A este muerto nadie olvida, menos uno

A este muerto nadie olvida, menos uno
A este muerto nadie olvida, menos uno
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lunes, 06 de noviembre de 2017 · 00:00
Si uno mira bien, la barba del compadre Palenque, ese pelo espeso hacia la curva del mentón, cuyas puntas se alzan justo hasta las comisuras de los labios, siempre bien dibujada -la barba- con una línea vertical precisa en la mitad, bien podría parecer el trinche del mismísimo Satanás. Es más, las cejas puntiagudas, los labios rojos y el porte teatral, ayudan. 
 
Pero el santo Compadre Palenque sólo fue Satanás para quienes vieron en él -tarde, muy tarde- al agitador de multitudes oprimidas que micrófono en mano alborotó el avispero de las reivindicaciones sociales ganadas a llanto puro y duro en las pantallas de televisión. Qué carajo. Ni gracias le dijo Evo Morales que recibió de él la entrada al banquete servido, que luego le ofrecerían Quispe, el Mallku, y los suyos. Quién agradece pues a los muertos. Evo no, pero el populacho es terco y no olvida así nomás a sus amores, aunque idolatre al recién llegado en segundas nupcias. 
 
Terceras, diríamos mejor. Porque luego del Compadre apareció otro santo, que así como llegó se fue: por accidente. Max Fernández obraba silencioso, hasta que cierto día el pueblo, que es sabio y resiste, decidió dar por muerto al Compadre de una buena vez y sustituirlo por otro: el bueno de Max Fernández.  
 
Nunca la devoción ni la fe fueron las mismas, aunque Fernández supo paliar las carencias de ese pueblo ninguneado como buenamente pudo: con regalos y dinero. El Compadre, en cambio, además de su cariño y escucha en las pantallas de televisión, les daba sobre todo eso: visibilidad. El Compadre le dio existencia al pueblo ninguneado. El pueblo agradecido quiso hacer de Él el compadre del país, el Presidente de la nación. 
 
Tanto amor no fue suficiente para llegar al Palacio de Gobierno, pero el Compadre llevó al Parlamento por primera vez en la historia del país a una chola: la comadre Remedios, que sería luego ella misma candidata presidencial. 
 
Cómo no iba a desgarrarse entonces ese pueblo que veía en Palenque la luz al final de túnel. Cómo no iba ese pueblo a desear en lo más profundo de su ser que el Compadre resucitara de un momento a otro el día de su entierro -marzo de 1997-, cuando miles, miles, miles de fieles rebalsaron las calles para despedir a su Santo. Quizás ese día, antes de que el INE lo dijera, supimos que éramos millones.
 
La del Compadre con el pueblo paceño fue una historia de amor. No hubo tiempo para el desenamoramiento de los matrimonios duraderos. La muerte lo salvó de la posible decepción que lleva consigo el ejercicio del poder. Sabio era el Compadre que hasta de eso se cuidó y puso a su mujer, la comadre Mónica, en la silla edil. No se sentó él, Santo varón, pues sabía lo que hacía. 
 
Sabia también la historia porque con Palenque preparó la rebelión popular a fuego lento. Tres años hirvió el caldo hasta que en 2000, en Cochabamba, comenzó a dar las campanadas de alerta. El 2003 llegó a su punto y de ahí en adelante es historia conocida.
 
El nuevo amante chapareño no trajo consigo a una pareja amorosa. Ni comadre ni chacha warmi. No eran tiempos de enamoramiento sino de lucha urgente. Pero éste llegó con un séquito de envalentonados -que no combatientes– que resultaron ser simples aduladores del jefe. Y un amor así, no vale la pena. Un amante que se ama a sí mismo termina solo.
 
 De ahí que la nostalgia por el Compadre llegue puntual cada 2 de noviembre. Flores, guirnaldas, velas, fotografías, panes y frutas le lleva el pueblo al cementerio a modo de agradecimiento y también de queja. Los amantes, Compadre, ya no son como usted.
 
 Al populismo de hoy se ha sumado el endiosamiento que linda con la dictadura aferrada al poder. Y todo el mundo sabe que no es lo mismo ser Dios que ser Santo.
 
 Amén. 

Cecilia Lanza Lobo es periodista.
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