Crónicas de la india María

No le gusta perder

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lunes, 20 de noviembre de 2017 · 00:59

“Ganar siempre le gusta. No le guuusta hacerse ganar”, dice Esther Morales Ayma, sonriente, cálida, los dientes en un marco dorado. Es diciembre de 2008 y estamos en su casa de Oruro, rodeadas de un ambiente navideño que empapa la memoria familiar de un aire cariñoso. Habían pasado sólo dos años desde que el hermano menor de los Morales había alcanzado la Presidencia del país para sorpresa de todos, más aún de ellos mismos, los eternos marginados de la nación. 


 Por eso el discurso de la hermana Esther, por lo menos aquellos días inaugurales, era amoroso y militante recordando el carácter de su hermano, reacio a la derrota. Amoroso porque la memoria de la matriarca de la familia y del país, tenía como único registro al niño pastor de ovejas, futbolista empedernido. Y militante porque ese niño indígena acababa de hacer historia. Así, Evo no era ingrato con la familia sino que estaba casado con los movimientos sociales. Evo no era engreído, sino un hombre ocupado. Es más, el hermano presidente de Esther Morales no era siquiera celoso. 


 Antes de que su hermano se aferrase tercamente a la silla presidencial impidiendo la alternancia democrática de unos y otros en su lugar, Esther Morales tenía otro candidato. “Yo votaba por el compadre Palenque” –dice, siempre sonriente-. “Hasta ahora tengo su foto. Llegaba mi hermano y me decía: ‘Ah… esta casa… ¡casa de campaña parece!’ Y yo le decía: ‘ Tendré que bajar pues (la foto de Palenque). –No, no, que se esté nomás ahí, decía él”. Esther vuelve a reír.  Claro, quién podría sentir celos de un muerto. 


 Una década después, el hermano de Esther Morales teme hasta a su sombra. No sólo tropieza con pajaritos que amenazan con matarlo de celos, sino que tropieza con su propio discurso que solía repetir que los llamados neoliberales, hoy rockstars de Twitter, estaban muertos. 


 Los celos, sin embargo, parecen ser consecuencia de un mal mayor.


 “Era peleadorcito pues el Evo”, dice Filemón Escóbar, los ojos como platos, la gorra de cuero, la boca de coca. Es enero de 2008 en Tiquipaya, Cochabamba, y el padre político de Evo, Filemón, sufre el parricidio. Evo y los recién llegados lo han echado del partido y del Gobierno. Por si fuera poco, enarbolan la bandera de la confrontación, exactamente al revés de lo que Filemón había ensañado a su pupilo a carajazo limpio: “Yo les explicaba que la lucha de la hoja de coca era una lucha política y  no una lucha armada. Si se tomaba el camino de la guerrilla era un grave error”, cuenta Filipo, y prueba lo que dice recordando que cuando en 1997 se presentaron a las elecciones nacionales como Izquierda Unida y propusieron a Evo ser candidato, el Elegido los mandó “al-Dia-blo” . Porque él no quería saber nada de elecciones. “Él tenía inclinación hacia la lucha armada”, protesta Filipo que finalmente lo convenció: “Yo lo saqué de línea guerrillera y lo convertimos en nuestro candidato presidencial”, dice.


 Años después, ya el parricidio consumado, retruco a Filipo por el comportamiento de su pupilo.

Compungido, dice:  “Qué voy a hacer pues, él es muy jovenzuelo. Una cosa es que tú recibas información, cursos de capacitación, otra cosa es que estudies y leas” -¿Evo no lee? -“No, Evo no tiene afición a la lectura, ni a la historia del país” -¿ Puede aún enmendar los errores?, le digo. Y él, padre al fin, confía hasta el final: -“Todavía puede abandonar el escenario de la confrontación”.

Perversa, insisto: -Si no lo hizo antes ¿por qué lo haría ahora? -“Porque si no lo hace, o tú me matas a mí, o yo te mato a ti. Así vamos a acabar”. Filemón murió, en plena batalla, en 2017.


 La victoria del discurso de la confrontación, aquella de enemigo interno, que paradójicamente cebaron los militares, enemigos históricos de la izquierda, ha llevado al Presidente a mirar en cada contendiente político y su descendencia, su sombra y su trino, a su mayor enemigo. Si desde niño-futbolista nunca le gustó perder, ahora, Evo endiosado por los suyos, dueño de la pelota, el equipo y el árbitro, si no gana será porque el muerto es él y todavía no lo sabe.
 
Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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