que antes existió pero nunca fue tan institucionalizado.

Todos los contratos del Estado exigen coimas a los contratistas: 7% en el nuevo Palacio de Gobierno y más en otras obras. Los empresarios que venden bienes o servicios al Estado son cómplices, entran en el juego con el argumento falaz de que si no lo hacen, no tienen otras opciones. Viven bien, pero sin conciencia.


 Me repugna la masificación del narcotráfico y del contrabando, sus ramificaciones en el Gobierno (diputados, viceministros) y en la sociedad. Pueblos fronterizos se han convertido en mafias de contrabandistas y narcotraficantes armados para defenderse de la Policía.


 Es insultante el cinismo del autócrata que gobierna Bolivia, cuando expande la zona de cultivos en el Chapare a sabiendas de que el 94% de la coca se destina a la producción de cocaína. No es casual el “boom” de la construcción y abundan ahora los que compran dos o tres casas o departamentos con maletas llenas de dólares, para blanquearlos. 


 Me asquea el cinismo y la falta de ética de los impostores, desde el presidente y el vicepresidente para abajo, que desconocen la propia constitución que impusieron entre gallos y medianoche el 2009.

Me repugna el desconocimiento del NO mayoritario en el referendo que ellos mismos convocaron el 21 de febrero de 2016 y de la evidencia aplastante del voto NULO en el plebiscito sobre el régimen, en las elecciones judiciales.


 Me asquea el culto a la personalidad del Kim Il-sung altiplánico, un déspota que carece de valores humanos. Un impostor mentiroso y manipulador que ha construido a su alrededor un aparato de devoción mesiánica simbolizado en vehículos blindados, aviones de lujo y obras faraónicas como el Museo de Orinoca o el nuevo Palacio de Gobierno, despropósitos desde todo punto de vista.
 Así, asqueado, acabo el 2017. 

Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, experto en comunicación para el desarrollo.

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