Quien calla otorga

Agua de mayo

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sábado, 07 de abril de 2018 · 00:07

Se avecina mayo y en las calles que camino en París no hay rastros de lo que sucedió hace 50 años pero sí muchos artículos en diarios y revistas, entrevistas en la televisión, nuevos libros revisionistas, etcétera.  Los que lo vivieron y los que no, por igual, quieren opinar sobre el tema. Sesudos análisis políticos se despliegan sobre la “revolución estudiantil” de Mayo de 1968, para todos un momento de inflexión que cambió a Francia, aunque para algunos como Regis Debray significó “la primera contrarrevolución triunfante”. 


 Ya no está la playa debajo del empedrado porque en las avenidas y calles donde los estudiantes armaron sus barricadas ya no hay empedrado, sólo ese pavimento perfecto que homogeniza la ciudad, sobre el que se pintan las flechas, los carriles y las señales de lo que está permitido y lo que está prohibido. Es una paradoja más en esta sociedad de bienestar donde lo prohibido goza de un amplio consenso, la sociedad de la vigilancia se protege, ya pocos marchan por las grandes causas mundiales y menos aún las causas nacionales.


 “Sous les pavés la plage” (debajo del adoquinado está la playa) era uno de los grafiti más emblemáticos de Mayo de 1968, símbolo de que excavando las calles grises y sobrias de París se podría encontrar la arena, el sol y otro horizonte. 


 Y no era para menos: la sociedad francesa estaba en decadencia. Algo tan evidente que el prestigioso columnista de Le Monde Pierre Viansson-Ponté publicó el 15 de marzo de 1968 un artículo titulado “Quand la France s’ennuie” (“Cuando Francia se aburre”), donde, en 12 párrafos, describe a un país sumido en la apatía, el racismo, la indiferencia y la falta de solidaridad.  El “francés medio” era un ciudadano mediocre que no participaba en la política, que no se interesaba en el mundo y que vivía refunfuñando sin motivo.  


 Era, sin duda, un texto premonitor de la revuelta de estudiantes de Mayo de 1968, cuando salen a las calles para manifestar su descontento contra esa sociedad represiva y desgastada por la mediocridad, y la apatía. Los franceses, adormecidos por la televisión y satisfechos con su baguette bajo el brazo y una copa de vino tinto, no veían más allá de sus narices.


 Lo que vino luego lo conocemos bien y ha sido objeto de libros, artículos y películas. Tanto la derecha en el poder como la izquierda tradicional se encontraron de un día para otro patidifusos y sin poder entender lo que estaba pasando. A pesar de la violencia de las manifestaciones y de la represión de los CRS, solamente hubo una muerte accidental en esos días que hicieron tambalear al gobierno, aunque como dice la sabiduría popular “Plus ça change” (más de lo mismo). 


 No fue un “momento fundador” de la Francia contemporánea, tan derechizada hoy como entonces, pero me consta que cambió la vida cotidiana de una generación porque viví aquí seis años, cuando todavía ese espíritu estaba fresco, y sentí que las personas habían cambiado; la vida universitaria era otra, los valores se habían recuperado, entre ellos uno  muy importante: la solidaridad (y el sentido del humor, esencial). 


 Aunque mayo es el mes clave, el movimiento comenzó el 22 de marzo en la Facultad de Nanterre, con Daniel Cohn-Bendit  (el “anarquista alemán”, según escribió despectivamente el comunista Georges Marchais), uno de los líderes históricos del movimiento, hoy miembro del Parlamento Europeo por el Partido Verde, ecologista.


 De ahí para adelante, bola de nieve en plena primavera. Echados de Nanterre se instalan en el corazón de París, en la Sorbona, y movilizan a los estudiantes de esa universidad símbolo de la cultura francesa. Del 6 al 31 de mayo, de las barricadas a la huelga general de 8 millones de trabajadores, Vietnam, Palestina, el Ché, Mao, el discurso de De Gaulle… En fin, la cronología que ya conocemos. 


 Lo que viví en la Facultad de Vincennes, creada para arrinconar a los revoltosos, y lo que sentí en la vida cotidiana a principios de la década de 1970 en los jóvenes como yo, era maravilloso: mucha avidez por meterse con el “mundo mundial”, de saber todo, de leer, de hacer películas provocadoras, de inventar eslogans con pura poesía que el Atelier Populaire (ex Escuela de Bellas Artes) imprimía en serigrafía: “Prohibido prohibir”, “Sean realistas, pidan lo imposible”, y otros. 


 Esa atmósfera de cambio, desprejuiciada, libre, duró todo el tiempo que viví en París. Hoy, Viansson-Ponté podría escribir el mismo artículo… pero nadie lo leería.  

Alfonso Gumucio Dagron es escritor y cineasta. 

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