Chiquitos, las raíces compartidas

Chiquitos, las raíces compartidas
Chiquitos, las raíces compartidas
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domingo, 22 de abril de 2018 · 00:07

Nuestra Constitución indica que Bolivia se constituye en un Estado Plurinacional y afirma que “dada la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos” garantiza su cultura.

Uno de los objetivos de esta visión es la recuperación de los valores, tradiciones, cosmovisión y fuerza cultural indígena, construidos antes de la llegada de los europeos a nuestro territorio. Puso en valor una riqueza plural y eso fue un gran logro, pero reabrió también un viejo, y estéril debate en torno a la antinomia construcción-destrucción y a la lectura maniquea de claros-oscuros y buenos-malos que pretendía la descalificación de todo el periodo colonial, y, en esa dinámica, buena parte o todo el periodo republicano.

Una premisa muy fuerte es pretender que es no sólo posible sino necesario rescatar la “pureza” de la tradición indígena prehispánica y darle brillo, y esplendor. Para conseguirlo hay que encontrar las raíces primigenias de cada pueblo y, a partir de ellas, fortalecer o, incluso, construir identidades. Se dio por evidente que ese camino conduce en todos los casos a un punto de partida anterior a 1535.

Pero un día no muy lejano se escuchó desde las profundidades de la llanura chiquitana el sonido de un violín, poco a poco se le sumó un grupo musical integrado por instrumentos de cuerdas que tejía una entrañable melodía que inundó las pasturas, las naves de unos templos peculiares, las plazas soleadas y cálidas de unos pueblos tranquilos, ordenados, y acogedores y se apropió del espacio hasta inundar los espíritus de todos. ¿Era una incongruencia? ¿Se habría instalado en San Javier, en Concepción, en San José, en Santiago… alguna orquesta de cámara llegada del otro lado del Atlántico? Cruzando el velo del misterio lo que encontramos es a niños, jóvenes y adultos chiquitanos acariciando sus instrumentos, eso que no es otra cosa que producir sonidos armónicos que hacen un concierto.

En el centro de América del Sur, en un lugar conocido geológicamente como parte del escudo brasileño, en una tierra que es uno de los lugares vitales del departamento de Santa Cruz, y en consecuencia latido dinámico de Bolivia, en pleno siglo XXI, el retorno a las raíces combinó algo que no está en el espíritu último de la ideología del Estado Plurinacional, tal como está concebido y propuesto en la Constitución de 2009.

Los indígenas chiquitanos nos dan una lección inolvidable, aquella que debiera ser el modelo para todos. Sus raíces, igual que las del occidente andino, tienen un punto de partida y varias ramificaciones que construyen un mismo tronco. Para vivir el presente y mirar el futuro es imprescindible una convivencia serena con todas. Hubo, cómo no, un principio originario en el que los pueblos de Chiquitos y de Moxos (el fenómeno es equivalente y deberá ampliarse al departamento del Beni) construyeron un mundo propio y rico del que han heredado lenguas, culturas, modos de vida, y de construcción social colectiva.

En el siglo XVII llegó Europa a sus vidas en la peculiar forma de las misiones jesuíticas a imagen y semejanza de la ciudad de Dios agustiniana, y su mundo cambió para siempre. Cuando Santa Cruz cobró fuerza y se convirtió en el gran polo de atracción, y desarrollo económico del país, trabajó con ahínco en la recuperación de sus propias tradiciones, una de ellas, quizás la más importante, la de su pasado misional. Medio siglo después, el esfuerzo dio sus frutos.

¿Cuál es la diferencia entre la mirada al pasado de los chiquitanos y la de los pueblos andinos? Que es perfectamente posible, necesario en realidad, aceptar las dos raíces y asumir ambas como propias. Para un niño chiquitano el sonido de la música barroca, el aprendizaje del violín, la profunda fe religiosa expresada tan intensamente en Semana Santa, no son actos ajenos, son actos propios. Fabricar un instrumento de origen europeo, educar la voz para formar parte de un coro, aspirar a integrar una orquesta para poder compartir con grupos internacionales invitados a ese gran acontecimiento que es hoy el Festival Internacional de Música renacentista y barroca, es un desafío, un orgullo, algo natural.

 Mientras el Carnaval de Oruro resuena en su grandiosa belleza siempre envuelto en viejos resquemores y forzadas negaciones; las miles de partituras que circulan en los templos de misiones se preservan con cariño. Para un chiquitano no cabe la pregunta de lo propio y lo ajeno, el pasado anterior a las misiones es propio, el pasado misional es propio ¿A quién se le podría ocurrir la peregrina idea de preguntarle a un chiquitano por qué toca el violín? La respuesta es evidente, toca el violín y ama la música barroca porque es su instrumento y es su música, porque forma parte de él y él forma parte de ella…  

Carlos D. Mesa Gisbert fue  presidente de Bolivia.

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