Quien calla otorga

Chao, Ramón

Chao, Ramón
Chao, Ramón
Por 
sábado, 02 de junio de 2018 · 00:07

 Ramón Chao Rego se bajó en la última estación en Barcelona, el domingo 20 de mayo 2018, a los 83 años de edad. No pensé que ya había acumulado en su trajinar esa cantidad de años, quizás porque lo recuerdo más joven, bromeando orgullosamente sobre su condición de “padre de Manu Chao” cuando, unos años antes, su hijo Manuel podía ufanarse de ser el “hijo de Ramón Chao”, el periodista gallego antifranquista con una inmensa trayectoria en Francia y en España. Pero así son las cosas, uno es a veces el hijo de alguien que trascendió y otras el padre de un hijo que lo hizo mejor, y ambas situaciones son afortunadas. 

 Ramón apoyó a Manu, su hijo, desde siempre. Me consta porque en su casa de Sèvres, en las afueras de París, Manu y su hermano Antoine estudiaban música y se ejercitaban todos los días en el piano. El mismo Ramón había estudiado armonía y piano en su juventud, cuando salió para Madrid de Vilalba, su pueblo natal de Lugo, donde desde niño tocaba el piano en la pensión que regentaban sus padres.  Su vocación iba en serio, ya que en 1955 fue finalista del Premio Nacional de Virtuosismo.  Luego viajó a París, con una beca que le permitió estudiar composición con Nadia Boulanger y piano con Magda Tagliaferro, y Lazare Lévy.

 Y en París dejó la música para dedicarse de lleno al periodismo. Cuando lo conocí, a principios de la década de 1970, Ramón era el director del servicio cultural en español y portugués de Radio France Internacional, y desde allí, sobre todo desde sus convicciones progresistas, apoyaba a quienes luchaban por la democracia en una América Latina que se desmoronaba como  una fila de fichas de dominó: golpe militar tras golpe militar. Las emisiones de radio que hizo dirigidas a Galicia, su tierra, fueron prohibidas por el dictador Franco, nacido en la misma provincia española.

 El exiliado antifranquista era también solidario en su vida personal y así se tejió a su alrededor una red de colaboradores, periodistas, y artistas, a los que él ayudaba de una u otra forma.  A mí me tocó conocerlo a través de Amalia Barrón, periodista boliviana que trabajaba entonces en RFI y gracias a Amalia fui de esos “artistas” que rodearon a Ramón, ya que uno de los primeros trabajos que conseguí como estudiante en París fue el de “pintor” (de brocha gorda) en la casa de Ramón en Sèvres, que pinté entera por dentro y por fuera, llegando en ese proceso a desarrollar mi amistad con Ramón, su esposa Felisa y sus dos hijos (Manuel y Antoine), que tendrían entonces unos diez o 12 años de edad.

 Alguna foto conservo de esos niños que 20 años más tarde serían los fundadores del grupo musical Mano Negra, antes de que Manu prosiguiera su carrera artística como solista.

 Ramón mantuvo después de su paso por Radio France Internacional su actividad como periodista. Fue colaborador de la revista Triunfo, una de las pocas toleradas durante el franquismo. A la caída de la dictadura regresó esporádicamente a España y empezó a publicar en diarios de su país, así como en Le Monde y Le Monde Diplomatique. En los últimos años de su vida lo hizo en un blog que yo recibía puntualmente y que a su muerte ha recogido todavía las expresiones de sus amigos.

 A Ramón Chao se deben una veintena de libros, algunos muy emblemático, como el que recoge su polémica entrevista con Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura en 1967, en la que  el guatemalteco afirma que Cien años de soledad no era sino un remedo de La búsqueda del absoluto, de Balzac.

 Hay otro libro que tiene especial significado y es el que escribió sobre sus hijos Manu y Antoine, cuando en 1993 Mano Negra hizo el recorrido entre Santa Marta y Bogotá en tren, siguiendo las vías abandonadas de ese trayecto, y ofreciendo conciertos gratuitos en Aracataca (donde nació Gabriel García Márquez), Bosconia, Barrancabermeja, La Dorada y Facatativá, pueblos donde paraba la locomotora y arrancaba la música.  Ramón escribió más tarde: “Fui a Colombia porque tenía miedo”, para acompañar a sus hijos en un viaje en “un tren todavía inexistente, por raíles herrumbrosos y entre guerrillas dudosas”, por la peligrosa región del río Magdalena.

 Esa experiencia inédita y muy propia de la personalidad creativa de Manu, la plasmó su padre con amor y con humor en el libro Un tren de hielo y fuego. Ramón acompañó la aventura con entusiasmo porque sintió resurgir su “pasado hispanoamericano” (cubano), y porque se trataba de su hijo, que había heredado de él valores humanos fundamentales, lo había igualado en su compromiso social y superado en popularidad con sus canciones.

 
@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta.

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

67
4

Otras Noticias