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El voto duro

El voto duro
El voto duro
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domingo, 17 de diciembre de 2017 · 00:05

Un elector que incondicionalmente vota por un partido sin importar los candidatos, los programas y la coyuntura o situación que atraviesa el país es el prototipo del voto duro. A este tipo de votante no le afecta en absoluto que su líder sea corrupto, megalómano, mentiroso, traicionero y dictador; es un voto sentimiento más que pensamiento.


El voto duro es producto de dos estrategias: 1) Apertura de canales para otorgar beneficios directos desde el partido a los electores (militantes), entre aquellos la distribución de “pegas” en los espacios públicos controlados. 2) Construcción de vínculos sociales o de pertenencia a un grupo étnico (somos pobres, somos indios, somos blancos) hasta lograr el nosotros (los buenos) y los otros (los malos).


Sobre esos cimientos perversos se articulan las redes clientelares y fundamentalistas, donde los funcionarios se despiertan cada día con la certeza de que deben su cargo a un partido y donde las familias creen que deben su vida a un “mesías”. Es un sistema corrupto que tiene una descomunal capacidad para generar voto duro. 


En ese círculo vicioso, los jefes políticos intermedios juegan un papel determinante por su capacidad de organizar y mover gente, desde donde construyen la idea de que el partido y el líder defienden los intereses de la clase social a la que dicen pertenecer o del grupo étnico con el que se identifican. Lo hacen tan bien que crean la sensación de que si dejan el partido o el Gobierno, el sol se esconderá.

 
El voto duro es clave para ganar elecciones porque es impermeable frente a otros partidos, propuestas o líderes; y siempre va a las urnas, no conoce la abstención.      


Generalmente, se alimenta del pasado, desde donde proyecta sus juicios hacia el futuro. Por ello, sus líderes se empeñan en reinterpretar o reescribir el pasado; saben que controlando lo que fue en la memoria colectiva –donde están los sentimientos más atávicos de odio, resentimiento o amor– controlarán lo que será.    


Por esta razón el voto duro no cambia ni se extingue a corto plazo. 


¿Qué pasa en Bolivia? El voto duro no es tanto del MAS, sino de su jefe que “gobierna” a diario en vivo y directo y construye la identidad del electorado originario campesino urbano/rural a su imagen y semejanza. Ahí la explicación de 12 años de voto cautivo y pueden ser muchos más.


El MAS sabe de ese potencial, por eso ha reducido su discurso al electorado duro. Sabe que le puede dar el triunfo con cualquier candidato, por eso escarba el pretérito de los llamados neoliberales hasta hacer efectivo el discurso del miedo a toparse en un futuro con el pasado malo conocido. 


Queda en disputa, desde este momento y hasta 2019, el voto blando, constituido por gente que ya no piensa sufragar por el MAS, pero no se pasó a las filas de la oposición tradicional. Aplaude algunos logros del gobierno actual, pero le incomoda su carácter autoritario y le indigna la decisión de Morales de desconocer la voluntad popular del 21F.


El MAS no pierde la esperanza de reconquistar a este grupo con megaobras, lo que significa que ignora que el elector blando aprecia valores democráticos, coherencia y consecuencia. Sin embargo, sabe que no votará por los jefes políticos del pasado, lo que le favorece ampliamente. 


El espectro electoral del momento no termina ahí. En medio de los duros y blandos está el voto posible, que se manifestó el 3D a través del voto blanco. Para los masistas, este grupo es recuperable porque sus integrantes no se han ido del todo y no simpatizan con la oposición nacida en el siglo pasado. 


El votante posible preferiría un nuevo político y si no lo encuentra, es probable que vuelva a sus viejos amores o se abstenga. 


La oposición también tiene su voto duro, es el otro tercio, pero a diferencia del masista no lo une un partido o un líder, sino su sentimiento anti-Evo. Ahí está su gran debilidad, pues el rechazo visceral no seduce a los otros votos. Pero tampoco ya seducen los ‘agentes evangelizadores’ del MAS; lo que significa que el voto pensamiento, que ronda entre el 35 y 40%, quedó por ahora huérfano. 


Andrés Gómez Vela es periodista.

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