La cultura de la victimización

La cultura de la victimización
La cultura de la victimización
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miércoles, 31 de enero de 2018 · 00:06

En el plano internacional la existencia de la Bolivia republicana ha sido marcada por varias guerras y pérdidas de territorio. La Guerra del Pacífico condujo a la pérdida del litoral con Chile. La Guerra del Acre con Brasil llevó a la pérdida de territorio en el norte del país. La Guerra del Chaco hizo que perdamos territorio   en el sur. Estas guerras y las consecuentes pérdidas territoriales han generado, y generan aún, una fuerte desconfianza sobre los vecinos, lo cual dificulta el desarrollo de políticas internacionales compartidas. 


 Bolivia no cree en los países vecinos, entiende que somos víctimas de ellos. La cultura prevaleciente, después de las guerras, es de la desconfianza sobre esas naciones o hacia otros países, aunque sean de ultramar, a quienes se ve con un interés de robo, saqueo, expoliación o de expropiación de los recursos naturales. Si alguna nación desea establecer relaciones con Bolivia, el país se inclina a preguntarse ¿cuáles serán las malas intenciones del otro? ¿Se indaga qué quiere el otro? ¿Qué territorios, de qué recursos querrá apropiarse? 


 La cultura del despojo y de la victimización está muy presente; por tanto, la actitud frente a los otros es de desconfianza, de duda. Esa cultura del saqueo se liga a una cultura de la victimización, siempre somos víctimas de alguien, de la conspiración de otros y, por tanto,   no poseemos la capacidad de analizar las limitaciones o errores propios; no, los culpables siempre están afuera. 


 En la política doméstica, el poder dice que no comete errores, sino que otros son culpables de los desaciertos de los gobiernos. Es una idea reiterativa del poder actual la de presentarse como víctima de los ricos, de los k’aras, del imperialismo, del neoliberalismo.   Pasan 12 años de un gobierno del MAS, pero éste en lugar de reconocer sus fallos, explica que todos sus tropiezos son culpa del imperialismo, del neoliberalismo; que por ser un país pobre, esos poderes nos humillan, que lo hacen desde hace siglos.


 Bajo esos parámetros culturales, la geopolítica en Bolivia no puede ser entendida como la construcción de la paz, sino como recuerdo de la guerra y como la necesidad de reintegración territorial soberana –así dice la actual Constitución-, la misma que no puede pasar por acuerdos pacíficos, por diálogos bi o multilaterales, porque el poder imperial siempre aplasta a los pobres como el pueblo boliviano; sino que   debe transitar por el restablecimiento de la violencia, que es   el  método que usaron otros para apoderarse de los recursos de los bolivianos. 


 Acudir a tribunales internacionales es la excepción, siempre aludiendo a la idea de la victimización.

Para nosotros, el diálogo, la concertación, los pactos con los otros son siempre una trampa, son una conspiración contra un país débil, al cual pretenden quitarle sus recursos naturales o humillarlo. Esa duda en los acuerdos, vía diálogos, incita a creer que la violencia es el camino de la reintegración territorial.


 En este contexto de desprecio de acuerdos pacíficos, cabe preguntarse ¿quién puede usar la fuerza contra otros, contra los vecinos para lograr la reintegración territorial? La respuesta es que solamente las Fuerzas Armadas lo podrían hacer y no los civiles. Esa es una idea fuerza de la cultura boliviana, pero en un país tan débil, con Fuerzas Armadas destartaladas y obsoletas, esa es una idea ilusoria, -después de Haití somos la nación más frágil de América y el Caribe-. 


 Es un sueño acudir a la fuerza para lograr la reintegración territorial, eso sólo se lo podrían creer interesadamente algunos militares que no logran mirar bien el mundo y que tratan de legitimarse en una nación donde están deslegitimados. Pero ese es el   imaginario que cotidianamente   desarrollan las Fuerzas Armadas, ese es el breviario de los cuarteles; a través de él,   las Fuerzas Armadas desean adquirir un rol de importancia en   Bolivia. Con base en esa idea, además, las Fuerzas Armadas   argumentan que no sólo cuidan las fronteras, -las que por cierto, están abandonadas-, sino que potencialmente podrían ser quienes consigan la reintegración territorial. 


 Ese marco discursivo cala sólo en los militares, ellos quieren creer que ése es su rol, por eso se sienten a sí mismas patriotas. Pero la idea del uso de la fuerza para lograr la reintegración territorial es sólo una mala ilusión, pues nuestras Fuerzas Armadas pueden ser espantadas por un grupo de boy scouts del Brasil. Mientras no quede atrás la lógica de la victimización, Bolivia, en especial el poder, no podrá   admitir los cientos de desaciertos que comete, pero que los oculta culpando a otros.

Carlos Toranzo Roca es economista.

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