Soundtrack

Soundtrack
Soundtrack
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domingo, 28 de enero de 2018 · 00:07

Marcelo Urioste tenía una voz peculiar, honda, dura, visceral, cantaba con el pelo sobre la cara y como desde dentro de su guitarra. Era 1981, con él estaban Juan Carlos Loro Orihuela (grande cantautor, su Estatuto vital es estremecedor) y Pablo Muñoz. Escarbando en mi biblioteca encontré tres poemarios suyos y el programa de un concierto en el Goethe con las letras de sus canciones. Una de ellas dice: “Hija Mía/ Estoy feliz como un trébol/ al ver que has dado a tu madre/ ritmo de luna creciente”.

Soundtrack se llama la obra singular de esa hija que le dio a su madre ritmo de luna creciente. “Quiero mover los hombros y acariciar mis senos y mi cuello, enredar las manos en mi pelo mientras bailo”, es un fragmento de la palabra Streaptease de su ‘glosario de términos relacionados’, un fragmento que explica esta escritura única en la que, de la A la Z, Camila engarza como las pequeñas perlas de un gran collar cada una de las cosas relevantes del vivir. Entiendo que la literatura, aquella que entra y se queda, es el acto lento y consciente de desnudarse, de sacar prenda por prenda todo aquello que cubre y mostrar lo interior.

Entiendo entonces que no hay cosas importantes y cosas banales, que como la colcha y sus retazos, cada uno con su color, su sabor y su olor, éstas son partes inescindibles de la vida. Perder una chamarra, oler el cuerpo del ser amado, recorrer una calle, recordar.

Podría pensarse que un diccionario, una secuencia de letras, una sucesión de palabras, se convierten en reflexiones o descripciones deshilachadas; pero no, Soundtrack es una novela, no porque trate de subvertir o negar el género, sino porque es una gran historia, su historia, porque el rastro es una estela marina sobre el amor y el desamor, porque el perfil de la nariz y la sombra de los ojos importan. 

Importa cuando Sebastián llora desconsolado por la muerte de una ballena azul y ella, su madre, llora con él; importa cuando odia una expresión, o recuerda una noche de juegos en Los Pinos, o el Socavón donde escucha a Loukass. El tiempo que no tiene comienzo pero siempre –irreversible– se acaba, revive de modo circular todo lo que importa. 

En Soundtrack no hay concesiones, hay una mujer entera, implacable consigo misma. Su cuerpo es el eje desde el que parte y al que llega, las sensaciones tienen siempre que ver con lo corporal, pero mucho más lejos de los huesos y la piel y la respiración. “Los hombres entran en los cuerpos como entran en las casas, sólo entran, sin preguntarse quién estuvo antes, ni quién dejo qué ahí adentro”, sentencia.

La vida es un ovillo, si encuentras la punta puedes comenzar a desmadejarla. “Yo estoy en otro tiempo, para mí la resistencia es esto, comer juntos; cocinar rompiendo huevos y cortando tomates; estar sola aunque llueva…” . Los recuerdos son parte de la piel, parte de las manos, parte de los dedos que tocan, son pedazos reinventados de lo que fue. Camila Urioste no le teme al estilete ni a la miel, no se detiene ante nada que pueda dar una imagen “incorrecta” y ese es su punto y su ritmo. No en vano el título del libro. Es como si se pudiera vivir con unos audífonos y escuchar a Nina Simone por siempre –en mi caso su versión de Don’t let me be misunderstood–, y Spinetta y J. Joplin y Pink Floyd y Radiohead, y vincular un fragmento de lo que fuiste con un son, con una parte de aquella música que ayudó a hacerte lo que eres. Una y otra vez Camila acompaña el texto con la música. Hay que probar de leerlo con cada una de esas canciones escogidas con ternura, que son, como debe ser, “toda” la música. 

Además de ponerse “china” con un poco de maría, o sentir el color violáceo del vino en las venas y saber que algo se ha acabado para siempre, traduce la sensación de estar en una mudanza perpetua, pero sin olvidar nada. El viaje antes de casarse, la pasión, el desencanto, el fardo enorme de una pareja imposible. Por contra, rondando siempre, página sí página no, el verdadero amor que comparte la luz, las agujas arcillosas de Llojeta, las sombras nocturnas de un auto, la sensación picante de una barba sobre el pecho… 

En Soundtrack están también la infancia, los abuelos, la huerta y el Santico de roncos silencios aymaras. Está siempre la muerte que es una voz permanente. Marcelo, su padre, que al morir ha quebrado su infancia. “El día en que muere mi papá en un hospital de Estados Unidos, mi mamá encuentra un papel doblado bajo su almohada… lo guardo en mi bolsillo. He tenido ese papel guardado en mi bolsillo desde hace veinte años”, escribe Camila. “Tu nombre está incendiándome la piel / con huellas de febril evocación: / tu nombre es el cemento de mi ser”, escribió enamorado su padre en 1987.

Soundtrack me pareció al principio un laberinto. No lo era. Es, como Rayuela, un camino mágico para encontrar a un ser humano, para encontrarse uno mismo en el dédalo de la memoria, que mientras uno vive parece infinita, aunque el tiempo la arrugue y desarrugue caprichoso. Camila Urioste me ha llevado, como con un báculo, por esos pliegues. 

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.

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