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Un poder decadente

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miércoles, 20 de junio de 2018 · 00:07

Sí, viajó a otro Mundial, cargando su camiseta N° 10 y un infantilismo futbolero que no puede aguantar. Todos sus obsecuentes lo justifican. Dicen que está trabajando incansablemente, pero se lo ve en las graderías de algún estadio de Moscú o jugando con la mascota del Mundial.  Es que no sólo hay que ser honrado y modesto, sino también hay que parecerlo, pero nada de eso pasa con el viajero.  Tenemos la suerte de que los mundiales no son cada dos años, pues si así sería,  el gasto del erario público sería mayor.

 Pero el viajero, junto a su tropa, llegaron al poder planteando que era la hora del hombre nuevo, de la ética, de la transparencia, del respeto a las mujeres, a los indígenas y a la Madre Tierra. Aseveraron que iban a dejar  atrás los desastres morales del neoliberalismo y la ausencia de ética del mercado.  Muy pronto se notó que tenían pies de barro. El caso de Santos Ramírez era apenas la punta del ovillo que no acaba aún; los favores al clan Terán mostraban que la ética no estaba presente, sino que el narcotráfico era muy visible, estaba muy cerca al Gobierno. 

 Prometieron austeridad frente al despilfarro del erario público hecho por los neoliberales, pero muy pronto se veían caravanas de coches lujosos resguardando a los ministros; caravanas de coches muy lujosos cuidando al jefe. Junto al dueño del poder corren decenas de guardaespaldas, de coches blindados y, por si fuera poco, el dispendio aumentó con helicópteros y el avión que fue usado por el Manchester United. 

 La austeridad se transformó en lujo, pero no bastaba eso, se convirtió en un museo propio para el jefazo y en un nuevo palacio para poner incienso a su figura. No cabe duda que estamos ante un inocultable culto a la personalidad, ante el cual se inclinan de rodillas todos sus obsecuentes, es que la obsecuencia parece ser la única forma de estar en el poder y no perderlo. Para que no haya problemas de liquidez para el despilfarro se eliminaron leyes de licitaciones para las grandes obras y aparecieron las invitaciones directas como forma de administración del presupuesto público.

 Hoy día no da rubor en el oficialismo que hayan huecos frecuentes en el  Banco Unión, que haya cuentas no claras en el Fondo Indígena, que no se aclare los temas de los taladros en YPFB, que la corrupción haya invadido a la Caja Nacional de Salud. Pero los líderes del proceso de cambio miran a otro lado cuando se producen los actos de corrupción, o se tranquilizan diciendo que solamente son actos de microcorrupción. También se tranquilizan afirmando que en el país no están presentes los cárteles del narcotráfico, cuando todos sabemos que eso no es evidente

 A los jóvenes les dijeron que era un error estudiar en la universidad, que era mejor ser dirigente sindical o de los movimientos sociales para llegar más rápidamente al poder. De esa manera se sienta un pésimo precedente para la juventud, a la que se le aconseja no estudiar porque el camino más directo al poder y a la acumulación es ser parte de la maquinaria del gobierno y de su partido. Se eliminó la vieja independencia sindical y los dirigentes cobistas o de otros movimientos sociales fueron cooptados, no con valores, sino con fajos de billetes, con autos, con hoteles para que hagan loas al Gobierno.

 Los funcionarios públicos, los ministros aprendieron que para seguir recibiendo el favor del jefe no había que administrar bien el cargo público, sino que se debía ser profundamente obsecuente; prenderle velas, hablar de él maravillas, compararlo con Mandela, aseverar que él es el que cambiará al mundo, que apagará los fuegos del calentamiento global y que dotará de una nueva ética al universo.

 Todo lo que vivimos en estos años es no otra cosa que una degradación moral del poder, su decadencia. Pero como el poder es ciego, seguirá intentando funcionar como lo hace ahora, apelando a elecciones con el jefazo como candidato o descartándolas si intuyen que pueden perder. Está claro que los valores no existen, que la ética se evaporó y éste es el peor de los mundos para una juventud que debería basar su vida en el apego a los valores.

 

Carlos Toranzo Roca es economista.

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