Resolana

La vida después del desastre

miércoles, 26 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
Los últimos meses en varias regiones del país pasamos de los lamentos por la sequía a las quejas por las inundaciones. Hace apenas tres años, el 2014, en los departamentos de Beni y Pando cientos de agricultores y ganaderos tuvieron que lidiar con las crecidas de los ríos que anegaron plantaciones. 

 En esa oportunidad escribí: Las consecuencias devastadoras de las inundaciones despiertan la compasión y la solidaridad de la población, pero también muestran lo mal preparados que estamos para enfrentar lo que provocamos. Los presupuestos municipales, departamentales y nacionales no contemplan o lo hacen insuficientemente, recursos para atender emergencias; una institucionalidad deficiente que se paraliza o se atropella o se corrompe cuando enfrenta situaciones de desastre; la respuesta adormecida de poblaciones que viven lo mismo, año tras  año y desde hace décadas; grupos de emigrados forzosos que encuentran en la precariedad de las carpas y de la solidaridad temporal un modo de vida…

 Y ahora es imprescindible volver al tema. En la misma región del norte del país la recolección de cacao ha sido mínima comparada con años anteriores. En Pasorapa y otros municipios de Cochabamba la sequía es prácticamente endémica. En el Chaco, donde suele haber sequía, los primeros meses del año hubo inundaciones. En Pando este año 2017, además, se dio a conocer la crítica situación de la castaña, disminuida en la producción y recolección que, por cierto, no es reciente, sino que viene de varios años atrás. 

 Por todo eso y por situaciones similares clamamos que "el clima está loco”, pero parece que los locos somos los seres humanos. Hay gente que habla de desastres naturales que son, en realidad, desastres antinaturales. La línea ecologista dice que no hay tales desastres naturales, sino consecuencias de las devastaciones que los humanos producimos arremetiendo contra la naturaleza para luego culparla de sus desbordes. 

 O para actuar con amnesia y demencia ante la realidad. En el libro compilado por Josep Barnadas y Manuel Plaza Mojos, seis relaciones jesuíticas. Geografía, Etnografía, Evangelización, que compila escritos de jesuitas sobre esa región entre 1670 y 1763, pueden leerse las descripciones de los cronistas sobre el clima y el suelo de esa región, repitiendo que es lluviosa y anegadiza varios meses al año y no apta para cultivos regulares. Una información que nos fue entregada hace cinco siglos y que nos seguimos negando a entender. 

 En varios de los casos que ocurren en el país, el efecto de la mucha y concentrada lluvia o de la sequía o de los incendios se agrava especialmente debido al chaqueo, a la deforestación, al mal manejo de los bosques, al crecimiento de la mancha urbana, al desborde de la basura de toneladas de plástico y a la expansión de la frontera agrícola. Si hay quejas entre las poblaciones, imaginemos qué nos dirían los animales del monte, espantados, arrinconados, hambrientos y expulsados de su hábitat. 

 Todos son actos irracionales e inmisericordes de la obra humana de quienes, consciente o inconscientemente, aplicamos un modelo de desarrollo que no se plantea la ecuación básica de replantar y de volver a sembrar aquello que se cosecha o explota ni entiende ni asume que desarrollo no tiene porqué ser sinónimo de destrucción de la naturaleza. 

Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.