Columna vertebral

Nación y mitos

domingo, 25 de junio de 2017 · 00:00
Una nación es una comunidad imaginada, es el resultado de una construcción que establece de manera arbitraria y discrecional un conjunto de elementos que justifican su existencia, que la explican y que permiten a la sociedad que la conforma sentirse parte de ella. La pertenencia es uno de los elementos claves que le dan sentido a la idea de patria. 
 
La historia muestra que el proceso de conformación de las naciones ha pasado por diversos estadios, la mayoría de ellos en algún momento como centro o parte de un modelo imperial y casi siempre con delimitaciones geográficas, jurídicas y políticas cambiantes, de crecimiento, reducción o incluso fragmentación de espacios en comparación a la conformación de las fronteras contemporáneas. Muchas de esas comunidades cambiaron de denominación, nacieron, se desarrollaron o incluso perecieron, dejando de ser las entidades que en algún momento habían querido permanecer idealmente.
 
Con más frecuencia de la que muchos quisieran, fueron los citados poderes imperiales los que definieron el destino de sociedades cuyos referentes identitarios pasan inevitablemente por diseños geopolíticos y estratégicos, y por supuesto, por intereses económicos que establecieron realidades políticas que no respondían a los intereses inmediatos de sus habitantes, sino a los requerimientos de la potencia dominante. Otras muchas naciones surgieron a la independencia después de trazos arbitrarios en los mapas, pasando por alto la necesidad de entender las complejidades culturales y étnicas de quienes quedaban "atrapados” dentro de las nuevas y jóvenes naciones, en el corsét que los obligaba a entenderse a sí mismos de un nuevo modo.
 
Estos procesos han estado siempre acompañados de una lectura de la historia que explica y justifica y han marcado percepciones sobre la realidad que, frecuentemente, y sobre todo cuando la ideología nacionalista ha sido más recalcitrante, por oposición a los otros. En el extremo, las peculiaridades lingüísticas, las tradiciones culturales, las creencias religiosas y por supuesto, el origen étnico, han llevado las cosas a la total irracionalidad. El otro, el diferente, el que tiene una visión de mundo y una concepción espiritual contraria a la mía, es el enemigo. La patria en esos contextos es, como la fe, como la ideología, un dogma que conduce inevitablemente a la confrontación o peor, a la negación de aquel que no expresa el ritual con la intensidad y la convicción que el Estado exige.
 
 Todos los seres humanos tenemos una querencia, casi siempre vinculada a nuestro origen, al vientre que nos cobijó, al lugar donde están enterrados nuestros muertos, al paisaje en el que crecimos, al entorno inmediato en el que nos formamos. Una querencia lógica que nos acerca a ese lugar por encima de los demás. Esa ligazón se ha extrapolado a una región y a un país, a su bandera, a su escudo y a sus símbolos y, con mayor peso del deseable, se ha convertido en un imperativo.
 
Para ello se ha construido la narración de un pasado que nos enlace con unas remotas raíces y que propone una lectura sobre la nación que, a pesar de estar entrelazada con sociedades que hoy son otras naciones, establece un hilo conductor. Nada tendría de malo el que esa trenza del pasado se mezcle y se separe, se pierda y se encuentre, si en el camino no generásemos invenciones letales en torno a nuestra singularidad, o si, en otra dimensión, el recuerdo de ese pasado no hiciera sino alimentar rencores y cuentas no saldadas que deben ser reparadas o vengadas referidas a la discriminación, la exclusión y el abuso por razón de color de piel o de determinadas creencias. 
 
Entre los mitos de esas identidades específicas está siempre la tentación de la superioridad, sea esta racial, cultural o de valores. La idea de la pureza puede pasar por la delirante propuesta nazi o seguir por la teoría absurda de que hay culturas de la vida y culturas de la muerte, o culturas superiores e inferiores basadas en categorías inventadas. Otros mitos establecen la idea de realidades tan distintas dentro de un espacio nacional, que "no hay otro camino” que la  autodeterminación que conduce inevitablemente a la independencia para librarse de la "sujeción”.
 
Las realidades nacionales de hoy son nuestros referentes, son sin duda piezas para la edificación de un presente y un futuro que busque el bienestar de todos (que, seamos francos, es lo mismo que el vivir bien), siempre y cuando no desquiciemos las cosas al punto de que la Patria se convierta en una religión. Si es verdad, aquello de que lo que está pendiente es el gran proyecto de integración entre todos los latinoamericanos, es tiempo de entender que todo nacionalismo  es el potencial caldo de cultivo de una hecatombe.
 
 Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.
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