Quien calla otorga

La fiera del libro

sábado, 12 de agosto de 2017 · 00:00
Se aproxima por los pasillos dispuesta a saltar sobre su presa.  Los ojos le brillan codiciosamente mientras recorre con la vista la oferta de papel y tinta. Sabe que tiene que escoger bien, que no le alcanza el bolsillo ni la vida para leer todo. Acaricia las ediciones al pasar, como diciéndoles "ya volveré por ti”. En un acto casi sexual, le da la vuelta a un libro para leerle la espalda y abrir sus piernas para oler la costura. Finalmente cae sobre su presa con una mirada devoradora.

 Así es la fiera del libro, un animal de extraordinaria inteligencia y sensibilidad, acostumbrado a alimentar su imaginación con signos impresos sobre papel, que su cerebro decodifica y convierte en imágenes únicas, que nadie más puede recrear. La fiera sabe que cada vez que adquiere un libro se lleva más que un objeto de papel y tinta, se lleva una manera de ver el mundo que ni siquiera es la del autor, sino la suya, diferente a todas las demás.

 En la imaginación febril de la fiera del libro, el galeón español "rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana…” que de pronto descubre al despertar José Arcadio Buendía no es el mismo galeón que imaginó García Márquez. Cada lector, cada fiera, lo reconstruye a su manera. Cada uno de nosotros es propietario de ese galeón, diferente, especial, único, que de pronto se dibuja en nuestra imaginación. Esa es la magia de la lectura, cuyo secreto conocen las fieras del libro.

 El juego de palabras me distrae mientras firmo unos pocos libros en la nueva edición de la Feria Internacional del Libro de La Paz, todo un acontecimiento en esta ciudad de pocas y dispersas librerías. Una vez al año se desmoronan sus muros y dialogan a uno, y otro lado del pasillo.
 
 Libreros y editores se abrazan, se interrogan "¿cómo te está yendo?”, mientras no quitan el ojo de las mesas donde las fieras circulan. No vaya a ser que alguna se lleve un libro sin pagar.

 Pensándolo bien, que la gente robe libros para leerlos no es descabellado, a los autores no les desagrada tanto como a sus editores. 

 Confieso que soy de los despistados que publican sus libros en cualquier momento del año, cuando se caen del árbol porque están maduros. No tengo el sentido de la oportunidad, no se me ocurre que un buen momento para estrenar es una feria del libro, pero prometo enmendar ese error.

 En cualquier caso, ahí estoy casi todos los días, ya sea como lector-fiera en busca de algo nuevo, como presentador del homenajeado del año (mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio) o firmando libros en el espacio de Plural, que ha publicado nueve de mis obras. 

 Vender palabras es más interesante que vender ropa usada, no solamente porque no hay lugar al regateo, sino porque quienes adquieren ese libro están convencidos de que encierra algo mágico y misterioso. 

 El encuentro con los lectores es una de las experiencias más gratificantes para el escritor. Tengo fresco el recuerdo de las ferias de autores que lanzamos hace cuatro décadas, en El Prado, junto a René Bascopé, Matilde Casazola, Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas y otros amigos. Dos horas bajo el sol dominguero con nuestras rústicas ediciones nos permitían ganar más y mejor, porque al precio se añadía la conversación con los lectores.

 En estos cuarenta años de soledad hay más gente en el mundo pero menos lectores proporcionalmente. Se publican más títulos, pero gracias a las nuevas técnicas de impresión han disminuido los tirajes y desaparecen las bibliotecas personales. Dicen las estadísticas que las horas dedicadas a la televisión y a los teléfonos "inteligentes” centuplica fácilmente el tiempo dedicado a la lectura. 

 Si bien hay menos lectores, que lo hay los hay… Son pocos pero valiosos como los personajes del relato de Ray Bradbury que deambulan entre los árboles aprendiendo de memoria los libros que fueron quemados. Por ello conversar con estas fieras del bosque es enriquecedor. Los padres y madres que llevan a sus hijos a las ferias de libros renuevan mi convicción de que la lectura importa.

 En estos días se me acercó una mujer joven que me pidió dedicarle uno de mis poemarios a su hija. Le pregunté la edad de la niña: "Siete meses”, respondió. Y al ver mi asombro añadió: "Le he leído poesía desde que estaba en mi vientre”.
 
Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social experto en comunicación para el desarrollo.
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