Quien calla otorga

Seguro …que no

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sábado, 10 de marzo de 2018 · 00:07

La disputa entre Argentina y Bolivia sobre el acceso a la seguridad social para bolivianos que viven en el vecino país y argentinos que viven en el nuestro pone de nuevo sobre el tapete la calidad de los servicios de salud. 


 La Cancillería afirma que en el sistema de salud de Bolivia “son beneficiarios de la atención integral y protección financiera de salud todos los habitantes y estantes del territorio nacional que no cuenten con algún seguro de salud”, algo para hacer reír (o llorar) a los bolivianos que padecen servicios de salud pública, de los que Evo Morales y sus ministros huyen cada vez que pueden. 


 El  Presidente boliviano, demasiado ocupado con el jacuzzi para diez personas en su exclusiva terminal aérea presidencial de El Alto, hizo una declaración prometiendo reciprocidad entre ambos países, a lo que el Canciller argentino respondió secamente: “Con eso no alcanza…”.  Es decir: desconfiamos de las promesas de Evo Morales. Una seguidilla de cifras y testimonios vino luego a demostrar que la seguridad social argentina es cien veces superior a la boliviana. 


 No era necesario tanto para convencernos, puesto que ya sabíamos que tenemos uno de los peores sistemas de salud pública del continente. El paro médico de fines del 2017 sacó a la luz las deplorables condiciones de trabajo y de atención en los hospitales públicos, la falta de medicinas y de equipamiento y, sobre todo, la indolencia del Presidente, que gasta tres veces más recursos del Estado en instalaciones deportivas que en servicios de salud.  


 El sistema de salud pública está bajo el ataque de tres virus bien estimulados por el “proceso de cambio”: corrupción, demagogia e ineficiencia. Lo vemos en el Hospital Obrero, en la Caja Nacional de Salud y otras instituciones de salud donde los pacientes mueren en los pasillos mientras los administradores duermen en sus laureles.


 Nuestra más importante casa de estudios superiores, la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) no está al margen de las promesas incumplidas y del mal uso de recursos del IDH. Y en el tema de la seguridad social tampoco es el mejor ejemplo.


 El Seguro Social Universitario (SSU), del cual soy afiliado voluntario (lo cual quiere decir que pago mensualmente por el servicio), es considerado uno de los mejores. He tenido suerte con los cuatro o cinco especialistas que me han tratado y con el personal que atiende en laboratorios, farmacia y ventanillas, pero también he escuchado historias lamentables de médicos irresponsables, que para empezar no tienen reloj (no respetan el tiempo de sus pacientes) y para terminar perforan intestinos o extirpan lo que no deben. 


 ¿Nitrógeno líquido? No hay. ¿Quiere vacunarse contra la gripe estacional? Se acabaron las vacunas. “Quizás lleguen en mayo o junio”, es la respuesta que recibí esta semana. Los relatos de endoscopias sin sedación son de terror. 


 Las largas esperas de los médicos impuntuales podrían tener un valor educativo si en las pantallas de los televisores mostraran mensajes sobre temas de salud y no telenovelas. Todos estos son problemas de planificación y de mala gerencia. 


 Por ejemplo, ahora las cuotas mensuales se pagan en el Banco Unión. Creí que la medida era para eliminar la burocracia, pero el genio que diseñó el nuevo sistema se aplazó. Ahora el trámite es doble: luego de pagar en el banco hay que regresar al SSU con las boletas de depósito para que un funcionario imprima un largo formulario amarillo que es la “prueba” de que uno ha pagado. Un absurdo digno de Ripley. Y si uno extravía la boleta de depósito o la hoja amarilla del mes anterior, el SSU no reconoce que uno haya pagado.


 Las empresas de telefonía lo han resuelto de manera práctica y lógica: se paga en cualquier banco y en la pantalla del cajero o cajera aparece el monto adeudado. Pero los genios del SSU no han podido escalar a ese alto nivel de sofisticación. El único banco donde se puede pagar no tiene la información básica. Seguimos dependiendo del anacrónico papel amarillo que vale más que los billetes que uno deposita mensualmente. 


 La ineficiencia es también una forma de corrupción porque alienta una burocracia vegetativa pagada por un mínimo esfuerzo. En estos tiempos de gobiernos electrónicos, universidades “de punta”, soluciones digitales y transparencia institucional, resulta absurdamente arcaico que en el Seguro Social Universitario sigan usando sistemas manuales para llenar formularios con papel carbónico en cuatro copias. 


 El SSU es mejor que otros seguros, pero falla en el nivel de gerencia. Parece que ahí no hay alguien que piense y organice mejor las cosas. No hace falta muchos recursos para pensar, salvo neuronas y buena voluntad.
  

Alfonso Gumucio Dagron es escritor y cineasta.Twitter @AlfonsoGumucio

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