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Nostalgias: los sacrosantos 12 platos

miércoles, 12 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
No hay duda que me gusta comer, creo que quien no goza el placer de la comida es un  k’aima  sin vitalidad. Desde chango me gustaban muchos platos pero creo que en la Semana Santa el espíritu religioso de nuestras madres exageraba al querer hacernos comer una cantidad de cosas que no siempre eran sabrosas.

 A veces, en vez de tener  12 alegrías,   por la cantidad de comida, teníamos   que sufrir  12 tormentos. Mis amigos rabiaban porque los obligaban a engullir ají de celofán (ají de cochayuyo), que se les trancaba en la garganta; otros decían que eso parecía jarabe de yodo. Yo, en descargo de mis mayores,   debo decir que siempre   me ha gustado el ají de cochayuyo; pero así como estaba a favor de este último, no podía ver el ají de bacalao; me bastaba recordar el aceite de bacalao o imaginar la Emulsión de Scott para creer imposible que fuera apetecible un ají de ese pescado tormentoso.

 Mi memoria "larga” me indica que el queso humacha nos lo daban preparado con una hierba que se llama tucus-tucus; mi memoria "corta” me dice que esa hierba fue desplazada por la chijchipa y, después, por la huacataya; es con esta última que prefiero esa delicia.   De niño siempre me gustaron las arvejas, pero duras y para usarlas de munición para sopletear los  t’usus  de las chicas en las  Alasas,  pero en la Semana Santa me las daban en ají de arvejas. A los excesos gastronómicos del ají de arvejas o de  alverjas,  como decía la mayoría, le sumaban una nogada o locro de "iscariote” o lacayote, que a mí me parecía un zapallo que nunca había   madurado.   Ah, y de yapa, se ensañaban   en hacernos comer unos rellenos de achojchas que nunca me supieron sabrosos. En cambio, un pejerrey rebosado o unas boguitas fritas era muy interesante servirse, acompañadas con unas cayas adornadas con ají amarillo.

 La papa debe ser el centro de nuestra cultura, por eso no me sorprendía que dentro del rito nos den a comer papas a la huancaína, es más, debo decir   que si   éste era el primer   plato, lo comía con convicción y sin   la mañudería de acudir a la ayuda del perro o de pasar una porción al plato de cualquier vecino de la mesa.

 En cambio, lo que me parecía   un exceso de la cultura andina era que nos den ají de papas, de esas papas chiquitas con las que se debe hace chuño. Pero, la comida no acababa ahí, porque después de todo lo descrito, teníamos que lidiar con la nogada o locro de zapallo que, sin ser fea, me parecía que no tenía una gran personalidad culinaria como para estar presente en esos rituales.

 Aunque muchos mayores lo eludían, porque decían que era muy fresco y que podía conducir al cólico, los changos teníamos que sufrir con el ají de papalisa, que más bien parecía ají de papa  k’acha  o de papa goni, como se decía en los tiempos neoliberales.   Pero si la  papalisa   era sufrimiento, el chupe o caldo de camaroncillo era digno de servirse. Siempre   en una sopa blanca, con algo de leche, arroz y papa. Hoy prácticamente la modernidad y los transportes refrigerados están matando al chupe de camaroncillo seco; en su lugar aparece un nada confiable camarón fresco, culpable de muchas correteadas al baño que he tenido en las últimas semanas santas que he pasado en La Paz.

Se dice que a los changos les gustan, o nos gustaban, mucho los postres, debo admitir que eso en general es y era cierto, pero como la excepción hace la regla, en Semana Santa, y luego de ocho o nueve platos, el postre se convertía en otro   martirio de la cristiandad. Quizás el dulce-empanada, por su pequeñez y por venir en un papelito parecido al suspiro, no haya sido el gran tormento; creo que tampoco el arroz con leche haya ganado la unanimidad en contra, pero lo cierto es que todo llegaba al colmo cuando venía  la hora de comerse la compota que, dicho sea de paso, siempre   me ha dado la impresión de ser algo especial para enfermos u operados.
 
Desde que tengo memoria, he visto siempre   a la compota en las clínicas y hospitales, por eso yo no podía   admitir que la eleven a rango de postre, menos en esas circunstancias en que uno estaba al borde del desmayo por el exceso de comida.

Así pues, si Cristo tuvo su martirio, a nosotros los changos nos tocaba  el martirio, no de cargar una cruz,   sino de engullir con los 12 platos de   Semana Santa. No sé de dónde   sacaban tanta imaginación  nuestras madres para inventar tanto plato sin recurrir a la carne. Pero, más allá   de esa imaginación, yo para mis adentros   me preguntaba qué tenía que ver la muerte de Cristo con la necesidad de que nosotros nos comamos los 12 platos. Todavía tengo la pregunta, pero debo reconocer que –ahora que estoy cargado de años- me gustaría ir a una casa en la cual en Semana Santa sean fieles al cumplimiento de la costumbre de comerse los 12 sacrosantos platos. 


 Carlos Toranzo Roca es  economista y analista.