Alí Babá quiere una selfie

lunes, 23 de octubre de 2017 · 00:00
 Alí Babá no era ladrón. Era más bien el campesino pobre que un día, mientras trabajaba su tierra, descubrió a los 40 ladrones que, "¡ábrete sésamo” -Abracadabra patas de cabra-,  se internaron en las entrañas de la montaña donde escondían el inmenso botín producto de sus fechorías. Al ver semejantes tesoros –pobre-, el bueno de Alí Baba se llevó un par de –"insignificantes”- monedas de oro que, digo yo, lo convirtieron en ladronzuelo. Pero ni el cuento infantil ni Alí Baba lo creen así y quieren, más bien, salir en la foto. 
 
Porque en el cuento infantilizado, Alí Baba es el bueno de la película al que una bella esclava lo salva de las maldades que pretende el jefe de los bandidos para deshacerse de él, que ha descubierto la cueva de los tesoros. En la versión original hay un tipo descuartizado y varios achicharrados. Y en la vida real, originaria y ordinaria, Alí Babá tiene el pedestre nombre de Juan Pari Mamani y se cree ladrón que roba a ladrón capitalista, ayudado por su compinche hechicero.
 
 Alí Baba Pari Mamani, aymara residente en la populosa zona de Alto Chijini, en la hoyada paceña, de rostro moreno y regordete, experto en auditorías financieras, era él mismo un mago que –Abracadabra- hizo desaparecer varios "insignificantes” millones de las bóvedas de un banco estatal. 
 
 Alí Babá Pari Mamani, igual que el original Alí Babá persa, descubrió por casualidad, dicen las indagaciones oficiales, el modo de hacerse con el botín. Pero en vez de darse a la fuga u obrar con discreción –quizás por influencia de una reciente telenovela de nombre Gabriela- optó por la ostentación, esta vez más grande, más pública, proporcional al estatus social popular que gracias a Evo –"gracias a Dios”, dice Alí-  ha invertido la pirámide social. 
 
De modo que Babá Pari, infartado de billetes, no compró lo que sus ojos vieron, sino todo aquello que alguna vez vieron y no pudieron tocar: un mercedes Benz, un vaso de whisky, carne rubia y un boleto de entrada al Hard Rock Café, que ahora le canta el happy birthday y lo aplaude. ¡Yeesss!
 
Al parecer, todo se reduce al llamado mal gusto o –en términos sociológicos- a la warawa (adorno recargado de la cultura chola). Llamémosle "el exceso”.
 
Porque según los patrones heredados del colonialismo que coloca al país blanco, rubio y neoliberal en la cima del derecho al derroche millonario, las parrandas bacanales de aquella oligarquía en decadencia, así como los negocios no muy limpios, sucedían en privado, a puertas cerradas de lo público considerado de mal gusto. Eran pues ladrones de cuello blanco que no necesitaban bulla alguna para hacer saber que eran ellos los amos del universo. Las parrandas bacanales de Alí Babá Pari Mamani, en cambio, debían ser públicas. Sino, para qué tanto sacrificio. Cómo lograr el reconocimiento social largamente esperado sino a través de la apariencia y la ostentación registradas. Filmen, filmen. Selfie, selfie. 
 
Dice Carlos Monsiváis que el modo de existencia cultural de lo popular se revela en los diarios de crónica roja. Yo creo que la democracia facebookera ha hecho posible contrabandear vanidades por muy warawas que sean y que la existencia cultural de lo popular se ha democratizado –gracias a Dios-. 
 
Lo que espero –eso sí- es que el rechazo social a Pari Mamani no sea por cholo, sino por ladrón. 
 
Cecilia Lanza Lobo es periodista.
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