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Discordancia de conductas, afuera y adentro

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miércoles, 28 de marzo de 2018 · 00:07

No sólo se trata de una crisis del exceso de clientelismo y del prebendalismo estatal; lo que vive Bolivia es más profundo que eso, se trata de la degradación moral del poder por ausencia de ética, por la pérdida total de los valores que guían la convivencia cotidiana.


 El poder, los esfuerzos por mantenerlo, la angurria de poder  ha cegado a los gobernantes, quienes viven no para buscar el bien común, ni para solventar las necesidades de la gente; ellos viven para acumular, para endiosarse y hacernos creer que son los predestinados de llevarnos al futuro, cuando en realidad nos han hecho retroceder en valores. 


 El poder que es ciego no ve la realidad, sólo mira su imaginario y los obsecuentes se encargan de tapar el sol con un dedo para decir al Supremo que todo marcha sobre carriles y que el mundo le agradece por ser el mejor de los bolivianos y de los latinoamericanos, porque hará la revolución social y moral mundial, comenzando por enseñar al orbe que el agua es un derecho humano. ¿De quién? De los bolivianos no lo es.


 Llegaron como portadores de los nuevos valores, del hombre nuevo, discursaron sobre la ética, sobre el cuidado de la Madre Tierra, la valorización de los indígenas. Traicionaron sus palabras. En 12 años la corrupción es más grande que en el pasado, el respeto a la Madre Tierra no existe, se impone el desarrollismo extractivista. Importa hacer carreteras en parques nacionales para ampliar la frontera agrícola en favor de los cocaleros, centro del poder actual. A los indígenas los reprimieron y los “interculturales”; es decir, los cocaleros les quitan sus tierras.


 Se llenan la boca hablando de inclusión social, -aplaudida por la cooperación internacional-, expresan que ahora el poder y la administración pública está en manos de sectores populares. Olvidan decir que en manos de dirigentes sindicales, de dirigentes del MAS, de dirigentes vecinales con prontuarios; ninguno de ellos con el  expertise  necesario para manejar las competencias de sus cargos.


 Cooptados con  salarios exorbitantes pero sin tener idea alguna de la administración pública, cooptados con dinero excesivo, como los dirigentes de la COB. En todos los países hay cambio climático, pero sólo en Bolivia los funcionarios no se dan cuenta de ello, porque trabajan para adular al jefe. Al igual que en la época de la democracia pactada, la administración pública está cuoteada en favor de sus clientelas. Estamos viviendo la crisis del clientelismo y prebendalismo estatal, generada en la ausencia de valores.


 La degradación moral muestra claramente cómo con sofismas nos quisieron hacer creer que en el caso Zapata no hubo tráfico de influencias, que en el Fondo Indígena no hubo corrupción, sino sacrificio por los más pobres. Insisten en hablarnos de austeridad volando en aviones millonarios, pagando viáticos a los dirigentes sociales para realizar diplomacia de los pueblos apoyando a Maduro.


 Quieren sembrar nabos en nuestras espaldas haciéndonos creer que no   existe cogobierno con las Fuerzas Armadas. Nos dicen que son de izquierdas pero  sus  principales aliados son los empresarios de la agroindustria cruceña. Es cierto, en algunos países todavía se habla de Bolivia, pero no para decir que en nuestra nación hay inclusión social, sino para expresar que aquí no hay normas, no existen instituciones, no hay respeto a la Constitución, ni a los resultados de los referendos.


 Nos piden unidad en las movilizaciones por la reivindicación marítima, pero falsean la bandera de la reivindicación y colocan los colores del MAS. La paradoja es que en aquello que nos une, ellos nos quieren dividir. Los bolivianos hemos escuchado al equipo jurídico que defiende  a Bolivia en La Haya.

Nos ha quedado claro que todos los diálogos, reuniones o acuerdos deben estar fundados en la buena fe, pero es eso precisamente lo que se ha violentado desde el poder en Bolivia. 


 Los alegatos bolivianos en La Haya nos hicieron entender que las promesas de  los gobiernos y de los negociadores de Chile, unilaterales o no,  durante 100 años, les han creado la obligación de cumplir dichas promesas. Para la aprobación de la actual Constitución, Evo Morales dijo que no se reelegiría, pero forzó una interpretación anticonstitucional para reelegirse; no cumplió su promesa. 


 El propio Morales convocó al referendo del 21 de febrero de 2106. Afirmó que si no ganaba se iría a su casa. No cumplió su promesa, más todavía, usó a su Tribunal Constitucional para que intérprete  el Acuerdo de San José de Costa Rica y se “respete su derecho humano”  de reelegirse eternamente.

Todo esto quiere decir que no hay concordancia entre lo que se afirma afuera y los actos que el poder realiza dentro del país. Esa discordancia daña a la democracia boliviana y a todo el país.  

Carlos Toranzo Roca es economista.

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