Quien calla otorga

Recorridos de Alasita

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sábado, 27 de enero de 2018 · 00:06

Hay quienes se están llenando la boca con el cuento de que la fiesta de Alasita ya es Patrimonio Mundial declarado por la Unesco. Si fueran menos perezosos leerían el título completo de la declaratoria: la Unesco ha inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad “los recorridos rituales en La Paz durante la Feria de Alasita”, y no la feria misma.


 Es decir, la Unesco ha reconocido a los paceños que con devoción o por tradición y costumbre, cada año recorremos una feria de Alasita cada vez más venida a menos. La Comisión de Patrimonio Mundial de la Unesco ha reconocido nuestra ilusión y nuestro imaginario de una fiesta que estaba cargada de simbolismo y de historia, y que sólo permanece incólume en la memoria de quienes tenemos cierta edad. 


 Durante varios años el Estado trató de que la Feria de Alasita fuera considerada un bien patrimonial de la humanidad, pero cada año era más difícil lograrlo y los dossiers presentados a la Comisión de la Unesco eran sistemáticamente rechazados porque la feria ya no es lo que fue alguna vez. Se ha ido desnaturalizando hasta perder aquello que la hacía única y sorprendente: el Ekeko y las miniaturas.

Por eso, lo que se logró es una victoria pírrica, que me entristece antes que alegrarme. 


 Estuve a mediodía en la ceremoniosa inauguración de la feria (el alcalde Revilla acompañado del Robespierre de Alasita) con la esperanza de encontrar alguna mejoría: nada, la misma decepción de los años anteriores. Cualquiera lo puede comprobar recorriendo los puestos donde abundan gallos, monos, sapos, caballos y elefantes chinos, pero donde ha desaparecido nada menos que el “rey de la abundancia” el Ekeko, el símbolo más emblemático de la Alasita, ese hombrecito bigotudo, mestizo, cargado de bienes de toda especie, para la suerte.


 De cada diez puestos, quizás uno muestra algún Ekeko, muchas veces el que usan los propios vendedores para adornar su puesto, no para venderlo. Tuve un alegrón de burro cuando vi en un rincón un grupo de ekekos bastante bien terminados y cuando indagué el precio me echaron un balde de agua fría: “son caros porque los traemos desde Puno, allí los hacen, mire, bien cargadito está” (luego alguien me aclaró que en realidad los compran en Juliaca, donde se realiza cada año la Feria de Alasita como si fuera peruana). O sea, no somos ya siquiera capaces de fabricar nuestros propios ekekos, los hacen nuestros hermanos peruanos. Y cuando los hacen artesanos bolivianos, son ekekos pobres, esmirriados, flacos, con poco cargamento. 


 Antes la gente compraba quintales diminutos de arroz o azúcar, bolsas de fideo, latitas de leche Klim, verduras de cerámica, un colchón para dormir, un techo humilde de yeso. Es decir, las aspiraciones eran tener lo necesario para alimentar a la familia y un colchón para dormir.


 A mí me gustaban los soldaditos de plomo, las miniaturas de cámaras fotográficas, las máquinas de escribir, un camión de latón hecho por los presos de San Pedro… 


 Ahora no, las aspiraciones de la nueva clase media del proceso del buen vivir son otras: un cholet de cuatro pisos, un camión o jeep 4 x 4 de lujo, un hotel enterito, Barbies rubias, como las rubias teñidas que aparecen en la televisión… (Hay más Barbies que ekekos en la Feria de Alasita). Esa es la clase social que puede permitirse llegar a una inmobiliaria y pagar con una maleta llena de dólares, con un sólo golpe de magia, tres o cuatro departamentos en un edificio a punto de estrenarse.


 Lo que más abunda en toda la feria son los billetes y es lo que compramos los que no tenemos eso, billetes, porque es lo más barato. La gran oferta de billetes (sobre todo dólares, euros, bolivianos) pequeños, medianos, grandes y gigantes, se explica no solamente porque con maletas llenas de esos billetes Se pueden comprar desde casas hasta conciencias, sino porque es lo más fácil de producir (no se necesitan artesanos) y el margen de ganancia de los comerciantes es de 1 a 1.000. 


 Una rápida aspersión de alcohol con flores amarillas de retama, hojas de coca y humo de copal completa el rito de mediodía para decirnos que nuestro recorrido no ha sido en vano. Eso es lo que reconoció la Unesco: nuestros recorridos de ilusiones. 

Alfonso Gumucio Dagron  es comunicador social.

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